Viajar por Venezuela

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    Comenzar el día a las cuatro de la mañana es como celebrar un cumpleaños sin soplar las velas, triste. Sonaba algún gallo despistado, las aspas de un ventilador en una de las habitaciones en el pasillo, un ronquido. El agua seguía sin salir por el grifo del baño. No quería levantarme, aún me duelen las piernas de subir al Roraima; pero había que levantarse, a pesar de las agujetas, de no tener agua con la que ducharnos. Levantarse a pesar de no encontrar velas que soplar. Era eso o quedarnos sin ir de Santa Elena a Puerto Ordaz. A las cinco de la mañana abren las oficinas que venden los pasajes del día. En éste país no hay futuro y eso significa que no hay venta anticipada. Y no iba a resultar fácil.

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    En la terminal había un cartel escrito a mano “No hay agua”.

    Ayer noche unos venezolanos de Caracas nos decían que Santa Elena es una entrada en falso a Venezuela, que el verdadero país viene más para adentro, cuando no hay nada para comprar o “si te llaman mejor no saques tu celular por la calle” ¿Será que lo del agua es un aviso de lo que se nos viene más adelante? Lo cierto es que sólo hay agua a las doce del mediodía y a las siete de la tarde de cada día y el resto es una sequía total.

    En la terminal también había un árbol de navidad, y estaba iluminado y era como un dolor verlo con el calor que hace y la distancia y la melancolía del acá. También había una gallina suelta y varios perros, gente durmiendo en los bancos de piedra, tapados como momias con mantas, y un aire como de espera precaria o de ruina.

    Formamos fila delante de la compañía Caribe. “El primero que llega es él”, me dice un hombre entre bostezos “¿Y los de Occidente?” Le pregunto. No sabe; pero un chico que está detrás de mí dice que va a ver, y deja a su compañero guardando tanda en nuestra fila. Al cabo de un rato vuelve, “que no, que ellos sólo venden puro Caracas.” Está bien, pienso, vamos a esperar más. Veo por la puerta que comienza a amanecer, y eso es como una esperanza. A las cinco y media llega el vendedor de la agencia. Se forma un corrillo a su alrededor, veo que la gente que formaba la fila sale corriendo como alma en pena, se plantan enfrente de la agencia “Los Llanos” y para cuando empiezo a reaccionar y me entero que el vendedor ha anunciado que ellos no hay boletos para hoy, hemos perdido siete puestos en la nueva fila. Tonto el último y soy yo, hasta que llega un nueva persona que pretende viajar, “estos… Estos tenían cuatro autobuses, se les rompió dos, la transmisión subiendo la sierra. Aún no los han arreglado.” Mal asunto, pienso, justo cuando veo que Cris sale corriendo como si quisiera alcanzar a la gallina que anda suelta, como si quisiera apagar el árbol de navidad, pegarle un patada, qué se yo; pero no, corre más allá de cualquier obstáculo y forma fila en otra agencia que acaba de abrir. Aguantamos posición en ambos lugares, separados pero observándonos, comunicándonos por gestos, decididos a comprar boleto y salir de Santa Elena como sea. Y ese como sea es, finalmente, en un autobús ENCAVA para 31 personas que saldrá a las siete de la tarde, cuando den el agua en el pueblo, y que llegará a Puerto Ordaz, con suerte, a las cinco de la mañana. La expectativa da escalofríos; pero es lo que hay. Ninguna agencia vende más billetes.

    Salíamos por la puerta con los boletos escritos a mano a esperar un taxi. Sabíamos que lo del pasaje a Puerto Ordaz no iba a ser fácil; pero, en realidad, el día sólo había acabado de comenzar.

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