Un domingo en Stgo

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    Llegar de madrugada a Santiago de Chile tiene sus ventajas, aunque sea llegar de la Isla de Pascua –llegar siempre es doloroso porque es dejar de viajar pero hay lugares desde los que llegar es una tragedia, como cuando llegas de un paraíso, o de un mito, o de un recuerdo.

    El domingo en Santiago de Chile es lento y medio adormilado, y es por ese contagio que pasaré a nombrar la ciudad como Stgo porque para eso sirven las abreviaturas para llenarlas tú de significado.

    Pues eso, que vas llegando el domingo a Stgo y recién todo va comenzando (y así estará todo el día) con una pereza maravillosa bajo el smog eterno. Y mientras vamos para el hostal:

    “¿Y por qué no hacemos de domingo?”

    Una propuesta que parece absurda, pero que cuando llevas tanto tiempo sin calendarios ni rutinas ni miedo a que explote el mundo en cualquier momento, pues tiene su gracia.

    domingo en santiago

    Nos tocó improvisar como si fuera ya la única rutina que nos valiera. Es nuestro primer domingo en Stgo y no tenemos muy claro qué se hace acá –voy a usar esta modalidad de adverbio todas las veces que quiera por mucho que suene a impostura pero es que la otra, ahora mismo, me resulta algo ridícula, como con demasiada “i”.

    Total esto no es una lista de imprescindibles para Santiago de Chile. Sólo es un domingo en Stgo.

    Pensamos en los rituales domingueros de allá –obvio que si primero uso “acá” por fuerza allí debe ser “allá”–­­ y apuntamos en una lista cosas como salir en bicicleta, sacar al perro a pasear, a la familia o así mismo, ir a comprar churros, tomarse un café mientras lees la prensa con todos sus suplementos, hacer el aperitivo y enganchar con la paella… Y lo que más a mano nos pilla es comprar la prensa del día, justo en el kiosco de la esquina. Con él nos hemos ido a la Librería Cafetería del Parque Bustamante, a montar un puzzle con sus hojas más que leerlo y a jugar a hundir la flota pero con la voz flojita para no molestar a la gente que estaba leyendo o estudiando o haciendo que leían o estudiaban mientras estaban por otra cosa.

    Después el día siguió con un paseo por el Barrio de Lascarria, con sus tiendas, con sus librerías, con el mercadillo de antigüedades, con todas sus cosas buenas pero caras. Compramos nuestras primeras empanadas en Stgo, y el vendedor, como todos los vendedores de empanadas, nos dijo que eran las mejores, y subimos al Cerro de Santa Lucía a comérnoslas. Sólo después descubrimos que desde allá arriba, Darwin se había enamorado de las vistas del Santiago de su época, al que aún no le había llegado el smog en el horizonte. Vimos la silueta de la cordillera y todos los edificios altos que hay en la ciudad más sísmica de Sudamérica, y entre los altos, el más, el Sky Costanera, que tiene más de Ícaro que de rascacielos.

    Ya de camino al hostel, hicimos parada en el supermercado para no morirnos de hambre; pero hacer un detalle de la lista de la compra ya sería abusivo y eso creo que no le interesará a nadie –Eso no significa que considere que lo explicado anteriormente al momento de la compra haya resultado interesante, ni siquiera que se haya leído, ni siquiera que valga la pena, ni siquiera, en realidad, sé para qué y por qué lo escribí, si el mundo está lleno de cosas que hacer y de imprescindibles que ver–

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