A, en, de Solentiname

 

¿De cuántas formas se puede escribir sobre un lugar?

A Solentiname

(llegar)
Con los pies sucios, todo un día despiertos, fue hace un rato, ayer, sólo ayer, que salíamos del hotel y tomábamos el bus, ahora la mañana aún está pegajosa de la noche, Yasmir y Roberto trabajan en San Carlos jalando paquetes y bultos y bolsas y toda la vida, lo tomábamos desde Moyogalpa, Ometepe, hacia Puerto de Altagracia, Río San Juan, una hora y media de camino en ese bus, y era la una del mediodía y estaba abarrotado como siempre, Yasmir me pide diez córdobas para café para él y su amigo para tomar de la muchacha con pan, y me dice que tiene once años y que no sabe cómo se escribe su nombre pero que le parece bien como lo he escrito en la libreta, lleva una camiseta blanca agujereada y pantalones arremangados, en la ribera del Lago de Nicaragua, mirándome con una inteligencia y una edad que no le corresponde y que me empequeñece, ayer fue sólo hace un rato, y estamos de paso, traicionándoles porque nos vamos y estamos hablando con ellos y se están convirtiendo en cosa y en lugar, con los pies sucios, malditos pies.

yasmir

San Carlos. Antes llegábamos con el ferry de Altagracia después de diez horas navegando, medio dormido en una perezosa, pasando un frío de la leche y vi las estrellas como nunca y giraban como lo hacían en la historia cuando Ulises navegaba por el Mediterráneo, y amanece cuando llegamos, como en un sueño rosado en el horizonte próximo de Rubén Darío. Ya son 24 horas despierto, pero son más porque ahora tenemos que esperar, esperamos la lancha que sale a las doce y media, más de 24 horas sin dormir como si hiciera sólo un rato, pero se nota, sentados en la sombra con un café, pero la sombra ya arde, y arde-tú y arde-yo de verdad con la piel ardiendo, un villancico de la virgen que suena en la radio y ni nos refresca porque el villancico es mentira y nada tiene que ver con el lugar, y delante de nuestra mesa, un enamorado, incauto porque piensa que no le entendemos que somos gringos y no le entendemos, despechado, revisa los episodios con la mujer que le puso mala cara un tiempo atrás, como más adelante, en un local que levantan texto, él levanta fe de sus desplantes, o como en la puerta siguiente, buscando estrategia en un juego de damas con tapones de plásticos de botellas de soda, rojos y verdes, y la piel nos arde-tú y arde-yo y justo tenemos fuerzas para mantenernos despiertos o algo parecido diría yo.

Nos espera Solantiname y ya no sé por dónde andarán Yasmir y Roberto y sus malditos pies sucios. Y a pesar de ello nos espera la utopía en panga.

En Solentiname

(estar)
Quizás esté imaginando de nuevo.

En Solentiname no miro al cielo, prefiero mirar al suelo, donde las luciérnagas hacen morse. No hay alumbrado de noche y andas un poco a ciegas, o con una linterna pequeña que tenemos para iluminar los pasos del viaje. Entre los pasos, sapos pesados cada dos por tres saltando, uno, dos y ¡Tres! (salto).

Por el día es diferente. Temprano, cuando aún el resto duerme (sólo Esperanza y su marido, Luís, andan en la parte trasera de la casa preparando todo lo necesario para el día) me siento a escribir en la cocina del hostal familiar, en la larga mesa de madera común. Esperanza me trae el café hecho en una olla al fuego y filtrado en un calcetín, las noticias hablan de un canal y unas presas de los campesinos. A mi espalda siempre anda la lora Roxy que es más payasa que ave y me mira con atención, hola amorrrrrrr, y cuando no le hago caso empieza a silbar. El hostal es una casa de madera con el techo de chapa alto por donde corre el aire para ventilar y enfriar el interior. Tiene un jardín decorado con colores alegres de la artesanía de Solentiname y con unas gallinas que andan picoteando y un gallo fanfarrón pero que sale corriendo a la mínima. No hay valla ni puerta, como si la casa no fuese más que la continuación de la calle.

biblioteca de solentiname

Estoy en la Bibioteca de Ernesto Cardenal, “Aquellos años de Solentiname” son estas horas en Solentiname. Las olopéndolas me siguen sorprendiendo con su canto como de transistor. Es una mesa y una silla de madera y unos libros y por la ventana se ven unos pavos con su cola como un manojo de naipes en la mano de un jugador de póquer.

No sé por qué escribo. No es una vocación tardía, ni es que la haya descubierto tarde, ni es que me haya levantado con el pie izquierdo, ni es que tenga necesidad de llamar la atención, ni es que sea la crisis avanzada de los cuarenta, ni es que (así toda una lista que podría ser toda mi obra resumida). Escribo porque comienzo a aceptar ahora que es lo que tengo que hacer. Y me produce un vacío extraño, como si estuviera desnudo en un mundo de mentirosos.

De Solentiname

(partir)
Salimos de Mancarrón a las 05:20 y todavía no ha amanecido, la panga se desliza en la oscuridad con todos aún en silencio adormilados como el perfil de las islas del Archipiélago de Solentiname, Isla de los monos, La atravesada, San Fernando ahora. La superficie del lago es la viscosa piel del cocodrilo que vimos ayer, el cielo bajo las nubes, parece que va a llover y eso es lo que necesitan los frijoles que están algo secos, achica la atmósfera como si el único desplazamiento en la vida fuera horizontal. Acción o contemplación, la aventura busca el horizonte que está 180 grados con respecto al punto de nuestro yo, las ideas buscan lo ideal que está 90 grados con respecto al punto de nuestro yo. Cada uno elige, o uno u otro. Ernesto Cardenal demuestra que todo lo que he dicho anteriormente es falso. Mancarrón, la comunidad, la Iglesia, el Evangelio, las misas, el asalto al Cuartel de San Carlos, la masacre, la poesía, la venganza de Somoza, los muertos, la destrucción de la comunidad, la victoria, la reconstrucción, hoy. Hoy noventa años. Hoy que nos vamos, llega él, como siempre, a pasar las navidades, y su cumpleaños, el 22 de enero. Quién sabe, quizá mientras yo voy, pensando que si la acción que si el ideal, nos hemos cruzado, nosotros, en la lancha colectiva de 90 córdobas, él en su propia lancha llena de Historia de Nicaragua, quién sabe, cómo saber.

volver a solentiname

Quiero volver a Solentiname, a Mancarrón, y aún estoy partiendo de. Espero que la próxima ocasión el canal de Daniel Ortega no haya acabado con el archipiélago que Rodolfo y los otros pintores primitivistas han pintado desde los años sesenta como nos mostraron, que Ernesto Cardenal siga vivo de verdad y no sólo en el recuerdo, que haya podido leer esto porque no tuve el valor de quedarme y conocerle y hablar con él, que Cristopher siga recordando el nombre de Cris y nos siga sonriendo con su sonrisa de niño de cinco años.

Quiero volver a Solentiname, a Mancarrón, y aún estoy partiendo de. Para cuando vamos llegando a San Carlos ya las islas no son sólo perfiles en la oscuridad, con la luz son contenido y continente (un continente en un archipiélago) y ha comenzado a llover y han tenido que bajar los plásticos, pero qué bien para los frijoles como dijo Francisca antes de despedirnos. Y me duele el culo del banco de madera. Y estoy triste.

Me duele la madera, me duele la pensamienta, me duele la parsamienta, me duele la partimienta, me duele la partida como ninguna de momento en este viaje.

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