Primeros días en Chile

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    Supongo que traspasar una frontera con nieve en alta montaña debe ser, por fuerza, una prueba de que, otra vez, comienza una nueva etapa del viaje. Por lo menos debería ser algún tipo de señal, si es que podemos ser videntes de nuestro propio destino. De Bolivia a Chile por la frontera Hito Cajón, en pleno altiplano andino.

    frontera BoliviaChile

    Chile nos acerca un poco más, pero también nos aleja, porque así son los pasos verdaderos. Nos acerca un poco más a nuestro destino, La Patagonia, pero nos aleja de aquella Latinoamérica que vivimos en Honduras, El Salvador o Nicaragua y Guatemala, de niños sucios y con mocos, de gallinas libres, de gruñidos de cerdos, de improvisación, caminos polvorientos, autobuses abarrotados como si nada, de duchas de agua fría, de frijoles; nos aleja, también, de aquella sencillez de mirar por la ventana sin más, de aquella inocencia que teníamos, de aquella capacidad para la sorpresa, de aquel sentir que un sueño puede ser eterno ¡Cómo todo va cambiando poco a poco! Y el viaje ya no es como era, pero sigue estando bien, seguimos estando bien. Seguimos con Chile.

    En San Pedro de Atacama, cada día subo a la cocina y preparo agua para un té. En realidad, lo del té es una rutina que intento seguir allá donde siempre vamos, como si los mismos gestos repetidos fueran síntoma de una vida normal ¿Pero, acaso, la vida de viaje es una vida normal? Yo ya no sé qué contestar. Cuando hierve el agua, la tetera comienza a silbar, insistente si la dejo al fuego unos segundos de más. Entra la luz de la mañana por los ventanales, miro afuera. Siempre intento mirar afuera, pero acabo mirándome a mí mismo. Supongo que las ventanas tienen esa capacidad de reflexión, aunque estén algo sucias por el polvo.

    San Pedro de Atacama es un pueblo polvoriento, como debería corresponder a todos los pueblos fronterizos. Todo su polvo viene del desierto de Atacama, uno de los más grandes y áridos del mundo. En el encuadre de la ventana, el Volcán Licancabur se muestra perfecto. Es un estratovolcán de esos iguales a como uno se imagina un volcán en sueños. El Licancabur está nevado, por lo que aún es más espléndido. Su última erupción fue en el periodo del Holoceno; es decir, hace tantos años que por entonces la vida era otra cosa muy diferente a lo que hoy es. Por eso lo miro confiado, porque confío que no va a comenzar a silbar como lo hace la tetera cuando hierve al fuego, insistente si la dejo al fuego unos segundo de más.

    Volcan Licancabur

    La fotografía es de las vistas del Volcán Licancabur desde el Valle de la Luna. Pero si ves el volcán en el mapa, lo encuentras como un punto en la línea de la frontera entre Chile y Bolivia. Y así pierde mucho del romanticismo.

    Última mañana en San Pedro de Atacama. La luz me pide que no nos vayamos; pero no podemos hacer caso a luz siempre.

    De nuevo esa inquietud, la espera a una respuesta ¿Gustarán o no las propuestas enviadas? ¿Aceptarán los artículos? ¿Se publicarán? ¿Cuántas estrellas hay en el cielo?

    Ésta última pregunta no tiene nada que ver con lo de escribir y enviar propuestas como colaborador, es más que ayer estuvimos disfrutando del firmamento en uno de los mejores cielos del mundo para la observación astronómica, el cielo austral del desierto de Atacama.

    Con Chile comienza una nueva etapa de nuestro viaje por Latinoamérica ¿Pero cómo puedo estar tan seguro? ¿Acaso somos videntes de nuestro propio destino?

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