Nambija y la fiebre del oro

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    No recuerdo cómo descubrí Nambija, pero sí sé que desde el primer momento en que conocí su existencia supe que tenía que ir. Y fui. Los lugares que parecen escapar de la realidad, o que son reales pero por poco, o que son casi irreales, o que tienen más de espectro que de axioma, me atraen irremediablemente. Así es que se va en busca de las historias.

    Nambija

    A Nambija se llega desde el barrio de Namírez, perteneciente a la Parroquia de San Carlos, provincia de Zamora Chinchipe, después de subir por una carretera de piedras y baches en una ranchera de madera que te golpea seco y duro durante la hora que dura todo el trayecto. La última parte del camino se hace a pie, pasando por un estrecho puente de traviesas de madera a punto de descolgarse. Peor era hace años, que sólo se llegaba con mulas. Al poco, tras una última curva, aparece como un espejismo terrible, el pueblo, aupado sobre una ladera, aún con la neblina enganchada en los tejados de chapa, en un difícil equilibrio, a punto, dirías, de ser arrastrado por una feroz avalancha de fango y tierra, y acertarías porque no sería la primera vez que una tragedia así ocurriera. Un extraño eco metálico surge de allí y te acompaña hasta llegar a las primeras chabolas de madera del pueblo. Y ya no te abandona durante todo el tiempo que permaneces.

    minero de Nambija

    Si Zamora Chinchipe es la provincia minera de Ecuador, Nambija debería ser su capital. Una montaña de oro coronada por la pobreza. Prácticamente se trata de una ascendente pasarela de hormigón, resbaladiza por la constante lluvia y el barro, a la que confluyen casas de madera con más o menos éxito en aguantarse de pie. Y nada más. Aquí viven unas mil quinientas personas hurgando, excavando, paleando, janchando, arañando, oro, piedritas con oro. Ya quedan pocas, antes aquí vivieron hasta veinte mil personas, sin alcantarillado, sin agua corriente, sin medicinas, entre balas, cuchillos, atracos, fiebres, ruinas, ricos de un día para el otro, pobres para siempre. El día de la madre de 1993 murieron más de trescientas personas aplastadas por un corrimiento de tierra, y la amenaza aún persiste. La montaña está totalmente agujereada por túneles, y se siguen escuchando explosiones para abrir más vetas. La próxima puede ser la terrible. Yo escuché hasta dos, por suerte no hubo una tercera.

    pobladores de Nambija

    El oro que se saca así, a la criolla, es poco, pero en lo profundo, dicen, aún hay mucho. Por eso hay tantos rumores de que les van a botar, de que la concesión ha sido vendida a los chinos, por eso dicen que antes muertos. Mientras siguen escarbando y cargando como sísifos material para lavar y obtener algún gramo de oro  a la semana que se vende a poco menos de treinta dólares. La gente enferma de los pulmones, por el clima y por el vapor de mercurio, se contagian y tienen enfermedades intestinales y parásitos porque el agua que toman no está controlada, no pueden plantar huertos porque la tierra está contaminada como ellos por la fiebre del oro, se desnutren, hay anemia entre los niños y los mayores porque como ya no sacan oro no tienen ni para comer. Y cuando hablas con ellos, los retratas, les grabas mientras explican cómo es la vida, cómo fue Nambija, cuáles son sus sueños, te observan con ojos abiertos preguntándote qué haces aquí y de dónde vienes, y tú vas pensando, esto es una historia ¿Pero le interesará a alguien? Esto es una historia, pero esto son sus vidas. Y por eso, porque estas son sus vidas, piensas, ésta debe ser una historia que la gente conozca.

    Fui dos veces, y fue como ir toda la vida. Me gustaría volver dentro de un tiempo, a ver cómo se cerraron todos los temas y qué pasó con Don Bolívar, Don José, Doña Dalila, y más. De mientras, estoy escribiendo la crónica de cómo es Nambija, donde la gente aún muere por la fiebre del oro. Esto es sólo parte de mi diario de viaje. Continuará…

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