Llegar a San Juan Chamula

Se cuelan las noticias matutinas de Chiapas mientras me tomo un café negro y Doña Lupita, la mamá de Gabriela, me ha preparado una quesadilla a modo de desayuno, y me digo que esto también es viajar. En la televisión explican que los profesores han planeado bloquear la carretera de Chiapa de Corzo por lo de los cuarenta y tres estudiantes de Iguala y pienso que a ver cómo nos lo hacemos porque hoy nuestro plan es ir a San Juan Chamula y hay que pasar por ahí en el colectivo y que qué fácil es desaparecer con lo que cuesta la vida. De pronto recuerdo aquellas otras noticias, las de más allá, las de otro tiempo, las de las mañanas antes de ir a la oficina y pienso que no tengo ganas de volver y que aún me queda mucho por hacer, tanto como narrar, aunque sea el plan más arriesgado de todos, aunque sea probable el fracaso, aunque sea lo más difícil. Honestidad, me digo con esfuerzo (ya que no seré el más original ni uno de los imprescindibles). Mientras, el adverbio es importante y no lo que había en el paréntesis anterior, leo que en España la gripe se ha convertido en epidemia en casi todas las provincias y a nosotros nos vacunaron de todo menos de la gripe.

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Narrar, pero ¿No está ya todo narrado? Y a pesar de ello, la necesidad de seguir narrando. Mira… Te diría que voy a seguir narrando el viaje, pero más como excusa para hablar de las cosas pequeñas como yo, pequeñas como el sueño que hace un momento, aún en la cama, me contó Cris, pequeñas como los ruidos cotidianos de una casa que no es la tuya, o como aquel chamaco que cobraba tres pesos por pesarte en su báscula en la calle, en San Cristóbal de las Casas, la capital cultural de Chiapas. Cosas pequeñas porque uno cree que va a descubrir el mundo pero el mundo ya está descubierto, así que mejor dedicarnos al micromundo, al intramundo, al yomundo.

Vaya atranque de carros. Fenomenal. Carros por todas partes, así volvemos a lo de afuera, tantos, que como Pierre Menard, podría ser el autor de “La autopista del sur”. Primero vamos para arriba, después, para abajo, y los guardias de tráfico intentando poner orden sin que se les note el aburrimiento, dice el chofer que nos vamos a ir por donde la central de abastos y de pronto dejamos atrás Tuxla y nos internamos por la colonia sin un desarrollo, ahí, brusco aparece otro mundo que convierte en ironía el eslogan Chiapas nos une, chabolas polvorientas, una tras otra en un laberinto que sorprende por su orden, y al rato, hemos cruzado otra colonia, y más chabolas y un trote entre baches. Y llegamos a San Cristóbal de las Casas sin rastro de los normalistas.

Encontrar de dónde sale la combi hacia San juan Chamula sólo es cuestión de preguntar y de andar algunas cuadras. Damos con ella y el chofer habla totzil y en media hora todos hablan totzil menos nosotros, pero ahí estamos frente a frente entre los muertos chamula, en un cementerio marrón por donde andan las gallinas y antiguos murmullos de un idioma lejano limpian de hojarasca las tumbas. Y es entre tantas cruces que sé que el viaje tendrá un final melancólico, aunque me propuse tantas veces la felicidad. Y como para animarme pienso en una frase que me ronda estos días:

“Sólo termina de veras lo que comienza cada mañana”.

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