Llegamos a Caracas

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    Había olvidado el sentido de este diario. Ahora es de noche. Hoy hemos llegado a Caracas. Cris duerme y el viejo aparato del aire acondicionado enfría la habitación con un ruido mecánico. A ella no le molesta porque se duerme con una felicidad tan grande que nada le molesta. Lo mío es otra cosa. En cuanto me vaya a dormir lo apagaré. Afuera veo el rectángulo de césped del jardín “La Estancia”. Está vacío. Por la tarde, al llegar al hotel, en ese mismo césped había grupos de gente sentados pasando el rato. Ves, dijo Adriana, cuando digo que los venezolanos estamos locos es por esto, porque un césped  nos puede parecer extraordinario, pero es que lugares así nos son tan necesarios para respirar

    Más lugares así a los que se refiere Adriana y que hemos podido ver esta tarde, en nuestra primera toma de contacto con Caracas:

    Estuvimos en una cervecería hablando como si nos conociéramos de siempre (y tal vez sea así, o como si nos conociéramos de hace mucho) y luego, de vuelta, había oscurecido, pasamos por la Plaza de Francia que tiene esa escultura regalada por los franceses y que nadie sabe qué carajo significa, la vaina esa, se podría decir en venezolano cotidiano (el Español en Latinoamérica es un mundo entero), parece estar hecha con los restos de hierro de la Torre Eiffel, y, luego, entramos en la librería “Un Lugar Común”. Seguro que pasaré algunos ratos más en esa librería durante los días de Caracas. Siempre digo que en una ciudad donde hay librerías también hay esperanza.

    En Venezuela hay esperanza por un cambio. Hoy ese cambio comenzó en la Asamblea General con una frase para la Historia: “llévense esa vaina” (otra vez la palabra vaina, pero es que se usa mucho), gritó el presidente recién nombrado refiriéndose a uno de esos carteles, se ven tantos por todos lados en este país, con iconografía chavista y con el rostro de Chávez y con el rostro de Simón Bolívar y con el rostro de Maduro. Pero es que además están los otros gestos. Los gestos que no salen en los medios de comunicación, como cuando Adriana dice que ella no se va de Caracas, que sí, que puede ser la ciudad más peligrosa del mundo, pero que igual se puede cambiar el país desde dentro del país y que a ella le gusta subir en el funicular de vez en cuando y ver la ciudad desde bien arriba, que se ve linda (y que, por cierto, si mañana hace buen día, o hoy, o ayer, o hace tanto tiempo, según la lectura se haga, nos llevará a conocer).

    Diarios de viajes

    Había olvidado el sentido de este diario. Pero Adriana me ha regalado el primer tomo de los diarios de viajes de Rafael Castillo Zapata, un poeta venezolano, y en las primeras páginas leo  “tomo el diario así, como una forma de salvación, como una forma de obligarme a mí mismo a no traicionarme en mi papel de escritor, en mi trabajo de escribir”, y yo que ando tan liado con este diario y con escribir y con escribir el viaje, pues me ha recordado el sentido de esto que escribo. Será que todo se contagia, incluso la esperanza…

    Escribir el diario porque me salva al escribirlo, no sólo porque será recuerdo. Me salva, porque, escribirlo “implica una disciplina de estilo, una forma de hacer ejercicio con la pluma, de entrenarse en escribir escribiendo.”

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    5 COMENTARIOS

    1. Como si fuera la disciplina que nos mereces tener en la vida, la escritura nos brinda ese permanente reto del día a día.
      Que bella mi Caracas y que valiente todos los que se aferran a ella.
      Mucho animo con la tarea de sacar todas esas cosas que tienes dentro, por que cuando la garganta se atraganta es por cosas importante quieren salir de ella.
      Que vaina 🙂

    2. Qué locura! Con los años te vuelves más tiquis-miquis (se puede decir?), no te dejan dormir los ruiditos? Es que naciste viejo, tío vaina! jajajjaja
      Un besazo, amigo, y déjale el aire acondicionado a Cris para que duerma fresquita.

      Un incondicional!

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