La lluvia de Puyuhuapi

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    Con el otoño patagónico llegaron las lluvias.

    En Puyuhuapi está lloviendo como no lo hizo y tenía que haberlo hecho en Qimchi, en Chiloé, la cuna de Francisco Coloane, el escritor que mejor ha sabido describir la Patagonia. Entonces lució siempre el sol y el cielo azul quedaba muy bien con el dorado de las primeras hojas otoñales de los álamos. A veces pienso que todo guarda un equilibrio: a muchos días felices aguardan otros tantos tristes, a muchas hojas escritas en un cuaderno le siguen trompicones esforzados, a tesoros encontrados, chatarra, a sabrosas tartas de chocolate, empachos, al movimiento, quietud, al sol, lluvia, al amor ¿Qué le sigue al amor?

    Si llueve busca los colores

    Si llueve busca los colores

    Estamos en uno de los dos únicos hostales, Hostal Don Luís, que estaban abiertos en el pueblo de Puyuhuapi cuando llegamos, y por la ventana vemos llover. En la habitación hay la típica improvisación y dejadez de cuando estás sólo de paso, el orden es para el hogar. Las mochilas en el suelo, los impermeables colgados de la capucha en un colgador, dos camisetas recién lavadas a mano secándose en unas perchas, el nórdico medio caído de una punta, los libros y los cuadernos  tirados, las computadoras sobre la cama… Abajo está el comedor, el comedor de la familia en el que te sientes un poco intruso, con su sofá y sus alfombras de lana tejidas a mano, las fotos de personas que no conocemos, el televisor con cualquier programa, el reloj de cuco, las figuritas de porcelana y la estufa de leña de la cocina siempre encendida con una tetera encima. Afuera llueve. Llueve en los mismos charcos sin parar.

    Decoración patagónica

    Decoración patagónica

    Igual hemos salido a pasear por la tarde; pero esta vez sin paraguas, porque la señora se llevó el que nos prestó por la mañana cuando salimos a almorzar, uno grande, como una seta, debajo del cual no llovía nada, sólo en los bordes.

    Puyuhuapi es uno de esos pueblos de colonos que hay en La Patagonia. Colonos alemanes fueron los que fundaron la aldea a base de incendios con los que despejaban la vegetación de la zona. Algunos apellidos de entonces perviven aún hoy en día. También vinieron chilotes del archipiélago, y por eso se ven algunas casas con teselas chilotas y los mismos botes que se ven en Chiloé. La pesca y la carpintería de ribera es la industria a la que siguen dedicándose los pobladores desde sus orígenes. Ahora también el turismo, pero no en ésta época en que llegamos recorriendo la Carretera Austral.

    Pasear bajo la lluvia requiere estilo

    Pasear bajo la lluvia requiere estilo

    Caminar con la lluvia puede parecer una rareza. Sólo nos hemos cruzado con un chico vestido con uno de esos trajes amarillos de pescador, una madre y un niño más interesado en probar sus botas de agua que en seguir los pasos rápidos de la mamá, luego un perrito, los perros andan todos mojados estos días siguiéndote. Nada más. Todo cerrado, como el cielo. Sólo una tienda donde venden víveres. Parece que todos se marcharon pero no, de las chimeneas sale humo y te imaginas el calor que debe hacer ahí dentro.

    La soledad del fiordo

    La soledad del fiordo

    Hemos caminado hasta la costanera, el paseo que da a la bahía. El fiordo se veía gris y las pocas barcas daban algo de color. Esa es la quietud, la belleza solitaria de La Patagonia. Por esto hemos llegado hasta aquí. Nuestros chubasqueros ya goteaban empapados, cuando hemos emprendido la vuelta a nuestro hostal. Al llegar, Don Luís estaba amasando pan, es que muchas veces la panadería no abre por este tiempo, como si tuviera que dar explicaciones… Al poco, a la habitación llegaba el aroma del pan recién horneado. Mañana desayunaremos pan casero y, tal vez, si es que deja de llover, visitaremos el Ventisquero Colgante en el Parque Nacional Queulat.

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