Días de Huaraz

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    Estamos en el hostal El Tambo, en Huaraz, Perú. Casi no hay señal de Internet, y creo que el agua caliente, por alguna extraña relación, depende de ello. Cuando la señal es buena no hay agua caliente y cuando es mala sí hay agua caliente. El Tambo tiene su gracia, además es económico o, como se dice por aquí, muy cómodo.

    El otro día por la tarde, caían las gotas por el canalón cuando Carmencita nos preguntó.

    – ¿Y ustedes de dónde son?

    – De España.

    – Huy, eso está bien lejos ¿No?

    – Pues catorce horas en avión.

    – ¿Y en autobús?

    En este tiempo, por las tardes llueve en Huaraz que es un pueblo feo como tantos que hay en Perú y en todo Latinoamérica. Funcional, con sus casas a medias con el segundo piso como una eterna promesa, con los taxis y moto-taxis haciendo sonar el claxon a cada rato, con comedores de comida criolla a seis, siete y ocho soles… Las nubes se enganchan en las montañas blancas de la Cordillera Blanca y la luz se va apagando poco a poco. Las mujeres llevan unos sombreros que parecen sacados de una caricatura de cawboy, nos mojamos y unos niños con sabias palabras nos dicen que estamos “mojados como cuy”. En el mercado se habla quechua, compramos verduras para cenar, y en la esquina una mujer vende chancho horneado. En el hostal, tomamos mate de coca que Mariela no para de hacer. Da la impresión de que este mundo es otro mundo, lejano y mítico. Hay pocas referencias al mundo de allá.

    – No, Carmencita, a España no se puede ir en autobús.

    – ¡Ah! ¿Y el avión no es muy aburrido?

    Por mucho que le explicamos parece no entender, como si lo que le explicamos perteneciera más a un mundo fantástico que al suyo. Como para decirle que llevo varios días preguntándome para qué seguir escribiendo este diario de viaje.

    En el patio del Tambo, cuando no llueve, se reúnen todos los clientes. Una mezcla de mochileros, alpinistas y buscavidas. Entre los últimos hay un japonés que toca un shamisen. Ayer lo vimos bajo unos portales en la avenida que va hacia la Plaza de armas, unos niños curiosos le hacían compañía y no le quitaban ojo al instrumento ni a su cara sonriente de japonés. También hay un brasileño que ha aprendido a hablar español sin acento en la calle y que nos ha preguntado qué tal de mezclado teníamos ya nuestro español después de un año viajando… También hay un colombiano paisa que toca la guitarra, siempre ensaya en la habitación vecina. No se le da mal. Hoy ha ganado 87 soles tocando en la calle… Una chica argentina que lleva cuatro años viajando y un misterioso viajero de 70 años que siempre está anotando cosas en unos papeles doblados que saca de sus bolsillos completan el anecdotario de personajes de El Tambo.

    en el lago

    En Huaraz hemos venido en busca de montañas. De momento hemos subido a la Laguna 69 (no sé de dónde le viene éste extraño nombre). Ha sido duro llegar arriba, pero lo hemos logrado. La pampa nos ha dado los colores del otoño que nos volvemos a perder en España. Cada paso es un paso decisivo. Me he sentido ligado al paisaje. He sido feliz subiendo. El pequeño bosque de queñuales con sus troncos pelados y suaves como la seda, los pastos y los riachuelos donde pescan carpas con cañas improvisadas, la nieve a cuatro mil metros, el hielo azul, las lagunas de color turquesa, el estruendo de un alud a lo lejos, las nubes…

    Mañana nos vamos a pasar cuatro días en la Cordillera Blanca. Próximas noticias en cuanto tengamos wifi, aunque quizá, tal como funcionan las cosas en El Tambo, mejor es que tengamos agua caliente después de tantos días en la montaña. Las noticias ya si luego…

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