Fragmentos de un viaje incompleto

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    De nuevo en Manaus, deshaciendo pasos. Curioso, como mínimo, avanzar volviendo. Una paradoja más acerca de qué es eso de viajar. A Venezuela entramos y salimos por Brasil, y nuestro viaje no es una línea recta, es, más bien, un ir yendo y un ir viniendo a/de/hacia la Patagonia. Así mis notas para el diario de viaje: Van saltando de un lugar a otro sin seguir una línea narrativa. En realidad si hubiéramos trazado una línea recta en un solo sentido haría mucho tiempo que ya habríamos llegado a la Patagonia. O tal vez no, tal vez a nuestra Patagonia sólo se pueda llegar como lo vamos haciendo. Un pasito pa’lante, un, dos, tres un, pasito pa’tras… Dejando pasar el tiempo por encima nuestro.

    Al llegar al hotel de Manaus nos sorprende una nota que no recordábamos haber dejado. Estaba enganchada a modo de aviso en una bolsa que decidimos dejar para poder viajar ligeros por Venezuela. La nota decía que volveríamos a principios de enero. En realidad, sólo hemos vuelto un mes más tarde de lo que pretendíamos. Es lo que tiene viajar sin más plan que llegar en algún momento.

    nota de llegada

    El tiempo nos borra. Y yo me pregunto a dónde va tanto tiempo ¿Qué haremos con todo el tiempo que se nos ha pasado? ¿Con todo el tiempo que nos está pasando por encima? ¿Cuando volvamos nos habrá ocurrirá como al gemelo astronauta, que al llegar de su viaje por el espacio, su hermano ya es un anciano?

    Pretendíamos volver un mes antes a Manaos. Éste lugar nos está sirviendo de escala técnica. Justo antes de entrar en Venezuela, justo después de salir de Venezuela. Y a pesar del tiempo extra disfrutado como en aquellos videojuegos de plataforma donde el protagonista debía saltar y evitar diferentes trampas para llegar al final del nivel (justo como el viajero hace) nos ha quedado mucho por ver. Tanto visto y aun así tanto por ver. Pero eso es lo que debería ser normal. Decía Andrés Neuman en Cómo viajar sin ver que “admitiría que viajar se compone sobre todo de no ver. Que la vida es un fragmento, y ni siquiera ella conforma una unidad.”

    El viaje por lo tanto es un fragmento. O yo diría, la suma de fragmentos. Como estos fragmentos de mi diario de viaje.

    Nos quedó pendiente los Roques, Salto Ángel, la Montaña de Sorte y Mérida. Eso mínimo, y sólo por no verme involucrado en una enumeración infinita que acabaría conmigo y con la paciencia de cualquiera. Entre las penas del partir, llegó un consuelo. Mucha gente puede aconsejar títulos de libros, pocas personas, además, fragmentos de libros. Adriana Herrera es una de ellas y me dejó con esto:

    “La visita a la montaña quedaría para otro viaje. Me gustó esa idea: ir dejando cabos sueltos, temas pendientes, trozos sin juntar. Un viaje no debía cerrar todas sus opciones. Al igual que un libro que remite a otros y estos a su vez a otros y a otros, un viaje debía extenderse en lo que deja incompleto, en el deseo de retomar su secuencia, en su necesidad de ir siempre un poco más allá.” (Y recuerda que te espero, de Juan Carlos Méndez Guédez)

    ¿Reamente un viaje no debe cerrar todas sus opciones? ¿Pero no viajamos para eso mismo? ¿Para agotar el destino en diez imprescindibles? ¿No vivimos para eso? ¿No nos llevan a agotar las experiencias al máximo? ¿A sacarle todo el jugo a la vida?

    Realmente un viaje no debe cerrar todas sus opciones porque así permanece vivo el deseo de volver, el deseo de vivir, el deseo de soñar. Venezuela, sabía que daría sentido al viaje. Venezuela es un saco lleno de cabos sueltos. Volveremos a Venezuela. Venezuela es el deseo de retomar algún día los días de este viaje. Así el tiempo que nos pasó por encima nos remitirá a éste otro tiempo.

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