Decir adiós a Medellín

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    En esta segunda ocasión, después de dos semanas, decir “adiós Medellín”  y seguir camino. Y ya en el recuerdo tanto Medellín.

    El viajero es débil, se expone a las despedidas con demasiada frecuencia. Y uno no se acostumbra, o tal vez sí, poco a poco, a que entre y salga gente en su vida, a que el mundo venga y se vaya para volver a venir otra vez, al sol en diferentes cielos de madrugada o la noche con sus luces distintas según cada ciudad, a los acentos, las palabras, los milagros. El tiempo pasa diferente en cada lugar.

    Decir “adiós Medellín” es decir adiós a Dora y a todas sus conversaciones locamente divertidas, que han ido llenando estos días, desde la tarde que nos recogió en la estación de metro de Poblado; también, a esta casa, al saloncito con la palmera en la esquina y la ventana con el jardín y el CD de “10 estrellas de Cuba” sonando a cada momento porque a Cris le gustaba tatarear las canciones; también, a Medellín como un firmamento de estrellas desde la habitación, a la ropa tendida en la calle de los vecinos, al panadero que nos regalaba galletitas cada día, al burro del vecino que rebuzna (perdón pero no sé si rebuzna el burro o  es el vecino imitando al burro rebuznar) y a la lavadora alquilada para hacer la colada y… Bueno, tantas y tantas y tantas escenas domésticas que se merecen un gracias por siempre, Dora.

    Decir “adiós Medellín” es decir adiós a la cultura metro, y juro que ésta es la primera vez que me han dado las gracias por utilizar el metro; además, a los diminutivos, a los “Hola, cómo está, bien y usted, bien, gracias a Dios”, a los “me colabora” o “será tan amable de cancelarme la cuenta”; igual, a los minutos a cien o doscientos pesos según la zona de la ciudad y la eternidad que necesites por teléfono, al banco de Borges en la Casa Gardeliana, a la Calle 45 de Manrique, a Gustavo, el tanguero del Bar Alaska, a la tumba secreta de Gardel, al tinto de arrabal, a la ciudad en la mirada de una niña ¿Qué más?

    niñas en escaleras

    Decir “adiós Medellín” es decir adiós a José Daniel, a su historia de niño de la guerra; igual al Parque de las Luces y al Jardín Botánico y al Parque Explora y a las bibliotecas integradoras y a las escaleras mecánicas hacia el cielo y a los vasitos de helado con queso rallado y a los sueños y a la modernidad de Poblado y al Museo de la Memoria y…

    Decir “adiós Medellín” es decir adiós a la Parque de Berrío, tan lleno de voces, lotería para tentar la suerte, la Candelaria, aguacates, sombrillas de colores; incluso, a la Plaza Botero con más pícaros que gordos del maestro; también, a Julio que nos enseñó la ciudad de la esperanza, el hip hop de Kbala y los otros muchachos de la casa, los graffiti de la Comuna 13, la Escombrera como una sombra de la memoria más allá, operación Orión y todas las armas que no debe silenciar el olvido; del mismo modo, a la Feria del Libro que me ha dado tantos autores nuevos que leer como a Juan José Hoyos “Sentir que es un soplo la vida” (que debe significar algo así como que la vida ha ido mucho más rápido de lo que pensamos), o al escritor chiquito que repartía panfletos revolucionarios.

    En esta segunda ocasión, después de dos semanas, decir “adiós Medellín”  y seguir camino. Y ya en el recuerdo tanto Medellín porque todo viaje es un trasvase desde la experiencia a la memoria y a la inversa para que todo quede tal cual. Gracias.

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