De Honduras a Nicaragua

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    Estos son claramente una clase de recuerdos nuevos.

     La afirmación es tan brutal que casi me cuesta escribirla, pero ya hace un tiempo que he conseguido vencer ese pudor por escribir –En realidad, este diario de viaje también es un diario sobre cómo se va escribiendo el viaje. Además es cierto, comienzan a sobrevenir unos recuerdos que son nuevos.

    Estamos en un autobús que saldrá en algún momento u otro hacia La Campa desde Gracias Lempira que, aparte de ser nuestro actual destino, es uno de los topónimos más graciosos de todos los que hemos conocido hasta ahora en el viaje. Éste autobús ha provocado en mí recuerdos de otros autobuses, pero en Nicaragua. Como si los autobuses se conectaran entre sí, como el reflejo de un reflejo en un espejo, como si de la ventanilla de emergencia emergieran los recuerdos, como si nada fuera como pensamos como si la realidad fuera ese algo más como si el tiempo, la vida, el tiempo, la vida, el tiempo, la vida, no existieran, como si.

    por la ventanilla

    Pienso: Honduras me recuerda Nicaragua.

    Huele a pollo frito. La mujer que está sentada en el asiento delantero come pollo; repartió tres porciones a tres niños. Si fuese más atrevido le habría pedido para mí porque tengo hambre, pero por supuesto no me he atrevido y me he callado y me he quedado con mi hambre, mientras uno de los niños aún se chupa los dedos con los restos del pollo.

    Ahora mismo estoy teniendo recuerdos de Nicaragua en Honduras.

    Algo impacta en mi espalda. Se trata de un trozo de corteza de sandía. Un niño la intentó lanzar por la ventanilla estrecha y horizontal. No ha acertado y la corteza acaba en mi espalda. La agarro, me giro y le digo a la que debe ser su abuela, oiga, se le cayó esto. Me vuelvo a girar, al tiempo que veo unos perros deambulando por el solar. Pienso que quizá he sido demasiado severo. Me vuelvo a girar y les digo que siempre viene bien un poco de sandía pero no la cáscara. Y sonrío para que quede claro que no voy a malas. La abuela se ríe. Un señor que ha escuchado la frase, se ríe bajando la cabeza como para medio ocultar su sonrisa a la vez que enseña su sombrero vaquero recién estrenado. Sonreímos los tres.

    Ahora mismo, en Honduras, estoy teniendo recuerdos de Nicaragua.

    Las gallinas, niños descalzos, patios de tierra, los charlatanes, camisetas subidas por encima de las barrigas, los tiempos muertos llenados por tres en raya, las carreteras bacheadas, la música, los machetes, el pollo fritos con arroz, los frijoles, y esperar a que alguien orine en el camino para volver a seguir, los vendedores de frescos, tajadas o papitas. Todo eso va pasando ahora por la ventanilla del autobús. Sólo que ya no sé si es Honduras o Nicaragua, o ambos.

    Y así, entre recuerdo y vivencia, una hora y diez minutos para recorrer dieciséis kilómetros o todos los kilómetros que hay de distancia entre ambos países. Llegamos a la blanca iglesia colonial de La Campa. Mientras descendemos del autobús soy consciente de que en el viaje empiezo a tener recuerdos nuevos que no existían antes, recuerdos del viaje en el mismo viaje.

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