José Alejandro

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Licenciado en filología hispánica, periodista vocacional, fotógrafo miope y redactor de contenidos digitales.

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(Los fragmentos en cursiva son del diario de viaje que fui escribiendo y que encuadernó Cris artesanalmente)

Barcelona-Mallorca en avión es lo más parecido a teletransportarse. Ha sido cerrar los ojos y bajarnos del avión como insulares –dejar la peninsularidad es abandonar tu zona de confort–.

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El hotel HM Balanguera tiene una pequeña biblioteca, y donde hay libros, siempre hay esperanza. Pero es tarde: son las 0:38 h y mañana hay que madrugar. Toca visitar algunas librerías de Palma. Cuando piensas en Palma, piensas en playa y toalla, no en libros. ¿Qué estamos haciendo? Libros en lugar de playa… Esta crónica es para incondicionales de los libros, el resto abstenerse.

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Por orden de aparición: Rata Corner, El Bazar del libro, La Biblioteca de Babel y Los Oficios terrestres.

NOTA: hay muchas más librerías en Palma. Estas son las que escogimos en reconocimiento a la labor de todos los libreros de la ciudad. Para más información, pasen por el Gremi de llibreters de Mallorca.

Una rata en la esquina

En la puerta no pone librería. Cuando entramos suena Ryam Adams, una diagonal de luz corta  el local. Hay un chico desayunando en una mesa. En la barra están Miquel Ferrer, Edy Pons y Laura Font.

“Cuando lo dinosaurios se extinguieron –dice Miquel– de los pocos seres vivos que sobrevivieron fueron los pequeños roedores, porque eran mucho más pequeños y supieron adaptarse al nuevo entorno.” Et, voilà: Rata Corner, justo al lado de la comercial calle Sindicato. El primer día de las obras los vecinos les preguntaban qué iban a poner ahí. Hace un año que abrieron con el ADN del pequeño comercio y con la voluntad de reivindicarse como espacio cultural. Hay libros, arte y música. “Un año y ya hemos hecho un montón de actividades”, dice Edy, mientras nos enseña las instantáneas de los invitados que han ido pasando por el local.

La mayoría del turismo en Palma no es cultural –explica Miquel- y, además, Palma era un poco la desconocida. Hasta ahora la gente venía aquí para ir a las playas y simplemente se iba al aeropuerto”. Pero algo comienza a cambiar…”Últimamente pasa que algunos turistas entran por el encanto del local; pero, claro, no tenemos libros en inglés o alemán… Nos estamos planteando tener una pequeña selección que valga la pena en lengua original”.

Un bazar quijotesco

Un lugar que nace del amor por los libros, “porque si no, cerraríamos la puerta”, dice Joan Antoni, que está esperándonos dentro, en un espacio que tal vez podría valer como biblioteca para Don Quijote. Lo que es seguro es que todo esto tiene algo de quijotesco: “Después de pagar autónomo, alquiler, el agua, la compra de libros, imagina qué te queda…”. No hace falta mucha imaginación.

Joan Antoni y Cati son matrimonio y aman los libros. Un día decidieron rescatar El Bazar del libro porque el dueño original cerraba tras cuarenta años de negocio. ”Fue hace cinco años que abrimos con la reforma. Esto fue un trato de palabra. Y nos metimos aquí. Al cabo de diez minutos estábamos dándonos la mano. No firmamos ningún contrato. Y desde entonces”.

Nosotros no vivimos del turista… A mí el crucero no me deja nada. Ese es un turista de souvenir. Nuestro cliente es de la isla. Y vives de libros buenos, de un fondo de calidad. Los dos primeros años comprábamos todo, y eso corre la voz, es una isla y Palma es muy pequeño. Tenía colas. A veces había llegado y tenía a tres personas esperando. Ahora tenemos un fondo de entre 50 mil  y 60 mil. Los voy catalogando de uno en uno”.

El Bazar del libro es la única librería de antiguo que queda en Baleares. ¿Y, no te sientes un poco Borges con tanto libro aquí dentro? Sí, eso es lo bonito, responde sonriendo. Y al despedirnos nos enseña el álbum de fotos, como hacen los padres orgullosos de sus hijos.

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Voy a reconocerlo, esta es la primera vez que Cris y yo visitamos tantas librerías en una mañana y leemos tan pocos libros. También es la primera vez que subimos a un taxi para llegar a una librería, casi como influencers. Dato para curiosos: visitar librerías de Palma toda una mañana provoca deshidratación.

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Libros y vinos

José Luís, fundador de La Biblioteca de Babel llega como de descuido, medio olvidadizo, “disculpad es que hoy vengo cabreado. Ahora me cabreo más porque acabo de tener un infarto y me han dicho que eso es normal”. Gesticula, habla de política, del mundo cultural de Palma, de escritores, de libros, de vinos. Y tiene para todos. Es de esas personas que van hilando su propio discurso como si en lugar de charlar contigo estuvieran escribiendo sus memorias. “El turista francés sí que entra, le gustan los libros, compran. Te piden algo de Lorca, y luego se vuelven al crucero”, dice repasando la relación cultura-turismo.

En La Biblioteca de Babel todo está pensado, incluso el diseño de las estanterías. Hay mucho de Acantilado, la sección de viajes está bien nutrida, y en resumen, es de esas librerías en las que te pasarías la tarde entera rebuscando. Todo parece estar en orden, no hay espacio al azar,  pero “el mundo del libro en España es un caos, sinceramente. Es una especie de lotería. Y algunos damnificados de esa locura, somos los libreros. No tienen ningún sentido recibir solo de un distribuidor 120 novedades al mes… El 90 % se va a la basura. A todos nos iría mejor. No se perderían grandes obras que desaparecen porque todo se confunde”. ¿Contundente? No, necesario.

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Palma en invierno: primavera avanzada, naranjos con naranjas flotando, y esa temperatura que no sabes cómo vestirte, si ponerte más o menos ropa, y te sientes algo ridículo: eres una cebolla sin convicción, solo por si acaso.

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Una librería en una peluquería

Peluquería, poesía, estética, literatura feminista, compromiso, reivindicación: Los Oficios terrestres. Nos la aconsejó Almudena Sánchez, la autora de La acústica de los iglús. En el 2012, Lola, Manuela y Ruth, abrieron con el fondo de la antigua librería Sagitari. Resulta que en 1994, Xavier Abraham, decidió, sacar partido al espacio de su salón, convirtiendo la sala de espera en una librería especializada en poesía. Ambos negocios se compaginaron aquí hasta el cierre de sus puertas en diciembre de 2010. Todo un visionario. Recuerdo que a la peluquería que me llevaba mi padre solo había Interviús…

Esta es la última librería de Palma que nos da tiempo de visitar y no están en el centro, “a la gente le cuesta mucho moverse en Palma; pero bueno, poco a poco, también es darle un poco de vida al barrio y salir del centro”, comenta Ruth. Llegamos que están a punto de cerrar; Virgina, la chica de la peluquería, esta recogiendo, y “hay poesía, filosofía, ensayo, narrativa…”. Todo es original, las sillas y las lámparas. “Están las señoras del barrio, que no consumen mucha literatura, ellas van ojeando; pero hay una clientela bastante formada que sí consume ambas cosas a la vez. No estamos expuestas al turismo del centro”, explica Ruth.

“Nos ha pasado traer poetas desconocidos y que tengan buena respuesta y vender sus libros”. Y no se me ocurre nada mejor que le pueda ocurrir a una librería…

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Se nos va acabando el sábado; pero todavía nos espera un rato de improvisación y risas en Sala Trampa. La literatura es eso, improvisar en proximidad.

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Nos sentimos culpables por no hacer nada turístico en Palma, el domingo nos vamos a tomar el vermú a Vermutería la Rosa: blanco y negro, olivas y patatas. Por la tarde, ensaimada en Can Joan de S’Aigo. El camarero nos invita a cuarto y chocolate y salimos inflados. Palma es agradable de pasear.

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Este viaje fue posible gracias a la Fundación de Turismo de Palma y forma parte del proyecto Outtripers: viajes con perspectivas múltiples. Si queréis averiguar más de este #PalmaEnInvierno podéis consultar en:

Un paseo fotográfico con Los viajes de Ali.

Palma desde la mirada de un bebé con Algo que recordar.

Unir puntos en Palma con Viajador.

 

 

 

 

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“Mira, padrí, ara demanaré un desig”, hay montones de dientes de león que parecen copos de nieve haciendo equilibrios sobre la hierba y Sam sopla sobre un tallo con la confianza de los que creen en los deseos. Estamos en Cambié, una aldea en el Parc naturel régional des Pyrénées Ariégeoises. Parece una isla rodeada de verde. Por las mañanas abres la ventana, entra el aire, te encuentras con el silencio de la naturaleza: pájaros, algún insecto, vibración primaveral de hojas y tallos, el breve rumor de las nubes en el cielo. En esta casa amanece por la ventana del baño y a las siete de la mañana hay ruido de juguetes.

Cuatro días sin abrir la computadora, sin escribir, sin mirar las redes sociales. Traje libros y se quedaron en la mochila. Encontré un libro de Laia en el salón, pero como no me dio tiempo de leerlo, me lo llevé para Barcelona prestado. Ayer tarde, con el regusto a melancolía que dejan las despedidas, comencé a leerlo. Va sobre la memoria. Tal vez por eso esta mañana, después de comprar el pan temprano, me dio por hacer memoria de estos cuatro días que fuimos a llevar a nuestros ahijados la mona de pascua: Sam tiene siete años; Zoé, catorce meses. Cris viajó con una bolsa llena de productos pasteleros y montones de ilusión.

Cerca de Cambié hay lugares como Foix, Carcasona, Rocamadour, Brousse-le-Château… Son piedras, castillos, torreones, bastidas, plazas, sabores artesanales, algunos de los pueblos más bonitos de Francia. Pero salvo un paseo rápido por Foix, poco puedo decir de los templarios. ¿Significa que no estuvimos en Midi-Pyrénées? Au contraire

 

Cuatro días en Midi Pyrénées haciendo de padrinos

Sam estaba impaciente por mirar en la poste del cruce. Esperaba la revista El Tatano. Cuando llegó, la leímos juntos; primero él con Cris, luego conmigo. Zoé jugaba a cantar las “titelles” y pedía con gestos elocuentes más cuentos. También fuimos a cazar huevos de pascua. Nos dio el sol tumbados en la hierba. Descubrimos una forma de vida. Paseamos para comprar croissants. Vendimos a un parisino hipster miel artesanal de Tom. Fuimos a ver las arnas decoradas. Hicimos barbacoa. Compramos quesos. Comimos comida tailandesa del mercado. Y no escribí una sola letra en cuatro días.

Acabo de ver en Internet que el diente de león se llama Taraxacum officinale, la achicoria amarga. Es curioso que lo considerado una “mala hierba” por los jardineros sirva para pedir deseos. Pero, además de por los deseos, esta especie de la familia de las asteráceas (Wikipedia dixit), tiene otras más propiedades medicinales: es depurativa, va bien para tratar problemas hepáticos y renales, es diurética, y estupenda para la piel.

Sam sopló sobre el receptáculo y las cipselas blancas salieron flotando. “Ara tu, padrí”, y soplé como los que siguen creyendo que los deseos se cumplen. “Ja sé què has demanat, padrí”. Pero ambos callamos, porque sabemos que los deseos que se cuentan no se cumplen.

Ahora, mira, aquí tienes nuestros deseos.

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En mayo de 1982 Julio Cortázar y Carol Dunlop hicieron un viaje que era un juego: ir de París a Marsella sin salir en ningún momento de la autopista. Durante el trayecto de 33 días en una Volkswagen Combi a la que llamaron Fafner, como el dragón de Wagner, escribieron y tomaron notas imitando a los grandes viajeros naturalistas del siglo XIX. De la experiencia salió el libro Los autonautas de la cosmopista. Al poco murió Carol Dunlop.

El libro –el juego– se abre con una cita de Osman Lins:

¿Cómo narrar el viaje y describir el río a lo largo

del cual –otro río– existe el viaje, de tal modo

que resalte, en el texto, aquella fase más recóndita

Y duradera del evento, aquella donde el evento,

sin comienzo ni fin, nos desafía, móvil e inmóvil?

Cómo narrar el París de Julio Cortázar

Fuimos a París en marzo. Era invierno. Teníamos tantas ganas de ir. Queríamos conocer el París que Julio Cortázar eligió para vivir. No otro París. En principio parecía fácil. Hay dos rutas confeccionadas por el Instituto Cervantes de París: una que prepararon en el 50 aniversario de la publicación de Rayuela, y otra que hicieron a partir de la vida de Julio Cortázar, que vivió en París desde 1951 hasta el año de su muerte. Una gran trabajo. Material didáctico. Una exhibición erudita.

Había una forma de narrar el viaje: “Julio Cortázar estuvo aquí”, “Julio Cortázar paseaba por aquí”, “Julio Cortázar vivió aquí”, “Julio Cortázar escribió aquí”, “Julio Cortázar comía aquí”, “Julio Cortázar se tomó un café con leche aquí”, “Julio Cortázar compraba libros aquí”, “Julio Cortázar está enterrado aquí”, hacer la foto y volver con los deberes hechos.

 

Se me ocurrió otra forma de narrar el viaje: aproximarme a París desde distintas etapas de la vida de Julio Cortázar. La ciudad fue cambiando como fue cambiando su vida. Pero lo que no cambió fue la percepción que Julio Cortázar tuvo de París. A pesar de los años, pudo decir siempre que “mañana es mi primer día en París”. El resultado es un perfil de Julio Cortázar y un recorrido por París, es un homenaje a un encarar la vida y la escritura.

Para construir la crónica busqué referencias de la ciudad en muchos de sus relatos, leí algunas biografías sobre el autor, en Rayuela anoté lugares mencionados como si fueran coordenadas, y leí las cartas íntimas que Julio Cortázar escribió a sus amigos Jonquières; luego están los paseos, caminar por París como un Julio, romper brújulas, y no parar. En toda historia hay una parte que documentar y otra que experimentar. Ambas son igual de importantes. Comencé el texto imitando las primeras frases con las que Julio Cortázar inició Imagen de Jon Keats. Por supuesto, tomé prestado el título para inspirarme en el título de mi artículo.

Espero que guste: Imagen de Julio Cortázar en París se puede leer en Kamaleon Viajes.

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Suele decirse que lo que cuesta es comenzar, pero no siempre es así. En ocasiones, lo más difícil es continuar.

Hace tiempo que intentamos responder a una pregunta. Hicimos una lista en la que fuimos anotando las cosas a favor y en contra de seguir con este blog, como si en una lista pudiera haber una revelación. Javier Marías escribe en el primer tomo de “Tu rostro mañana”:

“Pensar una sola cosa, o divisarla, es algo, pero también es apenas nada, una vez asimilada: es haber llegado a lo elemental, a lo cual, es cierto, ni siquiera la mayoría alcanza. Pero lo interesante y difícil, lo que puede valer la pena y lo que más cuesta, es seguir…”

Pero cuesta seguir cuando has perdido el ánimo. A este espacio le ha ocurrido como cuando una casa deja de ser tu casa, cuando ya no la sientes tuya. Entras pero ni siquiera reconoces los objetos, que ya no son los de tu memoria, o que ya no quieres que sigan formando parte de ella. Y al principio intentas arreglar el asunto cambiando la distribución de los muebles, y luego te atreves con la pintura y el baño. Hasta que te das cuenta que no. Que la cosa no va por ahí. Que es que cuando te sientas en el sofá es como si te sentaras en el sofá de la casa de otra persona y no en la tuya.

Tal vez sería más fácil tirar todas las paredes y volver a comenzar. No limitarnos a los trucos de decoración. Más bien, hagamos una distribución nueva. Ahora la escritura es lo importante, y los viajes invisibles, y los libros que nunca traicionan, y no hay métricas para nada de eso. Tal vez ahí esté la forma de continuar, nos dijimos.

Yo me gano la vida escribiendo; mal, muy mal, porque las palabras salen baratas y porque hay pocas oportunidades. No me sirven de nada las palmaditas en la espalda. Ni lo mío es el branding personal. Ni los anuncios. Ni los blogtrips. Ni las reservas de hoteles. No puedo pagar cada poco para tener audiencia, ni seguidores -quiero lectores, no clientes-, ni para tener la mejor plantilla y el servidor que haga que lo que escribo vuele hasta el cielo de Google. Cris se gana la vida vendiendo viajes. Es su pasión. Es lo que lleva haciendo desde hace diez años. Eso somos ahora.

Y por eso el blog ya no nos sirve. Así que cerramos por obras. Este blog, de momento, se detiene aquí. A partir de hoy, tanto Cris como yo comenzamos a pensar en una nueva etapa. No sabemos qué tiempo nos llevará, por lo que hemos pensado que para seguir en contacto con vosotros vamos a usar la nueva newsletter. Ahí os hablaremos en la intimidad y no a grito de redes sociales.

Para seguir en contacto

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Otras casas en las que escribo

A los que en algún momento disfrutaron leyéndome podrán seguir haciéndolo. No voy a dejar de hacer mi trabajo: no voy a dejar de escribir.

  1. De momento, publico en Viaje con Escalas, la revista de Arlene Bayliss. Ella me dejó un espacio para publicar y luego pasé a ser algo así como el redactor jefe que ayuda a que otros saquen brillo a sus propios textos. Me motiva trabajar con otros escritores y crear un espacio en el que lo importante sea cómo se narra el viaje.
  2. En Kamaleon Viajes, Rafa Pérez también me ha dado un espacio. En su revista he publicado varios artículos. Hace poco escribí uno al que dediqué mucho tiempo -es el tiempo que considero que debo invertir para intentar escribir lo mejor posible y no para conseguir un mejor SEO aquí-. En el artículo, precisamente, hablaba de Bruce Chatwin y de su voluntad de escritura y de movimiento.
  3. Este mes de diciembre publiqué en la revista Traveler de National Geographic mi primer artículo en papel y hacerlo en un lugar así fue como en alpinismo subir tu primer seis mil. También estuve trabajando en una aproximación a la idea del “camino” usando diferentes textos de la tradición literaria en la revista Otro Mapa.
  4. Vivo a toda letra otra pasión sin la que no habrían viajes ni escritura: los libros. Y lo hago en un sitio muy humilde pero en el que me siento muy a gusto: Vivir a toda letra
  5. Desde que volví me ronda un libro. Tal vez ahora sea el momento de intentar cruzar el vacío y ponerme en serio en él. Me aterra hacerlo sin éxito; pero creo que me da más miedo sentir que no lo intenté en serio.
  6. Igualmente, trabajé en textos corporativos, contenidos para clientes donde la autoría no es lo importante.

Ah… Durante la fase de construcción, el silencio en este blog también será el silencio en las redes sociales. Donde seguiremos hablando será en nuestros espacios personales. No es una despedida. Solo es que no sabíamos como continuar y ninguna lista es una revelación de qué hacer. Si te importa, para no perdernos el rastro, puedes apuntarte a la newsletter, ahí es donde explicaremos qué nos va sucediendo en este nuevo viaje.

¡Hasta pronto!

 

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Queremos enviarte una carta personal.

Muchas veces me pregunto qué sería del viaje sin la escritura. Hay personas para las que viajar no significa necesariamente escribir; no para mí: es gracias a la escritura que salvo el viaje del olvido en el que acaba todo. Es gracias al viaje que escribo.

Tal vez sea por ello que me atraen tanto los escritores viajeros. Bruce Chatwin es uno de los que más. Él escribía a mano en unos cuadernos pautados amarillos con los que viajaba –las Moleskine las reservaba para notas en el camino–. Como recuerda Elizabeth Chatwin, su técnica de escritura consistía en corregir, tachar y arrancar un folio tras otro que se acumulaban arrugados en la papelera. Luego mecanografiaba los textos manteniendo márgenes en la hoja en los que seguía anotando y corrigiendo. Al final del proceso leía en voz alta: si sonaba bien, lo entregaba a su editora, si no, volvía a empezar. De su técnica se comprende su escritura exacta.

Las cartas de Bruce Chatwin

Además de libros, crónicas y perfiles, Bruce Chatwin escribió muchas cartas a lo largo de toda su vida. También escribía postales de viajes. La primera carta que se conserva de él es una que escribió con siete años a sus padres, desde el colegio en el que estudiaba internado. Escribió cartas durante toda su vida –en los últimos años de enfermedad, ya sin fuerzas, se las dictaba a Elizabeth–. En sus viajes, se mantenía en contacto con familia, amigos y con su esposa mediante cartas –no existía Internet ni nada parecido, comunicar significaba pensar en la persona, y hablarle con sinceridad y no con emoticonos–. Dice Elizabeth que las cartas era lo único que el escritor nómada no corregía.

En el año 2010 apareció una recopilación en inglés de todas sus cartas. Un trabajo que realizó su biógrafo oficial, Nicholas Shakespeare. En el año 2012, la editorial Sexto Piso las tradujo y publicó en España con el título Bajo el sol, las cartas de Bruce Chatwin. Bajo el sol es el título de un libro que quedó en proyecto por la muerte del escritor. En la introducción del libro podemos leer algo que dice Elizabeth:

cartas-de-bruce-chatwin

 

En la actualidad la tecnología posibilita una de las comunicaciones más eficaces de toda la historia de la humanidad; sin embargo, nunca como hasta ahora, la comunicación, la información, ha sido tan efímera. ¿Qué duran nuestras publicaciones en Facebook?, ¿cuántas personas leen nuestro tuit?, ¿por qué las fotos de Instagram ya no tienen historias detrás?, ¿cuándo fue la última vez que recibiste una carta, o una postal? En serio, ¿cuándo fue la última vez que sentiste que, en realidad, tú eras el destinatario al que iba dirigida una publicación?

Es intimidad, no spam

Tal vez nos estemos perdiendo algo con todo esto, ¿no te gustaría recibir una carta cada tanto? Una carta personal donde te contemos sobre libros viajeros, consejos para escribir sobre tus viajes, reflexiones varias, notas especiales de un lugar, letras íntimas, letras para guardar. Queremos que lo nuestro sea algo íntimo. Queremos que de verdad, esto sea una comunicación personal. Así que si te animas, si también piensas que Internet es demasiado impersonal, si deseas que te hablemos en voz baja y no a grito de redes sociales, anímate, demos inicio a nuestra personal correspondencia.

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Madrugas. Embarcas en el avión a las seis y media de la mañana. Llegas a Roma como si nada. Fácil y rápido. Viajar puede ser como el agua: incolora, inodora, insípida. Este es el diario de cinco días en Roma, pero no está todo, eso es imposible –también inapropiado–.

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Llegar a Roma desconcierta. Lo primero que encuentras en el autobús del aeropuerto es un atranque de coches, cuando lo que imaginabas era sobrevolar el Foro y aterrizar al lado del Coliseo. Los coches son cuadrigas en la escena de Ben-Hur. Si en la película aparecía un legionario con reloj, hoy en Roma llevar reloj no te convierte en legionario.

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Paseamos sin más. Eso significa:

Plaza Navona y la fuente de Neptuno, Baffetto y una cuatro quesos y una atún y cebolla y las mesas con manteles de cuadros porque es a donde los turistas vamos a comer para parecernos a auténticos romanos, el óxido de las fachadas de los edificios del centro, Campo De Fiori y su mercado y recordar una vez en Roma anterior a ésta, el Panteón, un helado que es el primero, la Fontana di Trevi que siempre será de Mastroianni, un expresso sin azúcar, Plaza España y las escaleras que siempre serán de Audrey Hepburn y menos de Gregory Peck.

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Vimos a Stephen Hawking por el centro de Roma. Al día siguiente tenía una charla en el Vaticano: “Preguntar qué había antes del Big Bang no tiene sentido en la Propuesta de No Límite porque no hay noción de tiempo disponible como referencia. Sería como preguntar qué hay al sur del Polo Sur.” Eso es lo que dijo, aunque tal vez quiso decir que es inútil preguntarse qué hay más allá de la memoria.

roma-eterna_diario

En Roma murieron Keats y Shelley. Dos poetas románticos no podían morir en mejor lugar que en esta ciudad -el Romanticismo es una búsqueda del yo entre las ruinas clásicas-. Lord Byron, amigo de ambos, escribió:

Busca la tumba de un soldado;

Para ti, la mejor.

Luego mira a tu alrededor y elige el sitio

Y entrégate al descanso,

Haciendo de la muerte una victoria.

Eso solo lo podría escribir un romántico. Hoy la muerte es un fracaso. Pero Shelley dejó escrito en el prefacio de Adonaïs, obra dedicada a su gran amigo Keats, que “puedes llegar a amar la muerte si piensas que serás enterrado en un lugar tan bello”. Al final, ambos fueron enterrados en este lugar bello que es el cementerio protestante, haciendo de la muerte una victoria con la visita de cada uno de los turistas que nos acercamos.

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¡Que sean las hojas de los castaños en la orilla derecha del Tíber lo que más me llame la atención de Roma en noviembre! Hasta este viaje pensaba que el mejor otoño europeo se encontraba en Normandía –y el mejor de Sudamérica, en Chiloé-, pero ahora me doy cuenta de mi error: el mejor otoño de Europa está en Roma. Pocas ciudades tan otoñales como Roma.

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Los pronósticos del tiempo fallaron, llueve mucho más de lo que decían. Todas las mañanas, esté donde esté, hago lo mismo: miro por la ventana. Llueve tanto que parece que Roma desaparecerá. Decidimos ir a los Museos del Vaticano. Una vez más, el arte como refugio.

“no pictures”

Goethe escribía el 2 de diciembre de 1786 en su diario de Roma: “Me siento ahora tan arrebatado por Miguel Ángel que ya no sé disfrutar de la naturaleza, porque me reconozco incapaz de verla con sus grandes ojos”. Se refería a la Capilla Sixtina y exclamaba: “¡Si existiera una forma de grabarse en el alma estas imágenes!”. Yo me pregunto lo mismo…

“no pictures”

Ante la prohibición de hacer fotos, como Goethe, necesito que las imágenes se me graben en el alma porque no pienso gastarme el dinero en comprar una postal en la tienda. En el recinto donde se escoge al papa reina la avaricia.

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Las gaviotas nos recuerdan que el mar está cerca de Roma; también que hasta aquí llegó un Herman Melville entristecido por la falta de éxito de Moby Dick.

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Miro por la ventana  y hay niebla; miro por la ventana de Internet y no hay niebla. Anuncian la muerte de Fidel Castro. Como si no hiciera años que murió. Me doy cuenta de que hace dos días hablaba con Javier Brandoli sobre las revoluciones del siglo pasado en Latinoamérica.

Las mañanas de niebla no tiene espacio, por eso trabajo en la Nicaragua tan dulce como violenta de Julio Cortázar.

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“Buscas en Roma a Roma ¡oh peregrino! Y en Roma misma a Roma no la hallas”. Quevedo siempre metiendo el dedo en la llaga. A pesar de ello, enviamos tres postales a lectores explicando lo que hallamos en Roma.

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Roma es el Nueva York del turismo católico. Siempre encuentras monjas y curas de todas las órdenes visitando las iglesias de la ciudad. Dos monjas nos pidieron una fotografía en la entrada de la Basílica di Santa Maria Maggiore. Se las veía emocionadas, casi al límite del pecado.

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Subimos a un autobús para ir hasta la Bocca della Verità. Es verdad, en Roma no se paga el transporte público, y ruinoso, –si tu vida dependiera de un autobús, lo más seguro es que la perderías–.

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Volvemos a Barcelona en el avión de Ryanair. Me acuerdo del burro con alas que hay en Via Tor di Nona, que resiste ahí desde finales de los años 70. Es la primera vez que me fijo en que el logo de la lowcost es una lira, justo como la que aparece en la tumba de Keats, sólo que éste tiene una lira con la mitad de las cuerdas. La de Ryanair, por suerte, está completa. Si no, desafinaría más. Roma queda atrás, ¿para qué eterna? Si ya me vale así.

Un periodista freelance es como un maratoniano: corre en soledad sin saber si llegará, pero queriendo llegar. Hoy me siento un poco más cerca de llegar. Sin duda, ayuda que una crónica tuya aparezca en una de las revistas de viajes más famosa del mundo.

Tenía que ser en este diciembre del año en que volvimos. Un año que iniciamos en Venezuela y que no sabemos muy bien cómo acabarlo. Tenía que ser en National Geographic; pero como nadie es profeta en su tierra, lo es en la edición de Latinoamérica. Así que para los que no tengan un quiosco latinoamericano cerca de casa, comparto la crónica aquí.

Crónica de la ciudad de Darío en National Geographic

Que sea Nicaragua, y que sea León, la primera de mis crónicas que aparece en papel, y que sea en una revista como Traveler, bajo la mítica cabecera de National Geographic, hace de todo ello un especial guiño del destino. Primero, porque Nicaragua es el país que mejor representa la búsqueda que fue nuestro largo viaje. Segundo, porque en León pude unir viaje y literatura. Tercero, porque en aquellos días el calor intenso había hecho mella en nuestra salud, pero éramos felices igual.

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Así se ve la crónica en papel.

Recuerdo que cuando estudiaba el Modernismo, al tratar de Rubén Darío, todos los textos mencionaban que el autor había nacido en Nicaragua. Y yo no podía dejar de imaginarme Nicaragua, y me preguntaba cómo alguien había salido de un país tan pequeño de Centroamérica y había conquistado las letras hispanas y la gloria (aunque no la felicidad personal). Por eso entrar en la Catedral de León y llegar hasta la tumba de Rubén Darío, y saber del espacio que le vio de niño, cuando ya jugaba con versos como otros con muñecos, y visitar la casa que le sirvió de hogar las veces que estuvo en Nicaragua, fue algo emocionante. Tanto, que guardo con detalle muchos de aquellos momentos.

Fue por eso que pensé primero en él cuando lancé la propuesta a la editora jefa de la revista. Además, en febrero, se cumplían cien años de la defunción del poeta. Era la ocasión perfecta. Y la redactora contestó que sí, que adelante, que le había gustado mi trabajo, que le escribiera la crónica para ya. Luego la crónica salió mucho más tarde y algo cortada en extensión; pero igual estoy feliz del resultado.

El maratón sigue

Mientras, el maratón sigue. No sé hasta cuándo. Ahora recupero fuerzas para continuar un poco más. Queda mucho y hace falta recorrer mucho más. Esta vez solo fueron las dos páginas que ocupan un texto corto. Sigo corriendo solo sin saber si llegaré, pero queriendo llegar. Y ese querer llegar es lo que salva a los maratonianos.

Espero que os guste esta crónica de la ciudad de Darío. Hoy podría decir que cuando comencé a escribir de viajes en este pequeño blog, nunca imaginé que un día llegaría a publicar en National Geographic. Podría decirlo; pero sería mentira. Lo imaginé mil veces. Y lo deseé. Por eso, estas dos páginas no son un sueño; son algo más: son la vida posible que fuimos a buscar a Latinoamérica.

Y tampoco corro tan solo. En los tramos más importantes, Cris aplaude con rabiosa energía. Algunos otros también animan. Y lo agradezco, porque si no, habría dejado de correr hace tiempo.

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El primer viaje que hacemos después de los cinco meses que han transcurrido desde nuestra vuelta de Latinoamérica es: Roma. Nos vamos el próximo jueves y estaremos cinco días. Simetrías temporales a parte, es un viaje que nos ilusiona hacer. Por eso lo queremos celebrar con unas postales de regalo. La última vez enviamos postales desde el fin del mundo; ahora serán desde Europa, ¿te apetece recibir una postal personalizada desde Roma?

Una postal desde Roma

No es muy fácil gestionar la vuelta después de casi dos años en el camino. Al volver, descubres que aquellas rutinas a las que te habías desacostumbrado durante el viaje ahora te incomodan como un zapato nuevo y sientes que por mucho que lo intentas no acabas de encajar aquí; vas a otra velocidad, un segundo tarde, que es suficiente para que todo te produzca extrañeza. Al poco, comienzas a pensar en irte de viaje otra vez. Y así es como Roma se nos puso a tiro.

El poeta Robert Browning dijo una vez que, en un momento u otro, todo el mundo acaba pasando por Roma. Se refería a que Roma era una de las principales paradas del Grand Tour, el viaje turístico que se habían inventado los jóvenes de la élite social europea con la excusa de conocer la cultura clásica.

En ese contexto de los primeros desplazamientos masivos de turistas, encontramos a Mark Twain, que llegó a Europa en trasatlántico en un viaje de placer organizado. El americano, además de unas cejas profundas, tenía una mirada profunda que no carecía de ironía y humor. Su mente de pionero chocó con la realidad:

“¿Qué hay en Roma que pueda ver que no hayan visto otros antes? ¿Qué puedo tocar que no hayan tocado otros? ¿Qué hay que sentir, aprender, escuchar o saber que vaya a sobrecogerme a mí primero antes de mostrárselo a otros? ¿Qué puedo descubrir? Nada. Nada en absoluto.”

Las mismas preguntas son las que nos hacemos hoy en día. Ya no solo con Roma, sino con todo el mundo, ese mundo que reducimos a un espectáculo del que todos quieren participar: selfie aquí, selfie allá.

¿Un recuerdo de Roma?

¿Un recuerdo de Roma?

¿Sigues queriendo una postal desde Roma?

Pues bien, ¿qué sentido tiene hoy en día viajar si ya no descubrimos nada? Los tiempos de Marco Polo ya no existen. Ya no nos incumbe la faceta de descubrir mundo. Ahora nos toca otra cosa: pasar por donde pasaron antes muchos otros, y a pesar de ello, ser capaces de ver por nosotros mismos. Ahora nos toca descubrir todos los pequeños mundos que explican el mundo. Ese es el espíritu con el que siempre viajamos; así viajaremos a Roma.

Subir de nuevo a un avión, sentir el cosquilleo de mirar por la ventana mientras dejas atrás todo, pisar calles  y sentir el tiempo intenso, el tiempo que nos explica y nos hace de verdad mientras imaginamos mil vidas diferentes y escogemos una al azar para ver qué pasa. De nuevo, el jueves, saldremos de viaje, y le daremos una patada en el culo al irónico Mark Twain, y te lo contaremos.

Te lo contaremos porque como dice Leila Guerriero al explicar qué es una crónica de viajes, años después de los grandes viajes, todavía hay gente que viaja para contar “con la intacta fe de ser primeros.”

Instrucciones para conseguir tu postal desde Roma

Vamos a enviar tres postales desde Roma. Serán postales personalizadas escritas con la intacta fe de ser primeros. Instrucciones:

  • Puedes dejar un comentario aquí más abajo, recomendándonos algo de Roma, deseándonos un buen viaje o lo que te apetezca más.
  • Si lo prefieres, puedes desearnos un buen viaje en Twitter con el hashtag #ahoratocaRoma y mencionando nuestra cuenta para que podamos estar atentos.
  • O, también, dejarnos un comentario en la publicación en nuestra página de Facebook.
  • Entre todos los participantes sortearemos tres postales narrando Roma.
  • Nos pondremos en contacto el jueves con los afortunados para pedirles la dirección a dónde enviar las postales.

¡Ánimate y comparte! Ya sabes, por mucho que queramos narrar el mundo, no somos nada si tú no nos lees.

 

Actualización con premiados

 

 

  • Rosa Domínguez
  • Marisol Aceval de Díaz
  • Miryam Tejada

No me cansé nunca de mirar la bahía de Ushuaia. En especial, no me cansé de mirarla durante el  amanecer lento de un otoño que era casi invierno. No me cansé de mirar algo que sabía que dejaría de ver pronto. Cuando sabes que lo que estás viendo lo ves por un tiempo limitado, y cuando estás de viaje es siempre así, no dejas de mirar con cierta melancolía avanzada. Ser conscientes de ello hace más intensa la mirada. Muchas veces, en lo cotidiano, perdemos esa intensidad. Pensamos que lo que nos rodea es para siempre. Y nos equivocamos.

Haz una fotografía, me digo, por aquello del recuerdo. Pero la memoria no funciona así. A pesar de ello, la hago. Hago la fotografía. Es la fotografía de la bahía de Ushuaia. La tomé desde la cabaña en la que nos hospedábamos unos días porque Cris y yo decidimos que llegar al sur merecía un regalo más, que merecíamos regalarnos un hogar utópico. Un hogar sin las cargas de los hogares verdaderos, sin tener que planchar, pagar la renta o la hipoteca al banco, limpiar, hacer la cama y, en general, todas esas cosas que hacen del hogar un lugar inhóspito. Por unos días queríamos un hogar con café recién hecho todas las mañanas, con una ventana llena de paisaje, un rincón donde escribir, una cama que deshacer, música de fondo y el deseo de que el tiempo se parase por siempre.

En el fin del mundo

En el fin del mundo

Creo que esta foto de la bahía de Ushuaia es la única de la que conozco sus coordenadas exactas: 54°48′30″S 68°18′30″O. Son las coordenadas del fin del mundo. Ushuaia es la ciudad más austral del mundo. Es lo más cerca que hemos estado nunca de la Antártida. En la fotografía, al fondo, está el mítico canal de Beagle, recorrido por tantos aventureros a lo largo de la historia de los descubrimientos. El cielo estaba cubierto. Eran nubes pesadas y parecía que fueran a arrastrar sus panzas sobre el lago. El sol comenzaba a teñirlas. Ya no descubrimos nada; pero nos queda vivirlo. Hice la foto y comencé a escribir esto y lo guardé en la libreta que ahora estoy revisando porque ahora toca una vida posible.

Otra vez el tiempo… Desde hace unos días que vengo pensando en cómo pasa el tiempo. Desde que volvimos que miro las fotografías tomadas. En este viaje hemos acumulado muchas. Me preocupa que en la cantidad se pierdan. Lo mismo me sucede con todo lo escrito, pienso que es mucho y no sé cómo ordenarlo, cómo darle forma, qué se yo, o tal vez cómo borrarlo todo sin dejar rastro y volver a comenzar. Igual con el tiempo ¿Qué hacer con todo éste tiempo vivido? ¿Qué se hace con el tiempo vivido? Las fotografías, la escritura, los recuerdos, todo es lo mismo: tiempo.

Si de algo han servido casi dos años de viaje es para aprender que el tiempo pasa demasiado rápido, y yo no estoy preparado para tanta rapidez. Antes solo lo sospechaba; pero ahora lo he comprobado. Solo quedará el tiempo intenso, el vivido con intensidad, porque ese se convierte en recuerdo.

Hemos recibido una postal desde Florencia.

En ella hay un hola y un ola y ambos quieren decir lo mismo: hola. Un hola que llega a Barcelona desde Florencia como una ola llena de caricias. Barcelona es la orilla. Sam tiene casi siete años. El trazo de su escritura vacila un poco. Son letras que parecen a punto de saltar en cualquier momento. La “h” del primer hola y la “p” de padrins están decoradas, como si en lugar de escritas hubieran sido dibujadas. Se nota que le ha dedicado tiempo. Al escribir, en su rostro habrá aparecido ese gesto que pone cuando se concentra en algo porque quiere hacerlo bien, como cuando hace ranas de papel que saltan como si fueran de verdad. Sam nos ha escrito la mejor postal de viajes que podíamos recibir ahora mismo.

La mejor postal de viajes

En la postal, Sam nos explica que ha subido al Duomo y al Campanile. Y ya. Sólo todo eso. Luego Laia nos ha contado por whatsapp que está flipando mucho con el viaje, que Sam solo ha querido enviar dos postales. Una a su colega Nils y otra a nosotros. Será que nosotros siempre le estamos enviando postales de viaje y él no habrá querido ser menos. Parece ser que se ha interesado bastante en el pene del David de Miguel Ángel. De hecho, le ha llamado tanto la atención que para su colega Nils ha escogido una postal con un primer plano del miembro esculpido. Cuando se encuentren supongo que intercambiarán opiniones al respecto. Para nosotros ha escogido una panorámica.

postal-de-viajes

Esta ola en forma de postal de viajes ha llegado a una Barcelona llena de otoño. Empiezan a antojarse boniatos, castañas y panellets. Estoy contento. Me gusta la castanyada. El viaje por Latinoamérica me dejó tres años sin celebrarla. De la castanyada tengo tres recuerdos que me llenan de felicidad. Primer recuerdo: llevar los panellets que hace mi madre al colegio y recibir elogios por su buena mano. Quedó claro que mi madre hace los mejores panellets del mundo. Segundo recuerdo: mi padre enseñándome a pelar castañas sin que se quede esa piel horrible que tiene debajo de la cáscara. Tercer recuerdo: escribí mi primer poema para la fiesta de la castanyada y lo escogieron para la exposición de los mejores trabajos. Me sentí tan orgulloso y satisfecho que dejé de escribir poesía para siempre. Alcancé la gloria temprano y eso ya me bastó.

Pues bien, desde este otoño de panellets y recuerdos vemos ahora Florencia gracias a una postal de viajes:

Es un atardecer, el cielo tiene tonos naranjas. Sobre los tejados sobresale inconfundible la Catedral con la gran cúpula de Brunelleschi y el campanile de Giotto. Color teja y blanco mármol. Gracias a la postal, no solo recordamos las vistas desde el campanile, sino que, esa es la magia, de eso va todo esto, las vemos con la mirada de Sam. La mirada de un niño de casi siete años ante la aventura de descubrir el mundo. El asombro y la sorpresa que nos falta a nosotros. Sam no sabe nada acerca del síndrome de Stendhal. Por eso su mirada es valerosa. Mira por primera vez y, nosotros, ¿cuándo fue la última vez que miramos por primera vez? En eso debería consistir: viajar y escribir postales con la mirada de un niño asombrado. Con valor.

postal-florencia

Hace poco éramos nosotros los que enviábamos postales desde el fin del mundo. Ayer recibíamos ésta de Sam. De momento es la más especial de todas. Pero esperamos que siga enviándonos más, que cuando sea mayor siga enviando una postal de viajes de cada uno de sus viajes para que nos lleguen, sea donde sea, como olas que acarician. Hoy desde Barcelona vemos la silueta de la catedral de Florencia mejor que nunca.

Els padrins están feliços. Gràcies, Sam!

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