José Alejandro

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Licenciado en filología hispánica, periodista vocacional, fotógrafo miope y redactor de contenidos digitales.

Dos días antes de dejar Granada, Federico García Lorca escribió una carta a su amigo Carlos Morla Lynch anunciándole los planes de su partida: primero unos días en Madrid para encargarse de algunos preparativos, luego París y Londres, desde donde embarcaría hacia Nueva York. En la misma se mostraba algo inquieto: “Yo estoy muerto de risa por esta decisión”; pero seguro de que el viaje le resultará útil, dice. Y no se equivocó. Volvió con el libro Poeta en Nueva York bajo el brazo.

Ese morirse de la risa emociona: creo que es una forma exacta de describir la sensación que te embarga antes de un viaje sin billete de vuelta. Federico –permitidme la confianza; pero es que después de leer sus cartas me cuesta decirle por su nombre entero– se encontró una ciudad fascinante. Aquel Nueva York de 1929 debió ser épico: el edificio Chrysler estaba en construcción, el cine sonoro era una novedad, las calles vibraban, el barrio de Harlem le fascinaba, se perdía por las calles, mentía al escribir a sus padres que aprobaba los exámenes de inglés. El siglo estaba por sufrir una catástrofe económica histórica y Federico vería a banqueros saltar por los aires durante el jueves negro que dio origen al Crack del 29.

Lo fascinante de todo ello es que Federico se muestra de una forma en las cartas –simpático, travieso, asombrado– y de otra –desesperado, melancólico, salvaje– en los poemas del libro. Pero ambos discursos son complementarios. Seguramente, ni todo fue tan oscuro, ni tan divertido, y al final, como dijo a su vuelta a España, lo que pasó es que hizo lo más difícil: ser poeta en Nueva York.

Con este texto sigo con mi serie de viajes literarios en la revista National Geographic Traveler Latinoamérica, donde ya he escrito sobre Rubén Darío, Gabriel García Márquez. Para quien no tenga un quiosco cerca puede leer aquí el artículo completo.

 

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Me lo decía Cris hace unos días, “no paramos de vender viajes a medida”. Me confirmaba así un dato que hasta entonces había leído en multitud de titulares: “El viaje de lujo no ha notado la crisis”. Hosteltur, el diario digital especializado en turismo, destacaba, según datos de la Consultora Global Blue, que a finales del año pasado España se había posicionado en el puesto número siete entre los principales destinos mundiales escogidos por los turistas de lujo.

¿Pero qué es el turismo de lujo?

Al contrario de lo que puede parecer, no estamos hablando de un turismo dado al exhibicionismo. Más bien, se trata de vivir experiencias memorables. Junto a la imagen tradicional de opulencia y glamour aparecen cada vez más nuevos usuarios que lo que buscan son vivencias exclusivas. Así, en el caso de un turista de lujo que quiera pasar un fin de semana esquiando en Pas de la Casa – Grau Roig (Andorra) no se contentará con un simple hotel, sino que buscará, por ejemplo, un hotel con spa que le ofrezca diversas actividades que acaben por redondear su jornada en las pistas.

El alojamiento: la clave del turismo de lujo

Según un estudio realizado por Condé Nast Johansens a cerca de 725 usuarios de sus guías, las características de la habitación donde alojarse es algo primordial para el viajero de lujo. Un 45% de los encuestados declaraba reservar la máxima categoría de suite disponible. Así, siguiendo con nuestro ejemplo, si quisiéramos pasar un fin de semana esquiando en el Pas de la Casa, buscaríamos un hotel de lujo en Grandvalira que nos pudiera ofrecer la mejor habitación posible.

En concreto, el gasto medio anual en alojamiento de estos turistas oscila entre los 3.465 € y los 6.295 € por persona, un importe muy superior al gasto medio anual del viajero habitual que visita España, que ronda los mil euros. Y el precio va acorde con las características de la habitación. Eso significará que nos ofrecerán habitaciones bien ubicadas, de diseño, con vistas a la montaña, habitaciones románticas, suites de 60 m2 si necesitamos más espacio, o habitaciones superiores adaptadas a familias, si es nuestro caso.

Tendencias del turismo de lujo

¿Y hacia dónde va este tipo de turismo?

  • El turista de lujo busca experiencias a medida que le ayuden a sentirse realizado y satisfecho en la búsqueda de la mejora personal. Así, por ejemplo, Maverick, una compañía de helicópteros americana ofrece por 3.500 dólares un paquete que el incluye vuelo desde Las Vegas al Parque del Valle de Fuego para realizar una clase de yoga de 75 minutos en un lugar sólo accesible desde el aire.
  • Cada vez más, se buscan vivencias fuera de la habitual. Como por ejemplo, la travesía a las profundidades del Titanic que ofrece la empresa Blue Marble Private.
  • Lujos que no sean exageradamente lujosos. Y aunque parezca una paradoja, se trata de algo lógico: lo que se busca en estos viajes es vivir una experiencia única o prestigiosa para expresar su propia personalidad, y no la opulencia de una marca. En muchos casos, se busca, incluso, la personalización total con hoteles pop-up en localizaciones sorprendentes totalmente cutomizados.
  • Vivir una sorpresa diaria. Cada vez más, se lleva eso de no tener planes totalmente cerrados, sino, más bien, dejar algo al azar, a la oportunidad. Improvisar es un lujo porque requiere tiempo. De ahí, el caso de la plataforma Recharge, que permite reservar habitaciones de lujo por minutos, a partir de los tres dólares por 60 segundos. ¿Qué a las tres horas ya te has cansado de la ciudad? Pues haces la maleta, pagas el tiempo de hospedaje y te vas.
  • El desarrollo tecnológico está permitiendo que las expectativas de personalización sean cada vez más radicales y únicas como, por ejemplo, que las preferencias individuales de tu alojamiento se adapten automáticamente a partir de una identificación biométrica o de aplicaciones como Journy, una app de conserjería para personalizar la estancia en función de tus gustos y preferencias.

En definitiva, cuando en la actualidad hablamos de turismo de lujo, de lo que estamos hablando es de una actitud frente a la vida y no tanto de un estándar.

Escribí en un artículo sobre la editorial Aventuras Literarias que las geografías se transitan sumando por igual pasos y letras. Es un convencimiento personal. Andar kilómetros con la literatura se ha convertido en mi forma de viajar y de explicar los lugares. Por eso este viaje literario por la Colombia de Gabriel García Márquez que he publicado en National Geographic Traveler.

Como la revista sale en los quioscos de Latinoamérica, comparto por aquí el artículo, igual que ya hice con aquel otro sobre León, la ciudad de Rubén Darío. En esta ocasión, fue difícil ajustar al limitado número de caracteres que tenía de espacio toda la geografía literaria que comporta la vida y obra de Gabriel García Márquez. Por ello, me centré en “el triángulo de Gabo”. A saber: Aracataca, Barranquilla y Cartagena de Indias.

Calle de Cartagena de Indias

Viajar con la literatura suele llevarnos a lugares que ya no existen. Eso ocurre con Gabriel García Márquez cuando se llega a Barranquilla. En cambio, Aracataca y Cartagena de Indias sí cuidan del recuerdo del genial escritor. Pero de todas formas, tal como arranca el artículo, viajar a la Colombia de Gabo es oler la guayaba, saborear el sancocho, escuchar vallenato, sentir el Caribe, y, en definitiva, mirar al horizonte sabiendo que la realidad y la magia guiarán por igual nuestros pasos. No se vuelve igual a la obra de Gabriel García Márquez después de pasar por aquellos lugares que le hicieron ser el escritor que fue.

¡Aquí os lo dejo! Espero que os guste.

Artículo sobre Gabriel García Márquez y Colombia para Nat Geo Traveler de marzo de 2018

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Ya sabéis que este blog rinde tributo a Julio Cortázar a la mínima que puede. Por ello, cuando a Cris le tocó hacer un viaje a la India por motivos de trabajo (ya sabéis que ella es una apasionada agente de viajes), lo primero que se nos vino a la cabeza a los dos fue el viaje que el escritor argentino hizo junto a Aurora Bernárdez.

Julio Cortázar describió así su primer encuentro con la India: “La primera reacción es de miedo, un pavor físico y mental, la sensación de que se ha cambiado de planeta, de que se está entre seres con los cuales es imposible la menor relación. A ese primer choque, sucede uno muy diferente: la paz, la serenidad, por contagio de la manera de ser de los indios”.

Viñetas del cómic con la biografía de Cortázar publicado por Ed. Nórdica

Algo más tarde escribió un poema bellísimo: “A un jardín de Delhi” que comienza así:

“En un jardín de Nueva Delhi
las flores y las hojas ordenan el espacio
en un liviano acuario de colmenas
donde tiembla el color.”

Lo cierto es que de aquel viaje recordarían siempre los colores y el olor, “casi nutritivo”, de los mercados, especias, calles de Bombay, Bhopal, Agra, Jaipur y Benarés. ¿Con qué recuerdos volvería Cris de su viaje a la India? (tienes al final del post la solución)

La ruta que marcaron a Cris por trabajo fue la siguiente: Delhi  – Agra –  Jaipur  – Udaipur. Se trata de una ruta básica por el norte, que suele servir como primera toma de contacto con a India. Pero, claro, antes del viaje tocaba cumplir con el requisito obligado del visado.

Tramitar el visado online para la India

¿Sabes que el visado para viajar a India como turista se puede tramitar online? El de la India es un visado de 60 días de duración y doble entrada que, atención, sólo se puede usar dos veces al año. Además, no se puede ampliar: eso significa que como turista tendrás 60 días para estar en la India, sin posibilidad de extensión.

Como todas las cosas del viajar, hay que tramitar el visado con tiempo suficiente. En el caso del visado para la India, puedes realizarlo hasta cuatro días antes de que vayas a viajar. Así que ni se te ocurra dejarlo para la noche anterior mientras imprimes las tarjetas de embarque de tu vuelo… De todas formas, piensa que tienes hasta 120 días desde que te expiden el visado para entrar al país.

Web de eVisa

Entra en la página gubernamental eVisa, y en ninguna otra. Necesitarás tener a mano:

  • Una fotografía digital de carné en formato JPEG.
  • La primera página de tu pasaporte digitalizada donde se lean bien tus datos personales.
  • Una tarjeta de crédito o débito para realizar el pago de 50 dólares (más 2,5 % de cargo por pagar con tarjeta de crédito).

Y, además de todo esto, podrás comprobar que necesitarás mucha paciencia. El formulario en inglés se hace largo, tendrás que rellenar varios campos y dar algunos datos personales. Hazlo con calma y revisa todas las veces que sean necesarias porque por un simple error te puedes quedar sin visado. A veces, la página web se bloquea o tarde en cargarse o, incluso, puede fallar el proceso de pago con tarjeta. Así que anota siempre el Temporary Application ID, te servirá para recuperar el formulario por donde lo dejaste.

Recuerda que además de tus datos personales, en el formulario deberás introducir los de tu viaje por la India; es decir, fecha de llegada, los lugares que vas a visitar y el aeropuerto de entrada. Si hemos hemos estado en Nepal o Sri Lanka también deberemos indicarlo. Igualmente, hay que indicar los datos de referencia en India (con los datos de uno de los hoteles donde te vayas a alojar será suficiente).

Por último, ahora que ya lo hiciste todo, cuando recibas la aprobación que no se te olvide imprimirla para poder mostrarla en el aeropuerto. Sólo tendrás que entrar en el enlace que te facilitan en el mismo correo que recibas, introducir el ID y número de pasaporte y pulsar el botón de “Check Status”. Te dirigirá a una página de confirmación con la opción de imprimir.

NOTA: Información actualizada a 26 de febrero de 2018 para viajeros de nacionalidad española.

Visado de la India con iVisa

Igual piensas que no vale la pena perder tanto tiempo o, sencillamente, prefieras la tranquilidad de saber que el visado se gestionó correctamente. Y es posible que tengas razón. En ese caso, te aconsejamos que recurras a iVisa y te dediques a buscar inspiración y documentar todas las maravillas que te encontrarás en tu viaje a la India.

Web de iVisa

Verás que, normalmente, los agentes de viaje como Cris, empresas de eventos y gestión de destinos, y empresas en general, usan los servicios de iVisa para gestionar el visado a la India o a otros destinos.  Depende de la urgencia tienes tres tipos de procesos: Estándar (72 horas 96,10 €), Express (24 horas 121,84 €) y súper express (18 horas 151, 88 €).

Son tres pasos: Rellenas la solicitud (la web está en español y además hay un chat activo por si tienes alguna dificultad). Pagas con tarjeta de crédito o PayPal. Y recibes el visado por email. ¡Ya puedes entrar en la India!

Las impresiones de Cris a su vuelta de la India

¿Qué decir? Yo, como Córtazar y Aurora, también volví a casa recordando vivamente los olores, los colores, ese caos de tráfico que a las primeras te emborracha pero que luego asimilas, de los sabores y del picante –debo confesar que tenía mis recelos, pero al final, la gastronomía de la India me fascinó y me acostumbré al picante tanto que al volver sentía que a la comida le falta carácter–. Puede ver monumentos Patrimonio de la Humanidad, conocer parte de la cultura india, pude visitar los bulliciosos mercados de la Vieja Delhi en Rick Shaw, disfruté de los coloridos mercados de Jaipur, me embarqué en el recorrido de la ciudad de los lagos “Udaipur”. Y por supuesto, en Agra me volví loca con el Taj Mahal.

Pero, ¿sabéis qué? La sensación más intensa con la que volví fue con la siguiente: volveremos, la próxima vez con Álex, y, ¿quién sabe? Tal vez nos dé por seguir los pasos de Julio y Aurora por la India.

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Diario de Lisboa (V)

Pessoa llegó antes que yo a España. Ahora mismo él y todos los heterónimos, junto a más de 160 obras representativas del arte de vanguardia portugués de mediados del siglo XX, están en Madrid, en el Museo Reina Sofía. La última noche en Lisboa, me tocó preparar una nota de actualidad sobre la muestra para la web de Viajes de National Geographic. Me gustó escribirla mientras escuchaba cada tanto la campanilla del tranvía que pasaba por la esquina de nuestro apartamento: son esas pequeñeces las que construyen los lugares, y los textos.

Justo ese día habíamos ido a la Casa Fernando Pessoa, en Campo de Ourique, un barrio que parece una ciudad, otra ciudad dentro de Lisboa. Muy cerca está el cementerio dos Prazeres, hacía un frío de mil demonios –pero menos que el que está haciendo ahora en Barcelona– y en un banco que daba al sol había cinco gatos juntos, indiferentes a todo lo que les rodeaba.

Fernando Pessoa no está ya enterrado en el cementerio dos Prazeres. Pero el que sí, desde 2012, es Antonio Tabucchi, y ambos tienen mucho que ver. El italiano eligió ser portugués y ahora está enterrado en el Panteón de escritores portugueses.

Heterónimo en tumba de Pessoa, claustro de los Jerónimos.

Estos días de Lisboa me he dedicado al turismo necrológico. Especialidad: escritores. Además de Tabucchi, visité a Pessoa y a Saramago. No hay que decir que la tumba más espectacular es la de Fernando Pessoa, en el claustro del Monasterio de los Jerónimos. También es, cuando no hay demasiados visitantes, un rincón perfecto de lectura. En cambio, la tumba de Saramago, frente a Casa dos Bicos, donde se ubica su fundación, es popular, sobria, bajo un olivo de su aldea natal y tierra de Lanzarote. La más sencilla es la de Tabucchi, apenas sí el nombre. Pero quedan los libros.

Lo de visitar tumbas de escritores no es tan raro como pueda parecer. O, al menos, es una rareza compartida con otros muchos. En mi haber recuerdo con especial cariño algunas tumbas y no tantos monumentos. Para encontrar la de Benedetti, tuve que preguntarle a uno de los trabajadores del cementerio. Frente a la de Julio Cortázar, y Carol Dunlop, y Aurora Bernárdez, lloré. A la de Yeats, en Irlanda, llegué tras decenas de cafés y conduciendo por la izquierda un coche con cambio manual porque era más económico que el automático. En la de Antonio Machado dejé una nota en recuerdo de todos los vencidos de forma injusta. Y también recuerdo la de Walter Benjamin (si es que es, pero importa como símbolo) o la de Keats, en Roma.

En Lisboa sumo tres más. Y hoy, en Barcelona, el frío, imagino, es tan helado como la muerte.

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Diario de Lisboa (IV)

Me tomé una ginjinha a la salud de Pessoa, al que lloré en los Jerónimos. Eso es: podría haber usado la distancia que da la ironía; pero no, opto por contarlo tal cual. Me emocioné en el claustro donde lo enterraron por segunda vez: he sentido algo de sus vacíos. Pessoa es un agujero negro. El suelo de la tasca estaba pegajoso, en él se nos enganchaban las suelas de los zapatos como si se tratara de una rayuela para borrachos o, tal vez, es que el pasado no nos quiere dejar nunca del todo.

Podría contar todo lo que hemos visto y hecho; pero, en Lisboa, “todo es pies y cabeza a la vez, alternativa y recíprocamente”. La ciudad es un estado de ánimo. Los lugares deben explicar más que explicarse. Al llegar al apartamento me refugio en mis lecturas, y en este diario que escribo como experimento cada noche.

Spleen de Lisboa

Paso de Saramago a Pessoa y luego a Antonio Tabucchi: 1935-2010-2012. Hoy estuvimos en la maravillosa librería Ler Devagar, en LX Factory, y me di cuenta de lo muy poco que sé de literatura portuguesa y de que, en todo caso, la literatura siempre es nacional, salvo una poca que se hace universal.

Digo para mí mismo, “me he dado cuenta, en un relámpago íntimo, de que –prosigo, citando aunque sé que no debería– de que no soy nadie. Nadie, absolutamente nadie”. ¿Cómo diablos Pessoa ha acabado siendo un icono de Lisboa? ¿Cómo leerlo en serio sin sufrir?

Mañana seguiré, todo pies y cabeza, por (Lisboa). Por si fuera cierto eso de que hay viajes que iluminan. Como cada noche, el último tranvía pasa por la esquina.

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Diario de Lisboa (III)

Estoy en Lisboa, es de noche, y llueve en Barcelona. Así se resume el momento preciso.

Lleva lloviendo dos días seguidos, o al menos eso es lo que dice por WhatsApp mi madre: “hace frío y llueve”. Pienso que deben de estar los vidrios de las ventanas de casa salpicados. Pero, mientras las ventanas mojadas y el cielo oscuro y el frío y las facturas están en Barcelona, en Lisboa, hay otras vidas, y otras historias. El tiempo entre paréntesis: eso es viajar. Subes a un avión, se abre paréntesis, llegas a Lisboa, ves los tranvías, caminas, saludas a Saramago en la puerta de su fundación, “A semente e os frutos”, te tomas una, o varias, ginjinhas, comes, miras en los miradores, piensas y lees, escribes… Sólo hay que recordar cerrar el paréntesis antes de volver porque si no, no hay modo de volver a encajar.

“A semente e os frutos” en la Fundación José Saramago, en la Casa Dos Bicos.

Hemos cenado en el Santa Rita y mi abrigo huele a bacalao y soy un mendigo con sueños.

¡Viva el bacalao espiritual!

No es un lema metafísico. O tal vez sí, que es plato típico de Semana Santa: bechamel, leche entera, harina, mantequilla… Tanto, que ahora la noche se me ha alargado y llevo un rato pensando que Ricardo Reis le dijo, con la magia de Saramago, a Fernando Pessoa que, tal vez, había vuelto a Portugal para saber quién era; pero, con la lucidez de los muertos, el poeta le respondió que vaya tontería, que qué locura, que alumbramientos así sólo se veían en las novelas místicas. Así se me han ido pasando algunas líneas de la lectura en un vacío hasta que me he dado cuenta y he vuelto a comenzarlas.

Imagino la lluvia en casa y no quiero cerrar este paréntesis.

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Diario de Lisboa (II)

Es la segunda noche de Lisboa y, curioso cómo aun estando de viaje buscamos algo parecido a un hogar, estoy sentado en una butaca frente a la estufa, leyendo mis lecturas escogidas para este viaje. Aunque es la segunda noche, el viaje comenzó hace unas semanas. En concreto, el viernes 26 de enero, volviendo de noche del Raval, después de ver en la Filmoteca Night Train to Lisbon. Recuerdo que volvíamos a casa y mientras subíamos por el Paral·lel comentábamos la película en la que Jeremy Irons, un profesor de latín de vida anodina, lo deja todo en Berna para irse tras la búsqueda de una mujer a la que salva del suicidio –ella está en la barandilla de un puente, llueve y hace viento, cuando él la ve, corre, el viento le arranca el paraguas que sale volando, los exámenes que guarda en el maletín caen al suelo mojándose, y, en el último segundo, logra abalanzarse sobre ella y la salva–. De la mujer le queda un abrigo rojo y un libro, El orfebre de las palabras, de un romántico autor portugués desconocido llamado Amadeo de Prado, como únicas pistas.  A nosotros nos quedaron los escenarios de Lisboa.

Bille August, que así se llama el profesor de latín de vida monótona que lo deja todo, se encuentra con una antigua historia que sucedió en los años de la resistencia contra la dictadura de Salazar. Me he acordado hoy al pasear por la Baixa –el cielo era tan azul como solo la esperanza puede serlo– y llegar hasta el Largo do Carmo, donde se encuentra el Museo de la Guardia Nacional Republicana, que ocupa el antiguo edificio del Cuartel do Carmo, escenario final de la Revolución de los Claveles porque allí es donde sucedió, el 25 de abril de 1974, la rendición de Marcelo Caetano, el designado sucesor de Salazar.

Leo ahora –la noche es tranquila, casi silenciosa, y siento el vibrar de los tranvías en la esquina– en el prólogo a Un corazón de nadie que, en febrero de 1935, circularon por Lisboa de forma clandestina unos versos satíricos antisalarazaristas. Su autor era Fernando Pessoa que se burlaba así de Salazar, ese “pobrecillo tiranuelo”.

Todas las historias no son más que una: “Viajamos a nosotros mismos al ir a un lugar”, lee Bille en El orfebre de las palabras. ¿Qué hay de mí en esta Lisboa?, me pregunto una y otra vez sin descanso. Sí, incluso me lo preguntaba hace un rato, mientras tomábamos una sopa verde y hablábamos de cualquier cosa. “La vida de Careiro no puede contarse porque no hay en ella nada que contar”, escribe Ricardo Reis sobre Alberto Careriro –un heterónimo sobre un heterónimo y detrás Fernando Pessoa–. Lo mismo con Bille, al menos hasta que salva a la mujer del abrigo rojo, viaja a Lisboa y se encuentra, siguiendo unas vidas, su propia vida.

Diario de Lisboa (I)

Se ha hecho de noche con una llovizna que le sentaba bien a los tranvías, pero que ha convertido el empedrado de las aceras en una trampa resbaladiza. La última vez que estuvimos en Lisboa era junio y la ciudad tronaba por las fiestas de San Antonio. Hará unos siete años de aquello y todo estaba por empezar. Dice José Saramago –inevitable citarlo, como lo será también citar durante estos días a Fernando Pessoa y Antonio Tabucchi– que la vida no comienza cuando nacemos. Entonces no lo podía saber.

Las gotas repicaban en los andamios con ese sonido de chapa tan de segundero indicando el paso del tiempo. Viajar me hace ser consciente del tiempo, de lo mucho que se nos pasa sin darnos cuenta y cómo eso nos va haciendo astillas. Cuando viajo puedo reunir algunas de esas astillas y entonces parece que todo tiene sentido. Ahora, apenas han pasado diez horas desde que aterrizamos, nos hemos refugiado en el apartamento de la Rua dos Douradores y me he acordado de un texto que escribí hace mucho sobre Lisboa. Era ingenuo, tenía un blog recién abierto, y me pareció que explicar cómo dos viajeros se iban a cazar tranvías por Lisboa era una buena idea. Durante mucho tiempo, no hubo ninguna trascendencia en lo que escribía. Pero ahora sí: han pasado siete años, comencé una nueva vida y ahora escribir tiene consecuencias.

De eso va este viaje a Lisboa: de escribir. Y como todo lo que tiene que ver con escribir tiene que ver con leer, me he venido con una lectura comenzada de El año de la muerte de Ricardo Reis (1984), de José Saramago, con el breve y maravilloso Los últimos tres días de Fernando Pessoa (1996), de Antonio Tabucchi y con Un corazón de nadie –la antología poética de Fernando Pessoa– (2001) y El libro del desasosiego (1982).

Recreación del estudio de José Saramago. La vieja máquina Hermès que él compró de segunda mano es la original. En Casa dos Bicos, Fundación José Saramago.

Recuerdo que leí El libro del desasosiego en el segundo año de carrera. Junto a un compañero, compramos cada uno un ejemplar con la idea de leerlo e intercambiarlos luego con las notas respectivas. Ha pasado el suficiente tiempo como para que ahora marque esto que en aquel entonces no mereció mi atención:

“O estaré internado en un asilo de mendigos, feliz por la derrota completa, mezclado con la ralea de los que se creyeron genios y no fueron más que mendigos con sueños, junto con la masa anónima de los que no tuvieron poder para triunfar ni renuncia generosa para triunfar al revés” (7)

He subrayado el párrafo y he anotado, “¿Qué nos salvará de ser mendigos con sueños en la derrota completa?”. Hoy, en esta Lisboa de llovizna y empedrados resbaladizos, confieso que tengo miedo de ser sólo otro mendigo más con sueños.

Suena en la esquina el temblor de un tranvía: comienzo este diario.

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Los ojos azules de Juan Goytisolo, el viajero barcelonés, expresan el asombro por encontrar en la audaz verticalidad compositiva del valle de Göreme formas que le son familiares. Siente que la distancia de Capadocia a Barcelona se anula: ve en los pináculos, en las rocas calcáreas, en las legendarias chimeneas de las hadas, en las erosiones caprichosas, también en la topografía mística, y en las cuevas y valles rosados, los elementos de la arquitectura orgánica de Gaudí. El genial arquitecto no murió atropellado por un tranvía, se fugó a Turquía. Esa es la fabulosa anécdota que se cuenta en Aproximaciones a Gaudí en Capadocia.

 “La insólita unidad compositiva de los peones, torres y alfiles del juego de ajedrez desplegado en el valle te transportará a la visión de las cúpulas, chimeneas y cajas de escalera de Can Milà”

¿Qué hay de otros lugares en los lugares? La mirada del viajero se alimenta del sustrato que se ha ido formando con lo visto ya antes. Como en biología, en el viaje, cuanto más rico es el sustrato,  mejor para el viajero.

Todas las mañanas comienza el espectáculo: mientras el sol sale, decenas de globos se alzan verticales llenando de color el cielo de la Capadocia como si fueran gotas de pintura salpicada. Por primera vez, puedo decir que la industria del turismo ha sido capaz de crear algo realmente bello. Cris observa fascinada. Hay muchas más personas que han madrugado para ver los globos de la Capadocia. Es como cuando pasas frente a una pecera y no puedes dejar de mirar los peces.

Butterfly Ballons: Mañana seremos nosotros los que volaremos sobre el valle de Göreme.

Hace años, cuando los guiones de los programas de la televisión pública los escribían escritores, Juan Goytisolo, el viajero barcelonés, escribió y presentó una serie de veintiséis capítulos titulada Alquibla. Había visitado Capadocia por primera vez en 1979. Luego estuvo muchas veces más.

“Alquibla”, del árabe hispánico, alqíbla, y éste del árabe clásico, qiblah, es el nombre femenino con el que se conoce el punto del horizonte o lugar de la mezquita hacia donde los musulmanes dirigen la vista cuando rezan. Esos globos, pienso, son nuestra alquibla.

Uno de aquellos capítulos se tituló Gaudí en Capadocia. La primera parte de la serie se emitió por las tardes en la 2 de TVE, en 1989. La segunda parte, se emitió también en la 2 de TVE algo más tarde, en 1993. Hoy puede verse en RTVE a la carta. La serie ha envejecido hermosa: el grano, el color deslavado, los planos aéreos, la verborrea de Juan Goytisolo y la música original de Luís Delgado, le dan la textura de la que carece la tecnología de alta definición.

De alguna forma, esos planos aéreos de la serie son los que vamos a ver al volar en globo sobre la Capadocia.

Hay algo de poesía en todo esto.

Rafael Carratalá dirigió Alquibla. Leo en su blog -uno de esos blogs que son pecios en el gran mar de Internet- una entrada del 15 de diciembre de 2010 en la que explica que el formato que ellos proponían estaba más cerca en muchos capítulos del poema visual que del trillado documental cultural.

(Seguimos haciendo lo mismo: tratar de explicar de otra forma).

Hay algo de poesía en esta física que nos eleva a través del aire por la Capadocia. El piloto manipula el quemador para calentar el helio y la barquilla asciende con la ligereza de la que carecen los despegues de los aviones. Aunque esto es Turquía y no África, no dejo de pensar en Cinco semanas en globo, la primera novela de Julio Verne.

Julio Verne no había viajado en globo antes de escribir la novela. Lo hizo diez años más tarde, en 1873. Pero eso no fue problema para alguien que más tarde acabaría viajando hasta la Luna, hasta las profundidades marinas o hasta el mismo centro de la tierra, impulsado solo por su imaginación y curiosidad científica.

“-¡Suelten las cuerdas! -exclamó el doctor. Y el Victoria se elevó por los aires rápidamente, mientras las cuatro piezas de artillería del Resolute atronaban el espacio en su honor.”

 

Flotar en globo tiene algo del sube y baja de los caballitos de un carrusel. Pero además, es que la Capadocia es uno de esos lugares que hay que ver desde lo alto. Los 2.500 metros de altura que alcanza el globo es la cuota máxima desde la que ver el paisaje. Más allá, todo se vuelve demasiado abstracto.

En Aproximaciones a Gaudí en Capadocia, cuando el viajero barcelonés pregunta al viejo que vive en una de las miles de cuevas excavadas en el valle que por qué, de todos los lugares del mundo, Gaudí escogió la Capadocia para desaparecer, éste le explica que es porque el genial arquitecto siempre estuvo tentado por la vida ascética. Por ello, lo más natural, prosigue, fue que acabara alejándose de aquella sociedad catalana positivista que en el fondo despreciaba para ir a la tierra donde se fundaron las primeras comunidades ascéticas de cristianos.

“Como los arameos y caldeos fugitivos de persecuciones y matanzas, encontraría en la vida troglodita, en las bellísimas iglesias rupestres, su hábitat ideal.”

Cuando descendemos, quiero creer que desde alguno de los rincones de Göreme, un Gaudí inmortal tal vez se levanta cada mañana con el amanecer y contempla las decenas de globos que vuelan en la Capadocia y que, con un vaso de çay en la mano, piensa que el turismo hace más por la belleza en este valle troglodita que por las cercanías de la Sagrada Familia, en una Barcelona en la que a muchos les comienzan a sobrar algunos turistas.

Algunas consideraciones: Esta experiencia fue posible gracias al buen hacer de Butterfly Ballons. Ver la Capadocia con la luz dorada del amanecer desde uno de sus globos ha sido una experiencia inolvidable que ha llenado de magia nuestro viaje por Turquía. Las lecturas y la serie de Juan Goytisolo son más que recomendables para conocer, no sólo Turquía y esta bella región, sino toda la cultura árabe. El autor, en el 2106, un año antes de morir, dijo esto que hoy conviene no olvidar:

“El islam ha sido visto como un bloque homogéneo sin tener en cuenta la diversidad de naciones y etnias que lo componen, un tejido hecho con trozos de distintas telas. No debe observarse desde el prisma exclusivo de la guerra contra el yihadismo.”

 

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