Lorca en Nueva York

Dos días antes de dejar Granada, Federico García Lorca escribió una carta a su amigo Carlos Morla Lynch anunciándole los planes de su partida: primero unos días en Madrid para encargarse de algunos preparativos, luego París y Londres, desde donde embarcaría hacia Nueva York. En la misma se mostraba algo inquieto: “Yo estoy muerto de risa por esta decisión”; pero seguro de que el viaje le resultará útil, dice. Y no se equivocó. Volvió con el libro Poeta en Nueva York bajo el brazo.

Ese morirse de la risa emociona: creo que es una forma exacta de describir la sensación que te embarga antes de un viaje sin billete de vuelta. Federico –permitidme la confianza; pero es que después de leer sus cartas me cuesta decirle por su nombre entero– se encontró una ciudad fascinante. Aquel Nueva York de 1929 debió ser épico: el edificio Chrysler estaba en construcción, el cine sonoro era una novedad, las calles vibraban, el barrio de Harlem le fascinaba, se perdía por las calles, mentía al escribir a sus padres que aprobaba los exámenes de inglés. El siglo estaba por sufrir una catástrofe económica histórica y Federico vería a banqueros saltar por los aires durante el jueves negro que dio origen al Crack del 29.

Lo fascinante de todo ello es que Federico se muestra de una forma en las cartas –simpático, travieso, asombrado– y de otra –desesperado, melancólico, salvaje– en los poemas del libro. Pero ambos discursos son complementarios. Seguramente, ni todo fue tan oscuro, ni tan divertido, y al final, como dijo a su vuelta a España, lo que pasó es que hizo lo más difícil: ser poeta en Nueva York.

Con este texto sigo con mi serie de viajes literarios en la revista National Geographic Traveler Latinoamérica, donde ya he escrito sobre Rubén Darío, Gabriel García Márquez. Para quien no tenga un quiosco cerca puede leer aquí el artículo completo.

 

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