Turismo necrológico

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Diario de Lisboa (V)

Pessoa llegó antes que yo a España. Ahora mismo él y todos los heterónimos, junto a más de 160 obras representativas del arte de vanguardia portugués de mediados del siglo XX, están en Madrid, en el Museo Reina Sofía. La última noche en Lisboa, me tocó preparar una nota de actualidad sobre la muestra para la web de Viajes de National Geographic. Me gustó escribirla mientras escuchaba cada tanto la campanilla del tranvía que pasaba por la esquina de nuestro apartamento: son esas pequeñeces las que construyen los lugares, y los textos.

Justo ese día habíamos ido a la Casa Fernando Pessoa, en Campo de Ourique, un barrio que parece una ciudad, otra ciudad dentro de Lisboa. Muy cerca está el cementerio dos Prazeres, hacía un frío de mil demonios –pero menos que el que está haciendo ahora en Barcelona– y en un banco que daba al sol había cinco gatos juntos, indiferentes a todo lo que les rodeaba.

Fernando Pessoa no está ya enterrado en el cementerio dos Prazeres. Pero el que sí, desde 2012, es Antonio Tabucchi, y ambos tienen mucho que ver. El italiano eligió ser portugués y ahora está enterrado en el Panteón de escritores portugueses.

Heterónimo en tumba de Pessoa, claustro de los Jerónimos.

Estos días de Lisboa me he dedicado al turismo necrológico. Especialidad: escritores. Además de Tabucchi, visité a Pessoa y a Saramago. No hay que decir que la tumba más espectacular es la de Fernando Pessoa, en el claustro del Monasterio de los Jerónimos. También es, cuando no hay demasiados visitantes, un rincón perfecto de lectura. En cambio, la tumba de Saramago, frente a Casa dos Bicos, donde se ubica su fundación, es popular, sobria, bajo un olivo de su aldea natal y tierra de Lanzarote. La más sencilla es la de Tabucchi, apenas sí el nombre. Pero quedan los libros.

Lo de visitar tumbas de escritores no es tan raro como pueda parecer. O, al menos, es una rareza compartida con otros muchos. En mi haber recuerdo con especial cariño algunas tumbas y no tantos monumentos. Para encontrar la de Benedetti, tuve que preguntarle a uno de los trabajadores del cementerio. Frente a la de Julio Cortázar, y Carol Dunlop, y Aurora Bernárdez, lloré. A la de Yeats, en Irlanda, llegué tras decenas de cafés y conduciendo por la izquierda un coche con cambio manual porque era más económico que el automático. En la de Antonio Machado dejé una nota en recuerdo de todos los vencidos de forma injusta. Y también recuerdo la de Walter Benjamin (si es que es, pero importa como símbolo) o la de Keats, en Roma.

En Lisboa sumo tres más. Y hoy, en Barcelona, el frío, imagino, es tan helado como la muerte.

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