Tren nocturno a Lisboa

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Diario de Lisboa (II)

Es la segunda noche de Lisboa y, curioso cómo aun estando de viaje buscamos algo parecido a un hogar, estoy sentado en una butaca frente a la estufa, leyendo mis lecturas escogidas para este viaje. Aunque es la segunda noche, el viaje comenzó hace unas semanas. En concreto, el viernes 26 de enero, volviendo de noche del Raval, después de ver en la Filmoteca Night Train to Lisbon. Recuerdo que volvíamos a casa y mientras subíamos por el Paral·lel comentábamos la película en la que Jeremy Irons, un profesor de latín de vida anodina, lo deja todo en Berna para irse tras la búsqueda de una mujer a la que salva del suicidio –ella está en la barandilla de un puente, llueve y hace viento, cuando él la ve, corre, el viento le arranca el paraguas que sale volando, los exámenes que guarda en el maletín caen al suelo mojándose, y, en el último segundo, logra abalanzarse sobre ella y la salva–. De la mujer le queda un abrigo rojo y un libro, El orfebre de las palabras, de un romántico autor portugués desconocido llamado Amadeo de Prado, como únicas pistas.  A nosotros nos quedaron los escenarios de Lisboa.

Bille August, que así se llama el profesor de latín de vida monótona que lo deja todo, se encuentra con una antigua historia que sucedió en los años de la resistencia contra la dictadura de Salazar. Me he acordado hoy al pasear por la Baixa –el cielo era tan azul como solo la esperanza puede serlo– y llegar hasta el Largo do Carmo, donde se encuentra el Museo de la Guardia Nacional Republicana, que ocupa el antiguo edificio del Cuartel do Carmo, escenario final de la Revolución de los Claveles porque allí es donde sucedió, el 25 de abril de 1974, la rendición de Marcelo Caetano, el designado sucesor de Salazar.

Leo ahora –la noche es tranquila, casi silenciosa, y siento el vibrar de los tranvías en la esquina– en el prólogo a Un corazón de nadie que, en febrero de 1935, circularon por Lisboa de forma clandestina unos versos satíricos antisalarazaristas. Su autor era Fernando Pessoa que se burlaba así de Salazar, ese “pobrecillo tiranuelo”.

Todas las historias no son más que una: “Viajamos a nosotros mismos al ir a un lugar”, lee Bille en El orfebre de las palabras. ¿Qué hay de mí en esta Lisboa?, me pregunto una y otra vez sin descanso. Sí, incluso me lo preguntaba hace un rato, mientras tomábamos una sopa verde y hablábamos de cualquier cosa. “La vida de Careiro no puede contarse porque no hay en ella nada que contar”, escribe Ricardo Reis sobre Alberto Careriro –un heterónimo sobre un heterónimo y detrás Fernando Pessoa–. Lo mismo con Bille, al menos hasta que salva a la mujer del abrigo rojo, viaja a Lisboa y se encuentra, siguiendo unas vidas, su propia vida.

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