Mendigos con sueños

Diario de Lisboa (I)

Se ha hecho de noche con una llovizna que le sentaba bien a los tranvías, pero que ha convertido el empedrado de las aceras en una trampa resbaladiza. La última vez que estuvimos en Lisboa era junio y la ciudad tronaba por las fiestas de San Antonio. Hará unos siete años de aquello y todo estaba por empezar. Dice José Saramago –inevitable citarlo, como lo será también citar durante estos días a Fernando Pessoa y Antonio Tabucchi– que la vida no comienza cuando nacemos. Entonces no lo podía saber.

Las gotas repicaban en los andamios con ese sonido de chapa tan de segundero indicando el paso del tiempo. Viajar me hace ser consciente del tiempo, de lo mucho que se nos pasa sin darnos cuenta y cómo eso nos va haciendo astillas. Cuando viajo puedo reunir algunas de esas astillas y entonces parece que todo tiene sentido. Ahora, apenas han pasado diez horas desde que aterrizamos, nos hemos refugiado en el apartamento de la Rua dos Douradores y me he acordado de un texto que escribí hace mucho sobre Lisboa. Era ingenuo, tenía un blog recién abierto, y me pareció que explicar cómo dos viajeros se iban a cazar tranvías por Lisboa era una buena idea. Durante mucho tiempo, no hubo ninguna trascendencia en lo que escribía. Pero ahora sí: han pasado siete años, comencé una nueva vida y ahora escribir tiene consecuencias.

De eso va este viaje a Lisboa: de escribir. Y como todo lo que tiene que ver con escribir tiene que ver con leer, me he venido con una lectura comenzada de El año de la muerte de Ricardo Reis (1984), de José Saramago, con el breve y maravilloso Los últimos tres días de Fernando Pessoa (1996), de Antonio Tabucchi y con Un corazón de nadie –la antología poética de Fernando Pessoa– (2001) y El libro del desasosiego (1982).

Recreación del estudio de José Saramago. La vieja máquina Hermès que él compró de segunda mano es la original. En Casa dos Bicos, Fundación José Saramago.

Recuerdo que leí El libro del desasosiego en el segundo año de carrera. Junto a un compañero, compramos cada uno un ejemplar con la idea de leerlo e intercambiarlos luego con las notas respectivas. Ha pasado el suficiente tiempo como para que ahora marque esto que en aquel entonces no mereció mi atención:

“O estaré internado en un asilo de mendigos, feliz por la derrota completa, mezclado con la ralea de los que se creyeron genios y no fueron más que mendigos con sueños, junto con la masa anónima de los que no tuvieron poder para triunfar ni renuncia generosa para triunfar al revés” (7)

He subrayado el párrafo y he anotado, “¿Qué nos salvará de ser mendigos con sueños en la derrota completa?”. Hoy, en esta Lisboa de llovizna y empedrados resbaladizos, confieso que tengo miedo de ser sólo otro mendigo más con sueños.

Suena en la esquina el temblor de un tranvía: comienzo este diario.

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