Roma, para qué eterna

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Madrugas. Embarcas en el avión a las seis y media de la mañana. Llegas a Roma como si nada. Fácil y rápido. Viajar puede ser como el agua: incolora, inodora, insípida. Este es el diario de cinco días en Roma, pero no está todo, eso es imposible –también inapropiado–.

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Llegar a Roma desconcierta. Lo primero que encuentras en el autobús del aeropuerto es un atranque de coches, cuando lo que imaginabas era sobrevolar el Foro y aterrizar al lado del Coliseo. Los coches son cuadrigas en la escena de Ben-Hur. Si en la película aparecía un legionario con reloj, hoy en Roma llevar reloj no te convierte en legionario.

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Paseamos sin más. Eso significa:

Plaza Navona y la fuente de Neptuno, Baffetto y una cuatro quesos y una atún y cebolla y las mesas con manteles de cuadros porque es a donde los turistas vamos a comer para parecernos a auténticos romanos, el óxido de las fachadas de los edificios del centro, Campo De Fiori y su mercado y recordar una vez en Roma anterior a ésta, el Panteón, un helado que es el primero, la Fontana di Trevi que siempre será de Mastroianni, un expresso sin azúcar, Plaza España y las escaleras que siempre serán de Audrey Hepburn y menos de Gregory Peck.

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Vimos a Stephen Hawking por el centro de Roma. Al día siguiente tenía una charla en el Vaticano: “Preguntar qué había antes del Big Bang no tiene sentido en la Propuesta de No Límite porque no hay noción de tiempo disponible como referencia. Sería como preguntar qué hay al sur del Polo Sur.” Eso es lo que dijo, aunque tal vez quiso decir que es inútil preguntarse qué hay más allá de la memoria.

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En Roma murieron Keats y Shelley. Dos poetas románticos no podían morir en mejor lugar que en esta ciudad -el Romanticismo es una búsqueda del yo entre las ruinas clásicas-. Lord Byron, amigo de ambos, escribió:

Busca la tumba de un soldado;

Para ti, la mejor.

Luego mira a tu alrededor y elige el sitio

Y entrégate al descanso,

Haciendo de la muerte una victoria.

Eso solo lo podría escribir un romántico. Hoy la muerte es un fracaso. Pero Shelley dejó escrito en el prefacio de Adonaïs, obra dedicada a su gran amigo Keats, que “puedes llegar a amar la muerte si piensas que serás enterrado en un lugar tan bello”. Al final, ambos fueron enterrados en este lugar bello que es el cementerio protestante, haciendo de la muerte una victoria con la visita de cada uno de los turistas que nos acercamos.

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¡Que sean las hojas de los castaños en la orilla derecha del Tíber lo que más me llame la atención de Roma en noviembre! Hasta este viaje pensaba que el mejor otoño europeo se encontraba en Normandía –y el mejor de Sudamérica, en Chiloé-, pero ahora me doy cuenta de mi error: el mejor otoño de Europa está en Roma. Pocas ciudades tan otoñales como Roma.

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Los pronósticos del tiempo fallaron, llueve mucho más de lo que decían. Todas las mañanas, esté donde esté, hago lo mismo: miro por la ventana. Llueve tanto que parece que Roma desaparecerá. Decidimos ir a los Museos del Vaticano. Una vez más, el arte como refugio.

“no pictures”

Goethe escribía el 2 de diciembre de 1786 en su diario de Roma: “Me siento ahora tan arrebatado por Miguel Ángel que ya no sé disfrutar de la naturaleza, porque me reconozco incapaz de verla con sus grandes ojos”. Se refería a la Capilla Sixtina y exclamaba: “¡Si existiera una forma de grabarse en el alma estas imágenes!”. Yo me pregunto lo mismo…

“no pictures”

Ante la prohibición de hacer fotos, como Goethe, necesito que las imágenes se me graben en el alma porque no pienso gastarme el dinero en comprar una postal en la tienda. En el recinto donde se escoge al papa reina la avaricia.

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Las gaviotas nos recuerdan que el mar está cerca de Roma; también que hasta aquí llegó un Herman Melville entristecido por la falta de éxito de Moby Dick.

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Miro por la ventana  y hay niebla; miro por la ventana de Internet y no hay niebla. Anuncian la muerte de Fidel Castro. Como si no hiciera años que murió. Me doy cuenta de que hace dos días hablaba con Javier Brandoli sobre las revoluciones del siglo pasado en Latinoamérica.

Las mañanas de niebla no tiene espacio, por eso trabajo en la Nicaragua tan dulce como violenta de Julio Cortázar.

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“Buscas en Roma a Roma ¡oh peregrino! Y en Roma misma a Roma no la hallas”. Quevedo siempre metiendo el dedo en la llaga. A pesar de ello, enviamos tres postales a lectores explicando lo que hallamos en Roma.

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Roma es el Nueva York del turismo católico. Siempre encuentras monjas y curas de todas las órdenes visitando las iglesias de la ciudad. Dos monjas nos pidieron una fotografía en la entrada de la Basílica di Santa Maria Maggiore. Se las veía emocionadas, casi al límite del pecado.

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Subimos a un autobús para ir hasta la Bocca della Verità. Es verdad, en Roma no se paga el transporte público, y ruinoso, –si tu vida dependiera de un autobús, lo más seguro es que la perderías–.

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Volvemos a Barcelona en el avión de Ryanair. Me acuerdo del burro con alas que hay en Via Tor di Nona, que resiste ahí desde finales de los años 70. Es la primera vez que me fijo en que el logo de la lowcost es una lira, justo como la que aparece en la tumba de Keats, sólo que éste tiene una lira con la mitad de las cuerdas. La de Ryanair, por suerte, está completa. Si no, desafinaría más. Roma queda atrás, ¿para qué eterna? Si ya me vale así.

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