El viaje como fuga

O la infelicidad como origen del viaje

Muchos nos preguntan, “¿Cómo es que os dio por recorrer Latinoamérica en autobús durante tanto tiempo?”. En realidad quieren una razón de por qué hacer un gran viaje. Y siempre fuerzo una respuesta rápida como para no quedar mal, y contesto cualquier cosa, como que nos habíamos cansado de lo de aquí, que sentíamos que debíamos hacerlo, que queríamos conocer mundo, que nos intrigaba lo que había allí… Pero claro que sé por qué nos fuimos.

Últimamente, en el espacio de la vuelta, me adapto a una rutina. Me levanto temprano para escribir. Sin barreras, lo primero que me surge. Escribir, en cierto modo, es terapéutico. Aparecen temas, estoy un rato quieto, quiero decir que al escribir puedo aislarme de todo lo que se mueve ahí afuera. Me siento en la cocina y me hago un café, abro la ventana, llegan los ruidos de la calle, los coches, algunos pájaros, las voces de los del barrio al pasar por la acera. Los voy apagando poco a poco al teclear. Aparece el tema, y más tarde la forma del texto. Últimamente, en el espacio de la vuelta, pienso en la felicidad.

Creo que la felicidad, la búsqueda de la felicidad, tiene mucho que ver a la hora de explicar por qué hacer un gran viaje, cómo es que nos dio por irnos a recorrer Latinoamérica en autobús, cómo es que nos dio por dejarlo todo y viajar durante veinte meses hasta llegar a Ushuaia.

La libertad puede estar a la vuelta de la esquina

La libertad puede estar a la vuelta de la esquina

 

Uno de los primeros libros con que me hice en la biblioteca al llegar fue La felicidad y el suicidio, de Luís Antonio de Villena. Antes de tomarlo prestado lo ojeé. Siempre hago lo mismo con los libros, los ojeo como si fueran un oráculo, y si encuentro alguna frase al azar que me sirva de revelación lo leo. No se me ocurre mejor método para elegir lectura.

Salir, viajar, huir es el signo (incluso cultural) de una infelicidad profunda.

Ahí estaba ¿Veis? Esa frase me estaba hablando directamente, me atraía y me inquietaba por igual.

Luís Antonio de Villena es uno de los mayores representantes del dandismo en la literatura española. Poeta, ensayista y narrador. En La felicidad y el suicidio relaciona los dos conceptos como complementarios, no como opuestos. Pero hay un capítulo que centró mi atención, al que pertenece la cita de arriba, se titula “El vértigo de la fuga”.

¿Y si viajar tuviera que ver con la infelicidad?

Dice Luís Antonio de Villena que “Alguien básicamente feliz no experimentaría nunca esta necesidad de alcanzar otra frontera… Pero a todos nos tienta la evasión como una premonición de felicidad”. En el capítulo hace un recorrido por varios ilustres buscadores de la felicidad entendida como intensidad vital y plenitud de experiencias, como son T.E. Lawrence, Gauguin, y, no podía faltar, Rimbaud. Creo que una persona feliz no añora la libertad perdida en la vorágine de lo cotidiano.

Una premonición de felicidad

El viaje es eso, una premonición de felicidad. Por lo tanto, quiere decir que quien así lo siente debe ser, a la fuerza, una persona insatisfecha, una persona que vive con infelicidad profunda. Y entonces se entiende el viaje como una huida. Huir de la comodidad que nos adormece y nos hace infelices.

Al leer este capítulo del ensayo de Luís Antonio de Villena me vino a la mente Ismael, el narrador de Moby Dick, que al principio de la novela de Herman Melville se presenta y nos explica por qué siente la necesidad de hacerse al mar. Y lo hace siempre cuando se da cuenta de que algo anda mal en su ánimo, cuando, nos explica, “siento que empiezo a hacer mohínes y a enfurruñarme, y noto las húmedas brumas de noviembre en mi espíritu […]”. Para Ismael, hacerse al mar, el viaje en definitiva, es la forma de combatir la melancolía y la tristeza.

Bien… Entonces, ya estoy listo para decirlo. Cuando nos vuelvan a preguntar por qué nos fuimos a recorrer Latinoamérica en autobús durante tanto tiempo, tal vez me atreva a responder, que, al menos en lo que se refiere a mí y no necesariamente a Cris, que ella tuvo sus propios motivos, yo, lo hice porque sentía cierta infelicidad profunda. Pero digo bien, digo que tal vez me decida responder eso, porque, entonces, si la persona que pregunta está de verdad interesada, no se contentará con la respuesta, y seguro que, entonces, me volverá a preguntar, ¿Y bien, conseguiste encontrar la felicidad?

Y bueno, dar una respuesta a esa pregunta es demasiado complicado como para hacerlo en el espacio de una conversación, sin que el interlocutor, al poco, comience a buscar cualquier excusa para huir, también él, pero no de la infelicidad, sino de mí.

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1 COMENTARIO

  1. Hola José Alejandro, me encanta tu reflexión. Hacer un viaje en autobús tan largo y sin un destino fijo es como poco inquietante. La verdad que da para pensar.

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