Caracas, crónica de una ciudad invisible

Contaba Italo Calvino en Las ciudades invisibles que hay muchos libros que se escriben para profetizar catástrofes y apocalipsis y que por eso mismo el suyo, al contrario, se abría y se cerraba con las imágenes de ciudades felices que cobraban forma y se desvanecían continuamente escondidas dentro de ciudades infelices. Siempre me atrajeron las ciudades que juegan al escondite. Son lugares para la esperanza. Así encontré los lugares de Caracas, se aparecían y desaparecían a cada momento, escondidos dentro de una ciudad infeliz.

Siempre hay un mundo por descubrir

Caracas suena a un mundo por descubrir

Lugares de Caracas

Parecía que llegáramos al lugar más peligroso del mundo ¿Pero estáis locos? ¿Cómo se os ocurre? ¿Viajar a Venezuela como está, y además, Caracas? No sólo la familia y amistades que acostumbran a alarmarse con estridencia, algunos venezolanos nos tachaban de locos por querer ir a Caracas, de extravagantes, como mínimo, por viajar a Venezuela y andar en su país en quiebra.

Tenían razón; pero es que todo viajero tiene siempre algo de locura.

Una mañana que salimos a buscar un café antes de encontrarnos con los lugares de Caracas, apareció la realidad en las portadas de los diarios; la prensa del país, esa que cada día tiene menos hojas por la censura y por la crisis del desabastecimiento, destacaba, “Caracas, la más peligrosa”. Me acerqué al titular con respeto y pensé que leer la noticia en los diarios internacionales resultaría menos alarmante que leerla en el escenario del titular. Crucé los dedos, aún tengo esos gestos infantiles que buscan un guiño al destino, deseando que nuestros padres no vieran la noticia en casa y se incrementara su inquietud por unos hijos que, mira tú, ahora les ha dado por irse al país ese en el que no hay ni papel de váter y matan a tanta gente.

Apunté en mi diario de viaje una cita más del libro de Italo Calvino:

“Tal vez estamos acercándonos a un momento de crisis de la vida urbana y las ciudades invisibles son un sueño que nace del corazón de las ciudades invivibles.”

Una ciudad con 119,87 asesinatos por cada 100.000 habitantes a fuerza debe ser “invivible”.

Crónica de una ciudad invisible

Podría comenzar, diciendo que Caracas es una ciudad “invivible”, pero que no siempre fue así, o, que no siempre es así. Debería decir mejor que de Caracas se puede hablar de dos formas, como el monstruo que es, o bien, que cuando llegamos se estaba jugando la final de la Liga Profesional de Béisbol Venezolana y en la vieja pantalla de la recepción del hotel jugaban Navegantes del Magallanes y  Cardenales de Lara. Igual podría seguir diciendo que el viajero atento leerá escrito en las paredes que el nombre de Caracas suena a un mundo por descubrir, o que los vendedores callejeros de perros abundan y lo salpican todo de kétchup, o también que el metro en hora punta es una avalancha humana, o que en la acera todos caminan rápido y que el semáforo de peatones esté en verde no es garantía de que no te atropellen, o que los caraqueños hablan mucho de política y al paso se escuchan medias conversaciones que sumadas a otras medias hacen un diálogo infinito. En los tiempos que corren lo único que no falta nunca es la política.

Lugares de Caracas desde El Calvario

Lugares de Caracas desde El Calvario

En el centro de Caracas cada esquina tiene su propio nombre. En la de la ceiba, o también de los intelectuales, frente a la Iglesia de San Francisco, han marcado la zona con pintadas en las que se lee “Territorio Chavista”. Pero, por el contrario, en la Asamblea General el viajero verá un cambio que se va apareciendo y que se resume en el “Llévense esa vaina” que el nuevo presidente dijo al ordenar que retiraran las imágenes de Chávez y Maduro y Simón Bolívar que abundaban en la entrada del edificio. Pero es que el viajero debe comprender que, como dicen los caraqueños, Caracas es Caracas y el resto monte y culebra. Aquí está todo Venezuela.

Aquí está todo Venezuela; pero ¿Cómo describir Caracas? ¿Cómo describir de verdad un lugar? Anoté en el diario una idea más del libro de Italo Calvino. En el libro, el Gran Kan valora las descripciones de Marco Polo por encima de las de cualquier otro de sus enviados a lo largo del imperio. Y si el Gran Kan escucha con atención al veneciano es porque éste sabe dejar en lo narrado un espacio para la imaginación, un vacío no colmado de palabras, y en ese espacio, dice el Gran Kan, “se podía dar vueltas con el pensamiento, perderse, detenerse a tomar el fresco, o escapar corriendo.”

Caracas no es ciudad para flâneur

Caracas no es ciudad para un flâneur y cuando das vueltas por sus calles es habitual encontrar filas de personas que esperan para hacer la compra. Las filas son de varias cuadras más allá del punto de venta, sol o sombra según toque, pero hay que esperar en la incertidumbre de que al llegar no se hayan acabado las existencias. Comprar es como una lotería, depende del día que tienes asignado, por eso los caraqueños se prestan los días e intercambian productos en un trueque cívico, de forma que los que compraron el lunes y sólo encontraron compresas, las cambian con las personas que necesitaban compresas pero que como compraron el miércoles no encontraron.

En Caracas, los huevos es de lo que genera siempre más cola.  Recordé uno de los relatos de Proyectos De Pasado de Ana Blandiana:

“(…) para abastecerse, L. resolvió tener una gallina clueca en el balcón, no se imaginaba ni lo duro que iba a resultar poner en práctica su idea ni las consecuencias insospechadas y fantásticas adonde la conduciría la realización de este propósito.”

Ana Blandiana es una buena lectura para hacer estos días en Venezuela. Lo apunté en mi diario, porque tengo esa manía de apuntarlo todo cuando viajo, para que el viaje no se convierta en olvido al volver. También uso citas, muchas citas, como si la verdadera medida de los lugares sólo se encontrara en la literatura.

Caracas para respirar

El cielo de Caracas es teatro para guacamayas ruidosas y coloridas que parecen estrellas fugaces diurnas. En la calle hay santeros. Siempre hubo, pero cada vez se ven más. De lo que también siempre hubo en la metrópolis son mamadores de gallo caraqueños, especie de ciudadano capaz de convertir en chiste hasta la mayor gravedad.

El Ávila es uno de los lugares de Caracas que se aparecen para ser felices

El Ávila es uno de los lugares de Caracas que se aparecen para ser felices

El viajero hará bien en preguntar por los parques y jardines de la ciudad, porque en Caracas no son sólo espacios lúdicos. Son los lugares de Caracas más prácticos, más que el dinero porque si éste sirve para pagar, esto sirven para respirar. Los hay muy verdes como La Hacienda, ese recuadro de césped perfecto que veía todas las mañanas desde la ventana del hotel, o con mucha historia, como el Parque El Calvario, del que dicen que no subir a él es no haber ido a Caracas. Pero más el Ávila, que es un icono para la metrópolis. Cuando el viajero llega arriba del Cerro El Ávila en el teleférico, está a 2100 metros sobre el mar y Caracas queda pequeñita allá abajo, brillando por los rayos de sol que se reflejan en los techos de chapa de las casas. A los caraqueños les gusta subir hasta aquí a ver desde arriba la metrópoli, como para así intentar comprenderla mejor. Es típico pedir fresas con crema para comer, y el viajero hará bien en pedirlas si es que quiere llevarse un recuerdo feliz de Caracas.

Se aparece la ciudad feliz en cafeterías, o en alguna librería como “Un lugar común” donde me sentí en casa porque en cualquier ciudad donde hay librerías hay esperanza. Se aparece igual al pasear por Sabana Grande y pedir una golfeada con queso para comerla con disfrute infantil, o en un partido de béisbol con unas cervezas, o en el Hatillo en domingo en el encuentro con la gastronomía venezolana, o en Plaza Francia que  siempre es un descanso, o en la bohemia de la Patana Cultural que es lugar para soñadores nocturnos donde se toma cocuy escuchando a Silvio Rodríguez. También se aparece en el Teatro Principal, donde aún sigue cantando Carlos Gardel en el recuerdo como si nunca hubiese subido a aquel avión maldito que se estrelló en Medellín, o en la Plaza Lima Ron llena de un horror vacui chavista y donde todos juegan al dominó en mesas de a 4 jugadores, o en la Santa Capilla que aunque fue donde se hizo la primera misa de la metrópolis tiene un diablo en su puerta, o en la Casa de las Primeras Letras donde el maestro Simón Rodríguez dio clases a Simón Bolívar, pedagogía para la libertad que tanto hace falta hoy, o en la Casa de la Historia que esconde un rincón tranquilo y solitario donde leer la prensa del día.

Los lugares de Caracas aparecen y desaparece como aparecen y desaparecen las guacamayas de su cielo. “Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno”, eso dice Italo Calvino en las Ciudades invisibles y fue el consejo que seguimos al pie de la letra durante aquellos días en Caracas. Tal vez por eso sobrevivimos, o tal vez es que no hubo tiempo para más; pero lo que sí es seguro es que la literatura, otra vez, fue la mejor guía.

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6 COMENTARIOS

  1. Queda claro que una imagen no vale más que mil palabras , ya que la imagen está carente de los aromas, sensaciones, sentimientos, emociones…que tus palabras transmiten.

  2. Te agradezco infinitamente el relato, en efecto es un placer leerte, pero sobre todo te doy gracias por reencontrame con mi ciudad. Siento que queda poco de la ciudad en la que crecí, y me aterra verla ahora, sobre todo porque llevo muchos años fuera y cada vez que voy el miedo me gana. Extraño el Ávila y las guacamayas al salir de la oficina, Lugar Común me hace mucha falta y las esquinas del Centro siempre me parecerán geniales, cada nombre tiene un por qué y una historia pintoresca detrás. Gracias infinitas por llevarme un ratico a Caracas.

  3. No sé si lo hiciste con intención, pero publicaste este artículo justo el día en el que se celebra la fundación de Caracas. Gracias por encontrar esa belleza que olvidamos los que salimos despavoridos buscando un futuro mejor en otras tierras, ésos mismos que extrañamos el caos y la belleza de la Sultana del Ávila, ésos que se sienten más cerca al pasearse entre cada línea.

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