Buenos Aires y Julio Cortázar

Del fin del mundo se sale volando. En menos de cuatro horas habíamos saltado de Ushuaia, la ciudad más austral del mundo, a la capital de Argentina. Buenos Aires es una ciudad desbordante, esa es la impresión que tuve mientras el avión se aproximaba para aterrizar. Lo dijo Julio Cortázar en una carta a un amigo: “La Argentina es Buenos Aires”.

Si lo sentí así viendo la ciudad desde la perspectiva que da la ventanilla de un avión, callejeando lo sentiría en las piernas, que es donde se deben sentir las ciudades. Teníamos una lista para inspirarnos de calles que recorrer, cafeterías míticas a las que ir, librerías en las que leer fragmentos reveladores, rayuelas en las que jugar y pastelerías en las que endulzar el tiempo. Toda Argentina concentrada en una ciudad, el Buenos Aires que inspiró a Julio Cortázar.

 

Buenos Aires y Cortázar

Barrio Rawson

Julio Cortázar llega a Buenos Aires con cuatro años. Sus padres se alojan en el Hotel Inmigrantes durante un tiempo hasta que se trasladan a Banfield, una localidad de la provincia. Pero si hay que señalar una dirección como el hogar del escritor en Buenos Aires, esa sería la Calle Artigas, número 3246,  en el Barrio Rawson.

Imaginamos salir un cronopio por esta puerta

Imaginamos salir un cronopio por esta puerta

Aquí empezó la relación entre Buenos Aires y Cortázar. Desde una de esas ventanas con visillos de la tercera planta, Cortázar veía la plaza en la que le imaginamos salir del edificio. La literatura amplifica los viajes. Tal vez algún gato, “los guardianas de la vereda”, como les llamaba, se cruzara a su paso. Eran tiempos de trabajo y formación intelectual. Buenos Aires quería ser París y Cortázar soñaba con ir a Europa. “Yo me siento muy bien en Francia; desde joven tuve una gran afinidad por un cierto tipo de cultura y de mentalidad francesa. Es decir que puedo estar allá sin dejar de estar aquí”, explicaría, como para evitar malentendidos, años después en una entrevista.

El paisaje en el Barrio Rawson se asemeja mucho al que veía entonces Julio Cortázar. Casas de no más de tres pisos de altura, apenas un tráfico que llegue a molestar, la plaza frente al edificio, árboles y algunos vecinos que sacan a pasear al perro o que vienen de hacer la compra o del trabajo o de sus cosas. El del barrio es un Buenos Aires cotidiano que no tiene nada que ver con el movimiento constante que se encuentra en Microcentro, o en San Telmo un domingo, cuando es día de mercado y hay cola para fotografiarse con la figurita de Mafalda, o con la actualidad vibrante de las librerías, cafeterías y restaurantes que hay de moda en Palermo Soho.

La rayuela como la vida

La rayuela como la vida

Al pasar la esquina cruzamos un paso de peatones como si fuera una rayuela, a la pata coja, buscando el cielo de Buenos Aires. Cris prueba primera, luego yo. En la actual calle Julio Cortázar, han abierto el Bar Rayuela, en el que la clave del wifi, como no podía ser de otra manera, es la fecha de nacimiento del escritor. Aprovechamos para desayunarnos una típica media luna con jamón y queso antes de continuar, y al traspasar la puerta, ¿qué tontería, verdad?, me vuelvo a mirar de reojo, no vaya a ser que ahora sí, coincida con que él hubiera salido. Cris no puede evitar sonreír.

El Microcentro de Buenos Aires

A Julio Cortázar le gustaba pasear por la ciudad. Muchas veces se paseaba por las calles del Microcentro, que es como se conoce a la zona ocupada por edificios gubernamentales y financieros de la ciudad. La Casa Rosada, la Catedral Metropolitana y el Cabildo se encuentran cerca, también está el campamento que han improvisado en la Plaza de Mayo los veteranos de la Guerra de las Malvinas. Me cruzo con oficinistas, funcionarios, apoderados de bancos, porteños adinerados, limpiabotas y algún buscavidas de verbo rápido. A seis cuadras está el Pasaje Güemes, unas galerías comerciales cuyo exterior pasará desapercibido para cualquiera que no esté atento. Se trata de un edificio art nouveau, considerado el primer rascacielos de la ciudad. El escritor solía recorrer el pasaje y pasaba tanto tiempo allí que acabó por inspirarle su relato El otro cielo.

El interior del pasaje, que une las calles Florida y San Martín, está decorado con una cúpula circular, pilares de mármol, vidrieras, bronces y maderas nobles, al estilo francés. “Todavía hoy me cuesta cruzar el Pasaje Güemes sin enternecerme irónicamente con el recuerdo de la adolescencia al borde de la caída”, explica el narrador al inicio del relato. Un dato más para viajeros mitómanos: en una de las viviendas que hay sobre el Pasaje Güemes, Saint Euxepery vivió, y escribió Vuelo nocturno, basándose en sus experiencias como aviador en la compañía pionera de servicios aéreos Aeroposta Argentina.

En Buenos Aires, uno podría vivir de cafetería en cafetería

En Buenos Aires, uno podría vivir de cafetería en cafetería

Otro lugar cercano que inspiró a Julio Cortázar es el Bar London City, buen representante de la tradición de cafeterías porteñas ¿Sabéis? En Buenos Aires, uno podría vivir de cafetería en cafetería. Caminamos hacia allí sin saber si podremos evitar la tentación de las facturas, ese pecado dulce en forma de hojaldres, bolas de fraile, suspiros de monja o vigilantes, entre otros, que los argentinos tienen y que les viene de los inmigrantes que llegaron desde Europa. Es posible que deba pagar la inspiración literaria con algún kilo de más. El London City está en una esquina, como todos los lugares importantes y de encuentro en la cultura porteña. En el interior suena jazz, y cómo no, es Charlie Parker, uno de los mejores saxofonistas, al que Julio Cortázar era tan aficionado y en el que se basó para su relato El Perseguidor, el que suena cuando entro maravillado.

Para un lector de Cortázar estar en el escenario que da inicio a Los Premios, su primera novela, es emocionante. Más si se pide un café con leche. “-Dos cafés, pidió Lucio. Y un vaso de agua, por favor, dijo Nora. Siempre traen agua con el café, dijo Lucio.” Y sí, es cierto. No hace falta pedir agua con el café. En la bandeja, el camarero traía un vasito de agua con gas, y también una pasta y las servilletas, que guardo en el bolsillo como recuerdo. “Fue aquí en la London donde el todavía desconocido Julio Cortázar, escribió, y también situó, gran parte de su primera novela…”, explican en la carta del bar, todo un clásico abierto en 1954. En la decoración, retratos del autor, recortes de prensa, algunas frases memorables sacadas de sus obras e imágenes de la época, de un Buenos Aires en blanco y negro, como el piso de la cafetería que se mantiene igual que el original.

Librerías y libros

Caminar y leer en una ciudad como Buenos Aires significa que pasarás por alguna de sus muchas librerías. Es inevitable. “Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina”. Éstas son palabras del narrador de Casa tomada, pero igual podrían ser las de Julio Cortázar explicando sus rutinas de buscador de libros por las librerías de Buenos Aires, como aquella ocasión en que un libro de Jean Cocteau le metió de cabeza “no ya en la literatura moderna, sino en el mundo moderno.”

¿Es o no es como para quedarse con la boca abierta?

¿Es o no es como para quedarse con la boca abierta?

De aquellas librerías que él visitaba, como la Librería Viau en Florida 530, no queda rastro; tal vez los puestos de viejo en Plaza Italia, donde los vendedores preguntan a tu paso qué andas buscando, y en los que aún hoy en día se encuentran pequeños tesoros bibliográficos, en los que me entretengo sin excusa, saltando de un título a otro, buscando un fragmento que me siga inspirando este recorrido por la ciudad. Tal vez, Julio Cortázar pasara también por la antigua Librería del Colegio, la primera librería fundada en Buenos Aires, en 1786. Sí es seguro que entre sus estantes ojearon ilustres con Borges, Bioy Casares, Victoria Ocampo, o Roberto Arlt, entre otros. Tal vez, a Julio Cortázar le hubiera gustado el Ateneo Grand Splendid, una de las librerías más bellas del mundo, montada en lo que fuera un suntuoso teatro, en la Avenida Santa Fe. Habría sido un estupendo lugar de inspiración para alguno de sus famosos relatos.

Buenos Aires no sólo desborda, sino que lo hace bellamente. En una carta a un amigo, Cortázar hablaba de la ciudad como “la más linda de las capitales de la Tierra”. Nunca sabremos si se trataba de una exageración o no; pero de lo que no hay duda es de que la ciudad funciona bien como escenario literario. El Buenos Aires que Inspiró a Julio Cortázar sigue inspirando a los viajeros mitómanos, aunque lleguen del fin del mundo.

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2 COMENTARIOS

  1. El Ateneo Grand Splendid es una belleza! cada vez que voy o recomiendo algo a alquien en Buenos Aires está en mi lista de prioridades. Es como una gran muestra de ese contraste que es esa ciudad, tan dura y tan bella al mismo tiempo.

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