La lluvia en Quemchi

Nos dijeron que en Chiloé llueve mucho, que lleváramos un impermeable. Luego nos dijeron que en Quemchi llueve seis de cada siete días, y parecía que sería el fin del mundo. Francisco Coloane lo narró para que no hubiera dudas, “Llueve allá de mil formas, con cerrazones bramando huracanadas, copiosos llantos celestiales que traspasan el corazón de los vivos en comunicación con sus muertos, que reposan bajo los cementerios de conchales.”

Llegamos a Quemchi

Llegamos a Quemchi, el pueblo de Francisco Coloane, y el cielo era azul para los colores otoñales del mes de abril. Desde la plaza se veía el canal. No había nubes, el amarillo de dos lanchones chilotes relucía con el brillo del sol. Justo en el momento en que creí ver el busto del autor encogerse de hombros como el que bromea, unos cisnes de cuello negro pasaron burlándose de mi asombro. Y no llovió.

El busto de Francisco Coloane en Quemchi

El busto de Francisco Coloane en Quemchi

Quemchi es uno de esos pueblos pequeños de Chiloé pegados al mar, con orilla de llancas para que las almas de los muertos tengan con qué pagar al balsero que las lleva a la otra orilla, con gaviotas, hombres con botas de agua, casas de madera que huelen a humo, mujeres con delantal que te miran con curiosidad por la ventana. Aquí aún se puede sentir la soledad de la naturaleza que no es postal. Lo que Quemchi no tiene es una de esas iglesias chilotas de madera que son Patrimonio de la Humanidad. Como para compensar, está el recuerdo a Francisco Coloane. Al menos, mientras dure.

Si tienes dudas de que Chiloé sea uno de los lugares más remotos de Chile, sólo tienes que leer algo de Francisco Coloane. Su prosa suena a lejanía, a un entorno duro, mojado, húmedo, suena a la inmensidad del Pacífico, a padres nuestros en medio de una tormenta, a hombres y mujeres acostumbrados a la soledad y al trabajo, a los vientos de la isla, y a la muerte. Así contó Francisco Coloane la de su padre, en el primer capítulo de “Los pasos del hombre” que tuve la oportunidad de leer gracias a que Ángel me envió las primeras páginas por correo como si fueran un mensaje lanzado al mar en una botella.

“Mi madre me despertó ese fatídico 11 de agosto de 1917, gritándome «Levántese, el papá está muriéndose ». Corrí a la pieza contigua y él alcanzó a tomarme de la mano. Con voz apagada me dijo «Volvamos al mar ». Su rostro ceniciento se inclinó hacia la pared y sus dedos se soltaron de los míos como si fueran la cabilla de un timón, dejándola a la deriva. Llovía torrencialmente; mi madre no llamó a nadie y se puso a llorar a solas con su muerto”.

Volvamos al mar de Quemchi

Aquella casa con una planta y media de altura de la muerte del padre ya no existe, se perdió entre las brumas del tiempo del Archipiélago de Chiloé. Pero el deseo del padre se cumplió igual gracias al esfuerzo de la bibliotecaria de Quemchi. Dicen que fue una de las últimas mingas que se han visto en Chiloé. Ver una casa flotando no es algo que se vea cada día, y que llegue a buen puerto sin hundirse menos.

 

Me dijeron que estos lanchones trajeron la casa de Francisco Coloane

Me dijeron que estos lanchones trajeron la casa de Francisco Coloane

Los chilotes cuando se trasladan a vivir a otro lugar del archipiélago lo hacen con toda la casa; la desanclan de los cimientos del suelo, la refuerzan, y en equilibrio de un suspiro, como con los castillos de naipes, se la llevan a un nuevo emplazamiento. Los bueyes, las cuerdas, el trabajo comunitario, las maderas para que flote la casa, y la buena comida como premio final, son los elementos de una buena minga chilota.

La casa que se convirtió en Museo de Francisco Coloane vino de tres kilómetros arriba del Estero de Tubildad, la donó un vecino del pueblo. Para el trabajo de llegar a Quemchi fue suficiente con una excavadora, 7 juntas de toros, varios mingueros, doce flotadores, y un cura, que desde un bote bendijo con agua sagrada el traslado. En aquellos días, recuerda un viejo del lugar, tampoco llovió. Cuando la ubicaron junto al edificio de la biblioteca de la comunidad, cerca de donde estuvo la casa original de los padres de Francisco Coloane, todos se comieron un curanto en hoyo, como manda la tradición.

Pienso que, tal vez, sólo tal vez, Francisco Coloane, o “Pancho” como le llamaban, tenía algo con la lluvia, y no sería descabellado porque todos los chilotes tienen algo mágico ¿O no es magia hacer andar una casa para que el recuerdo no se borre?

Hoy el visitante de Quemchi se asoma a la memoria del autor que mejor supo describir estos parajes de Chile, pero también puede asomarse al mar como lo hacía el autor cuando niño, como hizo antes su padre, el abuelo. Como si la casa, como si el museo, fuera un lanchón, como si todos volviéramos al mar. De hecho, todos volvemos al mar, que es…

«La lluvia tiene olores y colores como los frutos de los avellanos de la tierra en que nací, y lo que más recuerdo de esas lluvias de mi lejana infancia es su transparencia empozada en los charcos sobre el pasto después que ha pasado en temporal».


Notas bibliográficas

Las dos primeras citas corresponden a pasajes de «Los Pasos del Hombre» que Ángel Bermejo me envió fotografiados por correo electrónico. Lo cual agradecí enormemente porque yo no conseguí encontrar el libro en ningún lugar.

La última cita es de un pasaje que se puede encontrar en éste proyecto chileno que rescata la creación y el pensamiento de escritores y poetas  chilenos y extranjeros publicados en diarios, revistas y folletos en español.

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