El muelle del alma

Cuesta levantarse en esta cabaña, pero podría decir que así soy feliz. Es como si el exterior no existiera. No hay ruido. Entre los árboles la luz aún es tenue y apenas llega al interior. Hace frío y bajo el edredón se está caliente como si la temperatura nos hablara de dos mundos distintos, afuera y dentro de la cama. Consigo levantarme y me visto a toda prisa. Enciendo la estufa. Pongo agua a hervir para el té y miro por la ventana, siempre son las ventanas las que nos muestran el mundo, igual que los espejos nos muestran aquello que somos. Veo el río bajo la niebla y el cielo diluido por la niebla, el tiempo diluido por la niebla. Recuerdo que soñé y sonrío por lo extraño que era todo en el sueño.

la luz de chiloé

Cucao es la parte más solitaria de la Isla Grande de Chiloé. Hay un puñado de casas, calles de ripio, un mini mercado, Doña Josefa y sus mermeladas caseras que no sabes cuál escoger, un lago y el Parque Natural de Chiloé con los bosques del sur chileno a pocos pasos como un mundo maravilloso. Aquí la luz tiene la propiedad que le es natural de lo etéreo porque no está contaminada como en otros lugares. Cuando recuerde Cucao recordaré su luz, la luz de la mañana y también la del atardecer. No es una luz espectacular, pero ya estamos cansados de reducir el mundo a un espectáculo, es suficiente con que nos haga felices.

Es una luz serena, fría por la mañana, cálida por la tarde, pero ambas mágicas. Quiero decir que es esa clase de luz que uno imagina para un cuento de hadas, que nombra lo innombrable, y tal  vez, sea, en parte, causa de las leyendas y mitos que envuelven Chiloé en una bruma pretérita.

Me gustan estos lugares tan solitarios que vamos encontrando en el viaje. En ellos es todo más sencillo. En las mañanas espero escribiendo a que salga el sol y el exterior quede fijado y deje de ser una acuarela de tonos azulados. Creo que sería capaz de quedarme aquí una temporada. Escucharía desde la mesa donde estoy ahora a Cris perezosa en la cama y  esperaría a que ella se levantara, a que el exterior se fijara y dejara de estar diluido por la niebla, a que todo lo que tiene que oírse se oiga aquí que tan poco ruido hay, a que la magia de un eclipse de luna me muestre el tono a seguir.

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A pocos kilómetros de Cucao está el Muelle del Alma. Según cuentan los de aquí, si vas hasta el sector de Pirulil, en los acantilados de la bahía, si prestas atención, además del rumor del mar, puedes escuchar los lamentos de las almas en pena.

“Cuentan los antiguos, que cuando una persona muere, su alma debe viajar a los acantilados de Punta Pirulil y llamar al balsero Tempilkawe, quien lo trasladará en su bote blanco de espuma hacia el horizonte y el cielo.”

El Muelle del Alma es una pasarela de madera construida por el escultor Marcelo Orellana Rivera como un homenaje a la tradición oral de Chiloé. Está ubicada frente a los Acantilados de Punta Pirulil, justo donde los antiguos contaban que se podían escuchar a las almas implorar al balsero el paso al más allá. Caminar a través de él es como hacerlo a través del camino de la muerte, curvo y ascendente hacia el horizonte, y al final, angosto como haciendo física la soledad.

Sin duda las almas escogieron la mejor ubicación de la Isla Grande de Chiloé. Un lugar más concurrido habría comportado demasiadas incomodidades en los momentos previos tan importantes del viaje definitivo. Además, la luz aquí también les es propicia.

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2 COMENTARIOS

  1. Como siempre, una delicia leer este relato tan bonito, tan inspirador y tan sacado del alma. Al leer relatos tan mágicos uno tiene ganas de ponerse el gorro de escribir. Gracias porque a veces uno necesita ver para recordar. Un abrazo viajeros!

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