Un trocito de Amazonía

Estuvimos en Yarina.

Yarina es una pequeña comunidad de la Reserva Nacional Pacaya Samiria, en la selva amazónica de Perú. Se encuentra a unas ocho horas por río de Nauta, la ciudad más próxima. Para llegar a Yarina, finalmente, hay que internarse por el Yanayacu, el río negro, que refleja las nubes como si él mismo fuera otro cielo. A veces parece que el peque-peque más que navegar, vuela.

 

Nada que ver con los pueblos del Ucayali, el río que navegamos durante cuatro días en carguero para llegar a Iquitos, la puerta de la Amazonía peruana. Si aquellos daban la razón a Javier Reverte, o al menos, desde la proa así me  lo parecía, Yarina no. Yarina no tiene nada que ver con el río de la desolación que él describió tras cuatro meses viajando por el Amazonas.

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Aunque podría parecerlo. No hay Internet, no hay luz más que tres horas por la noche cuando arrancan el generador, no hay frigoríficos, sólo dos televisores para 134 personas, y un teléfono gracias a un proyecto comunitario que siempre suena, pero al que no siempre llegan las voces desde el otro lado. Las casas parecen esquemas de casas de lo simples que son, debajo hay gallineros que se inundan con las crecidas del río, los niños, entonces, juegan en casa que son algo así como islas.

Es un lugar pobre, pero no desolado. Yarina es un trocito de Amazonía. Me he sentido bien en Yarina. Por las mañanas al despertar recordaba mis sueños y creo que fue debido a que al ir a dormir, la luz de la luna se filtraba por un agujero que había en el techo de hoja de la casa comunal que hay para los visitantes. Escribí con la luz de un quinqué y distinguí las palabras falsas. En el baño, agua del río en un bidón y un cubo para tirártela encima, la luz de la vela curaba de los recuerdos que duelen. Los niños nos esperaban para jugar, y eran juegos de correr y agarrar, a Yolanda le gustaba pasear con Cris de la mano y Nex ser reía con una alegría desafiante, de esas que lo pueden todo, al hacerle cosquillas. Vimos al pájaro prehistórico, el hoacín, mejor conocido como shansho, y nos bañamos con delfines rosados. Los delfines rosados saltan, rompen el reflejo perfecto del cielo que el río se empeña en guardar y dejan ver su lomo rosa para volver a sumergirse dejando un rastro de ondas en la superficie y un rastro de leyenda en tus retinas. Todas las mujeres de la Amazonía saben que si una noche de luna llena se encuentran con un hombre vestido de traje blanco deben huir, pues es un delfín rosado con imagen humana que busca mujeres para raptar… Cantidad de embarazos sospechosos son atribuidos al engaño del delfín.

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Sé que un lugar así no es ideal ni forma parte de una utopía. Sé que la mirada del viajero acostumbra a idealizar. No obstante, mi barba, mi piel clara, mi sombrero y mi torpeza para subir y bajar de una canoa me delatan como viajero, también el que sufra las picadas de los zancudos más que nadie. Estamos tan poco tiempo en los lugares… Pero de lo contrario seríamos habitantes y no viajeros y, entonces, ya no nos asombraría la cotidianidad de los otros, y, como la nuestra, ésta nos haría huir de nuevo buscando esa sensación de libertad que buscamos. La idea del mundo es parcial; pero eso no significa que sea falsa. Sólo que así vimos el mundo durante un tiempo, así lo sentimos y la experiencia se nos queda en el recuerdo ¿El viajero vive en un mundo falso por eso? ¿Es acaso menos real todo?

Mientras me lo planteo sé que Yarina sigue siendo un pequeño rincón de la Amazonía y sé, como dijo Segundo, que el pueblo es pequeño,  tan pequeño que a veces sienten que en él no cabe el corazón grande que tienen.

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