Carta desde Capurganá

Estamos en Capurganá, y si hoy es martes hace cinco días que estamos sin conexión a Internet. Capurganá es un pequeño poblado de la costa caribeña de Colombia. Visitar Capurganá es estar en un lugar que parece una isla de lo remoto que está, rodeado de selva y agua. No hay coches, sólo unos carros tirados a caballo, unos para llevar carga, y otros, a los que les han acoplado el respaldo de unas sillas de jardín de plástico, para llevar gente. Hay un aeropuerto que es una pista para aterrizar o despegar sin torre de control, y a veces llega algún pequeño avión y otras no. Los niños, los perros y las gallinas andan descalzos y libres. Hay dos calles principales con casas de madera pintadas de colores y una iglesia que casi pasa desapercibida.

capurganá

Decía Robert Louis Stevenson en su “Apología del ocio” que en tiempos en que estamos obligados a hacer cosas útiles, escoger un trabajo respetable y trabajar con entusiasmo y de forma lucrativa, negarse a ello, y simplemente contentarnos con lo que tenemos y mirar a nuestro alrededor con gozo, puede parecer una provocación y que lo que se entiende por ocio no es no hacer nada, sino, al contrario, hacer mucho de lo que no está reconocido dogmáticamente por la mayoría. Sin ánimo de parecer unos provocadores, esta carta desde Capurganá, igual que el pequeño ensayo de Stevenson, es una apología del ocio ¿Qué hemos hecho estos días sin Internet y en un lugar como éste?

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El sonido de las olas nos ha acompañado marcando el paso del tiempo. Nos hemos dormido y nos hemos despertado escuchándolas. El silencio aquí suena a mar. La gente no suele madrugar. Desde la terraza del hostal, hemos visto como el pueblo se despereza poco a poco. Primero comienza la señora del restaurante, cada día al llegar abre las ventanas de madera, barre con una escoba de caña la entrada, bosteza tres o cuatro veces, y al poco comienza a salir de adentro un delicioso aroma a pescado frito y a arepas; después comienza a pasar alguna bicicleta y salen las primeras gallinas; sigue el señor del hostal, saca la basura, y va descalzo, antes de entrar se limpia los pies en la alfombra de la entrada y me saluda alzando el índice y dice buenos días; comienza a escucharse algunas voces, la señora del hostal llama a Venus que es una perrita blanca con manchas negras que siempre quiere jugar, mueve la cola y cuando la quieres acariciar salta hacia atrás y te mira desafiante. Y así poco a poco y siempre de fondo el arrullo de las olas del mar, que le adormecen a uno.

niñoco descalzo

Hemos dedicado tiempo a la hamaca, que es una inversión segura a largo plazo, porque entre mecerse y mecerse, uno cierra un ojo y así es como se ve mejor el futuro, más a tiro; Cris ha aprovechado en eso de convertirse en una chica submarina y ya es una “advance” que puede hacer inmersiones a 30 metros de profundidad, le va a ir muy bien para cuando volvamos, porque seguro que a esa profundidad se ve todo más divertido; yo, por mi parte, he leído mucho, que es una estupenda forma de perder el tiempo, porque no lo acabas de perder del todo, es más como cuando crees haber perdido las llaves de casa y después de buscar mucho las encuentras en algún rincón que se te pasó desapercibido, la alegría que te llevas; hemos paseado por la arena y subido lomas embarradas que es una buena forma de entrenarte en la resistencia de la vida porque a cada paso te haces más Rocky.

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Y en resumen para no alargar de forma indebida esta apología: Comimos pescado fresco y arroz con coco cada día, vimos anochecer poco a poco, supimos la hora de despertarnos por la luz del sol en nuestra ventana, conocimos a amigos colombianos con los que nos fuimos a rumbear un rato ¿Ocio? Sí, claro, toda una serie de trabajos que no están reconocidos. Y lo mejor de todo es que hemos descubierto que este tiempo de ocio pude conseguirse en cualquier lugar, incluso en el rincón favorito de tu casa. Así que no olvides ¡Siempre hay momento para el ocio!

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