Pasear por Quito

No sé porqué pero en el último minuto antes de salir a pasear por Quito,  meto en el bolsillo trasero de mi pantalón el librito de Lao Tse que encuentro en la estantería del hostel tan de gringos donde nos hospedamos, con la dedicatoria sobre el ying y el yang y el amor de dos personas que un día decidieron unir sus destinos como si eso fuera posible y que bien podría ser el inicio de un relato que comenzaría así: “Tal vez nunca lo llegaron a saber porque aquella dedicatoria fue debilitando su relación poco a poco sin que se dieran cuenta, aún se amaban cuando les regalaron el libro con aquellas palabras deseándoles felicidad. Esta es la historia de cómo lo escrito, de nuevo, provocó la tragedia.”

 

Vistas de Quito desde la Basílica del Voto Nacional

Vistas de Quito desde la Basílica del Voto Nacional

Pasear por Quito

Quito es una ciudad sorprendente, o quizá haya sido el tao que me acompaña. Vas caminando por el centro histórico que es Patrimonio de la Humanidad, en un sube y baja que está muy bien porque haces ejercicio que es algo positivo para tener un buen corazón; subes la Cuesta del Suspiro, llamada así porque  cuando llegas arriba haces una pausa breve, aspiras como si fueras a sumergirte y acto seguido espiras toda la melancolía que llevas acumulada por las decepciones de la vida; pasas por la Calle de las siete cruces, caminas por la acera y de pronto tienes que hacer funambulismo en el bordillo porque la acera se estrechó; encuentras una librería de viejo y entras porque no lo puedes evitar, porque siempre buscas la revelación definitiva en cualquier cita encontrada por azar hojeando libros, y así en el paseo se mezclan Bukowski, y Gabriel García Márquez, y Vargas Llosa, Y Eduardo Galeano, y Francisco Febres Cordero con “Soy el que pude” (“Tuve varias vidas. Muchas. Y algunas de ellas contrapuestas…”) como se mezclan en las estanterías cargadas de libros desordenados, o tal vez sí estén ordenados y lo que ocurre es que los que estamos desordenados somos nosotros; miras la hora, es inevitable,  en las dos torres de la Basílica del Voto Nacional hay seis relojes y cada uno marca una hora diferente y así nunca llegas tarde en Quito; sigues caminando por las subidas y las bajadas, y te das cuenta que son lo mismo, que lo único que cambia es la posición de la piedra que se coloca en las ruedas traseras de los autos para frenarlos al aparcar, en las subidas a la izquierda, en las bajadas, a la derecha,  y también, que en las bajadas la puerta se abre fácil pero en las subidas tienes que empujar con fuerza y lanzarte a la calle desde el interior como si saltarás a una piscina con el agua fría; llegas a La Plaza Grande, la animada plaza de Quito, con sus fotógrafos que te sacan un retrato instantáneo con la columna dedicada a los héroes del 10 de agosto de 1809 o con la fachada del Palacio de Carondelet de fondo, con  los bancos a la sombra que es una lotería el poder sentarse en ellos porque siempre están ocupados, con los limpiabotas que cuando Cortázar viajaba tanto le gustaban porque decía que los bancos de los limpiabotas son los mejores puestos de observación, y todo, todo, parece que lo observan los guardias del palacio vestidos de época como soldaditos de plomo con los que los visitantes se hacen selfies para colgar en Facebook; continúas, como siempre al pasear por Quito, con el Panecillo visible, que con esa virgen de aluminio parece más un altar kitsch que un barrio, por la Calle Rocafuerte, donde la esquina de los dulces desprende un aroma dulzón que cosquillea tu nariz y donde puedes comprar maní confitado o cocadas o ajonjolís, o, más arriba, comprar un niño Jesús vestido de guardia o  también bordados para ir a misa,  o tal vez aprovechar el tiempo y quitarte ese mal de aire, o de ojo, o de espanto o las malas energías con un baño amargo y tomarte, ya limpio, una empanada y un morocho al precio popular de un dólar.

Un niño disfruta de marionetas en la Plaza del Teatro

Un niño disfruta de marionetas en la Plaza del Teatro

Y para acabar de pasear por Quito te vas en busca de la Calle Ronda y te antojas de unas peonzas de madera que hay en la juguetería Zabalarte y te pierdes en un teatro que hay en el subsuelo de Humanizarte y te enredas en la bohemia de los pasillos quiteños y se te hace difícil volver, pero te acuerdas del tao, del libro, de la cita, y entonces retomas de nuevo el camino al hostel tan de gringos donde duermes porque sabes que al igual que después de la subida viene una bajada, después de descubrir lo sorprendente de una ciudad como Quito toca escribir para que no se te olvide. Será cosa del tao…

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7 COMENTARIOS

  1. Me ha gustado cómo has descrito el centro de esta ciudad que guarda rincones que parecen anclados en otros tiempos. Sus cuestas, los olores, las tiendas dedicadas a oficios casi olvidados como sucede en esa tienda de peonzas o en la Hojalatería Silva donde el señor Silva elabora a mano sus piezas de hojalata desde hace más de medio siglo.
    un saludo

  2. Me gusta cómo relacionas ideas al escribir, es lúdico y al mismo tiempo incorporas datos interesantes con una sensibilidad especial en los detalles =)

  3. La verdad es que este post es un genuino “inspirador de viajes”. Hace mucho que le tengo ganas a Quito, que sospecho debe ser uno de los mejores conjuntos coloniales de América.

    • Gracias! Nos alegra haberte inspirado. Quito tiene un centro histórico bello lleno de historias. Para gustos no hay colores, así que no sabemos si es la mejor ciudad colonial o no. Estamos viendo muchas, pero lo que si es seguro es que Quito está, como dices, entre los mejores conjuntos coloniales, como Cartagena o Antigua… Un abrazo!!

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