Paraíso garífuna en Cayos Cochinos

El verde de la cordillera queda interrumpido por la carretera de dos carriles que va a Jutiapa, pero sigue igual si miramos por la ventanilla de la izquierda, el verde de los campos donde pasta el  ganado llega al límite azul del mar. Y así durante los quince kilómetros de distancia que hay desde La Ceiba a Sambo Creek. Vamos a conocer a los garífunas de Cayos Cochinos.

Sambo Creek es un pequeño pueblo en la costa caribeña de Honduras. Tiene unos diez mil habitantes, ocho iglesias evangélicas, dos católicas, y varios proverbios bíblicos impresos en carteles que cuelgan en  postes de las esquinas. Quizá fuera por toda esa palabra de Dios que se les acumula, o, tal vez sólo el azar, que esta localidad no sufrió la dura embestida del Huracán Mitch, que azotó a Honduras y buena parte de América Central en 1998. También hay unos pequeños hoteles, alguna pulpería, un par de restaurantes, unos perros en los huesos, y una calle principal de arena a la que van a dar el resto de calles y que corre paralela, unos pocos metros, a la playa. Sambo Creek, de contar sólo con estos atributos pasaría desapercibida para cualquier atlas, incluso para el Atlas Grolier, que fue el que puso sobre la pista de Rurrenabaque al bueno de Manu Leguineche en su aventura por el Amazonas.

Pero lo cierto es que ese no es el caso. Sambo Creek es conocida por ser una localidad garífuna, la localidad que en Honduras concentra mayor número de garinagú, y por ser el punto desde el que ir a Cayos Cochinos, ese lugar que el Paraíso ha escogido para abrir una sucursal en Honduras.

Los garífunas encarnan la esencia del caribe, con toda la alegría, y también con todo el dolor. En ellos hay color, hay música (conocida como “punta”), tambores que suenan con vitalidad, bailes sensuales, risas; pero también, sufrimiento. El origen de esta importante etnia se remonta, precisamente, a ese sufrimiento, cuando en 1635 dos barcos de esclavos que se dirigían a las Indias Occidentales naufragaron. Algunos consiguieron llegar nadando a la Isla San Vicente, cercana al lugar del naufragio. Aquellos esclavos fueron recibidos por los caribes que habitaban la isla. Con el tiempo, cuando ya sólo los dos barcos naufragados eran un recuerdo o simples pecios que llegaban a las orillas de vez en cuando con las tormentas, aquellos esclavos y aquellos caribes se fueron mezclando dando origen a una nueva etnia, los garinagú.

garifunas

La belleza de los garífunas es el resultado de todas las mezclas de los caribes, los esclavos naufragados de Nigeria, e, incluso, los esclavos franceses e ingleses que los caribes en sus escaramuzas contra estos habían capturado. Su idioma es reflejo, igualmente, de esta combinación, el Igñeri tiene influencias del inglés, del francés y, en menor medida, de lenguas africanas como  el arwak, el yoroba  o el swahili. Ésta cultura fue declarada como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por parte de la Unesco (aunque eso no se plasma en la actualidad en  una mayor consideración social hacia los garinagú por parte del gobierno hondureño).

Los gritos que nos llegan del juego de los niños debe ser Igñeri, nos suena familiar pero no lo acabamos de entender. En la orilla hay algunos cayucos y lanchas, también aparejos de pesca. Bajo la sombra de unos cocoteros alguien ha encontrado su lugar en el mundo, al menos durante unas horas; otros, en  total cinco, juegan a cartas bajo un cobertizo techado de palma, un niño les mira sin perder detalle, como si él mismo estuviera jugando, un viejo desdentado se sonríe de ver mi interés por la escena, es sonrisa y  es asombro por ver a alguien a quien le pueda interese la rutina de cada tarde, algo tan insignificante como jugarse el tiempo en unas cuantas manos.  Cerca, unos pasos más allá,  en una casa con ese aire destartalado y provisional que tiene el caribe, una mujer y una niña con trenzas de colores se levantan de sus sillas de plástico de jardín y entran dentro. Nos avisan que la lancha está lista. Llegar a Cayos Cochinos nos llevará algo más de media hora dando saltos sobre las olas.

Hacia Cayos Cochinos

Cayos Cochinos, famoso por la telerrealidad, es donde graban el programa de “Supervivientes”, es un grupo de dos pequeñas islas y trece cayos en pleno mar Caribe, que forma parte de las Islas de la Bahía, junto a las conocidas Roatán, Utila y Guanaja, consideradas las perlas caribeñas de Honduras (Roatán, la más grande de las tres, aparece  generalmente en todas las listas de las mejores islas del Caribe). Precisamente a Roatán fueron deportados los garífunas por parte de los británicos que no los querían en Isla San Vicente, y de aquí se fueron desperdigando por varias zonas de Honduras (en realidad, la cultura garífuna trasciende fronteras, ya que se les puede encontrar también en Belice y Guatemala).

Cayos Cochinos

Cuando divisamos el primero de los cayos, de repente, todas las imágenes mentales que tenía del caribe fueron coincidiendo una por una con el contorno del paisaje que veía. No pude dejar de emocionarme. Lo que estábamos viendo era la ensoñación que tantas veces nos había provocado  escuchar o leer la palabra “Caribe” encarnada en Cayos Cochinos.

Hay tres cayos habitados por garífunas. Pero Cayo Chachahuate es el más conocido. El nombre  significa “gemelos”, porque antiguamente este cayo estaba unido a otro cercano, aunque hoy en día esta unión sólo se produce algunos meses del año, cuando las mareas no son tan fuertes y un banco de arena sirve de puente entre ambas. Pero como nos comenta Román, “nuestros antepasados no fueron listos y sólo reivindicaron la propiedad de éste cayo”. Aunque lo dice con una sonrisa, como entre resignado y burlón por el mal ojo de sus antepasados. Román es la viva imagen de un garífuna. Tiene sesenta y un años y una vitalidad que apabulla. Él vive en San Pedro Sula, tiene casa allí y un negocio de mariscos; “pero aquí, en Chachahuate me siento libre. Aquí lo tengo todo, vengo siempre que puedo”. Uno mirando el entorno puede llegar a entenderlo. Reconoce que hay algunas carencias, pero en el cayo se siente en contacto con la naturaleza y encuentra la tranquilidad que la ciudad no le ofrece. Nos avisa que de siete a nueve de la tarde encenderá el transformador que da luz al pequeño cayo, pero que después de esa hora sólo quedarán las estrellas. Con ese generador mantienen las bebidas frías para los turistas, y, confiesa, cuando juega el Barcelona o el Madrid también. Entonces se reúnen delante del único televisor conectado a una antena parabólica, en la cabaña de Justa.

cayo chachahuate

Hasta Chachahuate llegan tours de turistas que vienen a bucear o practicar snorkeling en los arrecifes coralinos que forman parte del Arrecife Mesoamericano, el segundo arrecife de coral más grande del mundo. Después pasan por el cayo para comer alguno de los platos típicos de los garífunas (el tapado es delicioso, o la machuca, o cualquier pescado frito con tajadas de plátano). Cuando regresan las últimas lanchas a tierra firme, la vida íntima aparece en el pequeño cayo.

Todavía falta algunas horas para el atardecer y los niños son los primeros en dejar sus pequeñas responsabilidades turísticas, son los que acercan el hielo a las mesas, o alguna bebida, o venden pan de coco con margarina o bisutería con cochas marinas y otras artesanías, y empiezan a correr por la arena y a darse baños. Dos hombres sacan carnaza con una red en la misma orilla para tener con qué pescar mañana temprano. Pescarán algún  gallo o algún jaratel que es el pez más sabroso de estos mares. Un grupo se ha reunido alrededor de unas fichas de dominó que sueltan sobre la mesa a golpes, como debe ser, el de mayor puntuación abandona la partida y entra uno nuevo, y así van haciendo; un niño de apenas tres años sale corriendo detrás de una gallina que sale despavorida e indignada hacia un rincón donde resguardarse del ataque infantil; dos sorprendentes  conejos, un blanco y otro color café, salen disparados como por arte de magia Uno de los niños nos dice que los conejos son novios y que no se los comen, que ellos no comen animales, sólo pescado, remarca; llegan dos canoas de dos pescadores de Punta Pelícano, dicen que el mar está picado y el pescado rogado, que no pica, y que por eso han decidido parar en Chachahuate. Entablamos conversación con ellos mientras el sol se va tiñendo de naranja y disfrutamos de un bello atardecer, sin ningún impedimento, en el horizonte no hay nada, sólo el mar, ese mar turquesa y cristalino del caribe.

atardecer en Cayos Cochinos

La noche llegará en unos momentos y, como nos advirtió Román, veremos uno de los cielos menos contaminados del mundo, con todas las estrellas del universo al alcance de la mano. Poco a poco el cayo quedará en silencio y sólo se escuchará las olas del mar.

Mañana será otro día en el Paraíso de Honduras.

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7 COMENTARIOS

  1. Creo que a estas alturas del viaje, la pausa y el ritmo se combinan, dando como resultado un equilibrio perfecto y hace que la lectura fluya con interés y sosiego. En cada artículo te superas.
    Pedro

    • Muchas gracias Pedro! El viaje tiene su propio ritmo; en ocasiones es rápido, otras veloz, otras, las menos, violento, también es pausado, o lento, o sabroso (¿Por qué no?). Pero siempre está acompañado por la escritura. No sé si en cada artículo me supero, aunque lo quisiera. Un fuerte abrazo!!!

  2. Llamarme friki, pero en cuanto he leído lo de Cayos Cochinos me he ido a lo de «Supervivientes» ¡Existe! Solo que existe de una manera muy diferente a la que me había imaginado. Me alegra saber que unos amigos están conociendo y palpando las imágenes que tantas y tantas veces hemos visto en las agencias de viajes o en el ordenador sobre playas, palmeras, cocos etc y que nos las estáis contando. Además de interactuar con los nativos- eso me encanta- y acercarnos historias preciosas. Saludos chicos

    • Jajajaja… Claro que existe!! Cayos Cochinos es un pequeño trozo de paraíso… Claro que no lo sienten igual los que viven allí. Ni nosotros lo sentiríamos de estar en esos cayos viviendo con las dificultades que conlleva. Pero así es viajar… Por eso tienes que hablar con la gente, para que te cuenten. Nos alegra saber que nuestras historias están cerca de los amigos. Un abrazo!

  3. hola Alejandro,

    Como siempre, un artículo fantástico, que llega a transmitirnos la paz, sencillez y belleza de esos cayos y la naturalidad de sus gentes.

    Un fuerte abrazo. Luis.

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