Mercado de Izmailovo en Moscú

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Donde las matrioskas cotizan a 150 rublos

Una visita al Mercado de Izmailovo, más que sólo comprar matrioskas en Moscú, puede ser una oportunidad para conocer mejor Rusia.

Cuando Winston Churchill dijo que “Rusia es una adivinanza envuelta en un misterio dentro de un enigma” seguro que estaba pensando en las matrioskas.

Moscú representa ese enigma ruso al que se refería Winston Churchill. Es la ciudad-matrioska: Imperial, comunista, liberal, consumista, omnívora, siempre impar. Ha sabido alimentarse de todo durante su historia, tomando esto o aquello según su necesidad con tal de sobrevivir. Incluso esa matrioska, metáfora del misterio ruso, llegó de lejos desde Japón. De todos los materiales y con el rostro de diferentes personalidades, hoy las matrioskas no deja de reinventarse y buscar, como la propia ciudad, nuevas fórmulas para atraer al visitante, más allá de aquella típicas que Sergei Maliutin adoptara de un juego infantil japonés y que representaba a los siete dioses de la fortuna.

matrioskas

En el Mercado de Izmailovo las matrioskas más pequeñas y fabricadas en serie cotizan a partir de los 150 rublos. Izmailovo es un mercado loco al que los minoristas de tiendas de recuerdos de todo Moscú acuden para hacer acopio de souvenirs. Compran barato, y venden a precio de turista en el centro. No sólo matrioskas… Hay mucho más: gorros militares, gorros siberianos, huevos de Fabergé, diademas, paraguas, ceniceros, tableros de ajedrez, tazas, figuras talladas en madera, el mismísimo Kremlin, llaveros y camisetas con Putin en poses diversas… Y sí, también imanes para la nevera.

Un arco de cubos, como si fuera una copia kitsch de un Arco del Triunfo romano, da la bienvenida y marca el camino polvoriento a seguir para entrar en el mercado. Mientras uno se aproxima, a lo lejos aparece un skyline falso que imita la muralla y las torres del Kremlin. El Mercado de Izmailovo es algo así como un pueblo de cartón piedra donde se acomulan todos los recuerdos de Rusia y donde hay un orden establecido y la vida transcurre como en cualquier otra ciudad. Una vez dentro, previo pago de diez rublos para entrar si tienes pinta de turista, la vida rebosa y excede en un ajetreo constante. Hay que vender mucho. En Economía la rotación de activos da idea de la rentabilidad alcanzada. El folclore para turistas es el negocio de Izmailovo.

entrada mercado de izmailovo

La rotación de los activos se hace mediante carretillas manuales, cargadas buscando el efecto palanca para descansar los brazos; las furgonetas se quedan fuera del recinto, no entran en las estrechas calles donde se alinean los puestos de venta. Se nota quién compra y quién vende. También quién se encarga de la limpieza de todo el mercado. Tienen rasgos mongoles y recogen las bolsas de basura y las sacan fuera del recinto donde se amontonan y se confunden con los vehículos de los compradores que se llevan el producto comprado al centro. Aunque otros, seguramente vendedores callejeros, salen con una pequeña bolsa o un atado de recuerdos para turistas al hombro y se encaminan hacia la parada del metro más próxima.

Queremos unas matrioskas y llevamos un tiempo regateando. La vendedora se lleva la mano al corazón y afloja el tono de su voz. Entiendo que es el precio justo y que no hay rebaja. Nos comunicamos a través de gestos. Ella no sabe inglés y nosotros no sabemos ruso. Hay poca gente en Rusia que hable inglés, tampoco son muy curiosos, al menos no lo suficiente como para necesitar hablar contigo, y menos gente que puedas encontrar por la calle y lo haga con cierta fluidez más allá de cuatro palabras sueltas que sirvan de coordenadas para orientarte si te has perdido. Ella insiste; ese es el precio, 400 rublos, lo marca en la pantalla de una gran calculadora. En ese momento veo unas chapas con el rostro de Lenin ¿Por qué no? Le indico que también queremos diez de esas y le hago el gesto universal del dinero y pongo cara de interrogante. Ella me vuelve a mirar. Sopla ligeramente. No es que esté cansada, es a lo que se dedica todos los días de la semana. Compra en la población cercana a Moscú de Sergei Posad a muy buen precio, y luego vende en el mercado, se saca unos rublos como para ir viviendo en la inflación económica rusa. Mira atenta la enorme calculadora y teclea una cifra: 420 rublos todo, zanja con un gesto de la mano haciendo como una línea para acabar colocándola de nuevo en el corazón. Cerramos la venta y nos saluda con una sonrisa de despedida. Después de todo parece ser que no son tan serios, sólo que, como a las matrioskas que hemos comprado, hay que ir retirando capas. La amabilidad de los rusos está en el interior del tercer caparazón. Sólo hay que tener paciencia para descubrir el misterio.

¿Un café? También en Izmailovo puede ser buena idea…

En un espacio cercano al puesto donde hemos comprado las matrioskas hay una furgoneta estacionada. En la parte trasera hay una cafetería ambulante. Un corro de hombres espera. De nuevo tenemos que utilizar los gestos. No sólo para espantar unas pocas avispas que rondan alrededor, también para indicarle que queremos dos capuchinos. La mujer nos acaba entendiendo, gracias a la intermediación gestual de uno de los que esperan, y comienza a prepararlos. Nos enseña una botella con sirope. Sí, queremos. Después saca otra con algo que no identificamos, pero le decimos que sí. Aún hay una tercera botella que nos muestra. A esta le decimos que no. Todos sonríen por cómo lo rechazamos. Pero a las doce de la mañana el vodka en la leche no debe ser muy bueno, aunque por el pueblo que es el Mercado de Izmailovo parece ser que sí es habitual. Sonreímos todos ¿Ves como los rusos también sonríen?

café en izmailovo

Sorbiendo los capuchinos en caña seguimos por las callejuelas del mercado hacia el exterior. Parece el zoco de Marrakech. En el mercado de Izmilovo no habrá especias pero sí matrioskas y cotizan a partir de los 150 rublos las más pequeñas y fabricadas en serie, aunque para entrever el misterio ruso hay que comprar las que valen 400 rublos y hacerse entender, aunque sea a base de gestos, para ir abriendo todos y cada uno de los caparazones de las muñecas hasta llegar a la solución de la adivinanza, envuelta en un misterio dentro de un enigma  de Winston Churchill. Y si lo tuyo no son los acertijos, el mercado es un buen lugar para comprar matrioskas en Moscú.

 

 

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