Cinco escritores para viajar a París

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París es la ciudad literaria por excelencia

Es la primera ciudad a la que quise ir; el primer lugar donde quise perderme en otros, en otras vidas. En París descubrí que no quería ser más que el doble del personaje de cualquiera de las novelas leídas y en las que ocurrían, o no, cosas; pero en París. Lo cierto es que cuando la visité por primera vez la caminé desde todas las páginas que había leído, por eso sé que París huele a hoja de libro, por eso ando la ciudad de puntillas, para no molestar las palabras que de ella se escribieron.
Lo mejor de París toma forma desde la literatura.
Cinco escritores para viajar a París

Cinco escritores para viajar a París

Los puentes y Cortázar

“¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro […]”.

Este es uno de los muchos principios de Rayuela; toda una declaración de principios. En pocas novelas los puentes tan importantes, como lugares de encuentro y juego de un pasar y pasar de una ribera a otra y así hasta que uno pueda cansarse de las casualidades que nos gobiernan.
París es la ciudad del Sena; le rinde tributo, lo integra y lo hace físico con sus puentes. Más de treinta puentes cruzan el río conduciendo de un lugar a otro, brindando las mejores vistas y los mejores lugares de encuentro y desencuentro.
La Torre Eiffel y Vicente Huidobro

“Torre Eiffel
Guitarra del cielo
Tu telegrafía sin hilos
Atrae las palabras
Como un rosal las abejas
[…]»

Pocos monumentos tan famosos como la Torre Eiffel que nació como colmo de la modernidad y de la técnica y para mayor gloria de la Exposición Universal de París de 1889. Erigida en Les Champs de Mars, sus 300 metros de altura siempre han despertado la imaginación del arte.
Vicente Huidobro, el creacionista chileno, nos sirve de unión entre la modernidad y la vanguardia ¿Qué sería de París sin ella? y nos ayuda a escalar con la vista los alambres que se recortan verticales sobre el cielo dado de París, subiendo, hasta llegar, do, re, mi, fa, sol, la, si, y de nuevo, do, al punto más alto del icono por excelencia de la ciudad.
Los cafés y Hemingway

“Era un café simpático, caliente y limpio y amable, y colgué mi vieja gabardina a secar en la percha y puse el fatigado sombrero en la rejilla de encima de la banqueta, y pedí un café con leche […]”

De Ernest Hemingway envidio más su vida que su literatura. Desde que París era una fiesta, sus cafés han sido lugar de refugio. El café al que se refiere en el fragmento se encontraba en la Place Saint-Micel.
En París un café con leche es, como en otros lugares el té, un ritual. Uno quisiera que el frío le acompañara momentos antes de entrar y sentarse en una de esas mesas de mármol y pies de hierro forjado, para sentir mejor el calor de una taza bien servida de café con leche. Pero, sin duda, lo mejor de cualquier café de París es, como muestra Hemingway en su novela, la oportunidad de inventar historias.
Las buhardillas y Alfredo Bryce Echenique

“Mi cuartito de pobre, porque ahora era pobre, quedaba en el techo de un hermoso edificio burgués, bastante burgués, en realidad, que miraba feliz y seguro de sí mismo al hermoso Jardín des Plantes. Lo único malo es que mi cuartito no tenía ventana ni hacia el Jardín des Plantes, ni hacia ninguna parte. Sólo una claraboya para las noches de luna […]”

En realidad las buhardillas de París, prescindiendo de lo prácticas o no, o precisamente por ello, deberían ser declaradas Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Hay ciudades donde lo más importante pasa en sus tejados inclinados y llenos de chimeneas y antenas que acarician el horizonte y pequeñas ventanas que se iluminan y muestran trazos domésticos en sombras chinescas, París es una de esas ciudades: Sus bohardillas son pequeñas, acaso pocos metros cuadrados, pero encierran tantas historias pasadas y procuran tantas venideras que deberían ser conservadas como un ecosistema de vida.
La primavera y Henry Miller

“Y Dios sabe que, cuando la primavera se acerca a París, el más humilde de los mortales ha de sentir que vive en el paraíso.”

La primavera en París sale por las ventanas 

Si caminar por París es un placer al que nadie debería renunciar, hacerlo en primavera es una delicia mundana, de esas que deberían estar en la clásica lista de asuntos  pendientes que todos tenemos guardada en algún lugar. Pasear en París por primavera es el gusto de un cielo amplio y de nubes que colorean el crepúsculo, es un florecer de vida lleno de colores y, ya se sabe, París es la ciudad del amor… Dejamos el invierno atrás y la ciudad comienza a otear el buen tiempo, los cuadros de luz, de un débil pero constante sol, proyectados en los adoquines, las ventanas y las puertas que se empiezan a abrir y llenan de aroma dulce, junto al de los jardines y los árboles en flor de las avenidas, el ambiente de la ciudad.

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6 COMENTARIOS

  1. ¡Excelente artículo! Además de retrotraerme a mi viaje a París, me ha servido para recordar que tengo La exagerada vida de Martín Romaña, de Alfredo Bryce Echenique, pendiente de leer.
    ¡Saludos!

  2. Excelente post! Me encanta el ritual de tomar café en París. Se han dado cuenta? No importa cuántas personas se sienten en la mesa. Ninguna estará frente a la otra. Nadie mira la cara de quien lo acompaña. Todos miran hacia afuera, hacia la calle. Como diciendo «mira, estoy en París y tomo café en la terraza del bar. Tengo nivel». No les parece?

    Abrazo, El Chueco de Viaje (http://elchuecodeviaje.wordpress.com)

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