De Nueva York a las cataratas del Niagara

Una road movie personal


No era un chevrolet descapotable rojo ni aquello era la Ruta 66, pero igualmente, aquel viaje iba a ser nuestra propia road movie. El asfalto sería la línea del horizonte.


Corría el 2008 y dejábamos atrás la Estatua de la Libertad, el otoño de Central Park, el Puente de Brooklyn. Dejábamos atrás todos los iconos de la ciudad universal. Pero Nueva York no quería despedirnos. Mejor así. Siempre podríamos cantar aquello de “Un día más en Nueva York”. Siempre podríamos volver.

Continuábamos viaje. Ahora con aquel coche alquilado, previa tarjeta de crédito, el permiso de conducir nacional y el internacional, gestionado en cualquier oficina de Dirección de Tráfico y de validez dos años. Importante para no tener ningún problema  es buscar la mejor opción, la que te ofrezca la atención necesaria para lograr un viaje con estilo en tu coche alquilado.



Tomamos la 95. Primera parada Philadelphia, con el valor, el coraje y el afán de superación de la canción “Gonna Fly Now” sonando en nuestra mente. En el retrovisor la línea blanca del arcén nos acompañaba en los kilómetros. Nos esperaba la sudorosa escalera del Museo de Arte que inmortalizó para siempre Stallone en la película Rocky. Allí fuimos a tocar la Campana de la libertad, histórico bronce, símbolo de la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos. El origen de una potencia en un sonoro dong que ya olvidó su proclama de libertad universal en toda parte de toda la tierra. Pero nosotros sí sentíamos la libertad, olía a gasolina y sonaba a motor encendido, y procuraba una brisa mecánica que se filtraba a través de la ventanilla bajada.

Unos cuantos kilómetros más de viaje y llegábamos a la capital, Washington. La ciudad del poder y de todos los presidentes de los Estados Unidos. Máxima seriedad para visitar el centro del Mundo, para encontrarnos con la reluciente, sólo por la propiedad de su color que concentra la luz, Casa Blanca. Ahí estaba la majestuosidad de la estatua del que abolió la esclavitud, el mármol de Abraham Lincoln. Ahí quedaba una vida destinada a la grandeza del recuerdo que no es lo mismo que la reverencia que se perpetúa en el Cementerio de Arlington al soldado desconocido, a todos los militares que perdieron la vida por la sinrazón que despierta el empacho de poder. Poder cuyo símbolo es el Capitolio, donde se encuentra el espacio del Congreso de los Estados Unidos.


Huimos de ahí. La libertad nada tiene que ver con la prepotencia de la política. El camino estaba marcado hacía tiempo. Encaminamos (bonito verbo) el norte porque nos esperaba un clásico. Las Cataratas del Niáraga. Explosivas, cinematográficas, mediáticas y aún salvajes.


Tras unas cuantas horas de conducción placentera, llegábamos a Niagara Falls, en el lado oeste del río. Nos desentendimos del Skylon Tower, fácilmente reconocible por tener una nave especial pinchada en su extremo superior, para concentrarnos en disfrutar el estruendo que provoca el agua en 52 metros de caída. 

La naturaleza nos daba la bienvenida.

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4 COMENTARIOS

  1. Nos encantan las road movies 🙂 Yo hice la mía propia en USA también en 2008, pero por la costa Oeste, de Los Angeles a Las Vegas, de ahí al Gran Cañón y luego a San Francisco. Sin duda, una auténtica aventura.

    • ¡Ojalá! La verdad es que viajar sintiendo como uno se diluye en la carretera, en los kilómetros, sin prisa, sin tiempo, sólo disfrutando, es de las mejores sensaciones. Disfrutar del viaje y no tanto del llegar. Muchísimas gracias como siempre por pasaros por nuestro humilde blog 🙂

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