La noche del Creek
Volvemos a pasar al
otro lado del Creek. Lo mejor para
dar la bienvenida a la noche en Dubai es sentarse en la ribera de Bur Dubai, en alguno de sus muchos
locales y pedir un té o un narguile. Nos sentamos en una
pequeña mesa, junto a un árabe que no tiene ni idea de inglés y que nos pide un
dírham para un botellín de agua. Los camareros se ríen y nos ayudan a
comunicarnos con ese viejito. Pedimos dos tés y un narguile, que nos trae un
camarero enano de dimensiones menores a algunas de las cachimbas allí
expuestas.
Es entonces cuando la
zona se convierte en un espacio digno de Blade
Runer. Los enormes edificios del horizonte se llenan de luces, la oscuridad
va cayendo lenta pero inexorable, se iluminan las embarcaciones y se pinta la
superficie del agua con concéntricas esferas luminosas de diferentes
tonalidades. Llega un momento en que las voces de los minaretes inundan el
ambiente, las luces de neón comienzan a lucir en el contraste nocturno, las
volutas de los narguiles cercanos nos envuelven en aroma a tabaco y manzana,
las voces se acrecientan, el entorno toma una vida refrescante y los
expatriados salen a tomar el fresco que comienza a llegar en alivio al calor
del día. Sorprende ver como en cualquier rincón se juntan grupos de hombres,
sentados en el suelo o en bancos o con los pies colgando al Creek, huyendo del calor infernal que se
ha ido concentrando en sus viviendas compartidas.
Es uno de esos momentos
que hay que disfrutar lánguidamente, con las extremidades adormecidas,
contemplando ese lugar que ya no es el mismo que cuando iniciamos la jornada. Y
es extraño, pero a nosotros, son esa clase de momentos que nos despiertan el
hambre.
Así que nos despedimos
de nuestros recién estrenados amigos y nos alejamos paseando por la ribera,
hasta llegar a un restaurante ubicado en una de las casas del muelle, que ya
habíamos visto anteriormente, el Baytalwakeel
Restaurant, con su fachada marrón de coral y yeso y con su terraza volada
de madera. Perfecto mirador del continuo navegar de abras por la lengua de mar.
Es al ir al lavabo que descubrimos la sorpresa que el restaurante encierra en su
interior. A parte de restaurante el lugar también funciona como pequeño hotel y
descubrimos que para llegar al lavabo hay que pasar por unos pasillos y subir
unas escaleras que conducen a una azotea.
Ya sabéis que nos
gustan las incursiones aventureras y es así, como acabamos escalando una
pequeña escalera de pie y de pronto, nos encontramos solos sobre la azotea, con
las mejores vistas del Dubai antiguo y nocturno, a un lado las abras y el cielo
iluminado, y a la otra, el zoco de Bur Dubai aún con actividad. Solos. Con el
murmullo de voces bajo nuestro, con los sonidos de la noche, con una fantástica
luna llena chocando con los minaretes y con esa sensación de felicidad que te
invade cuando piensas, cuando te das cuenta, que estás viviendo un momento especial,
un momento de belleza, único e irrepetible.
Y fugaces pasan las
imágenes de la mañana y de la tarde, no necesariamente en un orden cronológico,
de nuestro deambular por el Creek de Dubai.