Playas en Marruecos
Supongo que hay destinos que tú no eliges, te eligen ellos a ti, te atraen,
te enredan. Será una pequeña nota, o un comentario, o una fotografía vista por
accidente en alguna revista o en alguna guía de viajes. Entonces, se convierten
en una obsesión, no puedes dejar de pensar y comienzas a viajar con la
imaginación, sientes las sensaciones que podrías sentir allí, y entonces, sabes
que irás, que viajarás a ese destino. Pero, claro, no podrás argumentar porqué,
ya que la decisión no la tomas tú, al fin, el destino te eligió, aunque no
sepas la causa.
Aquel día entré despistado, medio miope de realidad, como siempre perdido
en mil asuntos inconexos en el desorden de mi vida mental, a la
Librería Altaïr
de Barcelona, ese consuelo de imaginación y sueños viajeros en el que
Ahoratoca viajar se refugia habitualmente. Buscaba documentar el próximo
viaje a Marruecos que nos esperaba, Cris trabajaba, así que esta vez no había podido acompañarme. Entré en la sala de la planta baja y comencé a sentir esa mística
vibración que siempre he sentido al estar rodeado de libros (lo sé, soy un
librero en potencia… Así que algún día…). Me dirigí al estante de África y
empecé a recopilar
guías y libros sobre Marruecos, cargado de ellos me busqué
una de esas butacas tan cómodas que tienen en la librería.
Hojear libros es una experiencia agradable por la que llegas a un estado
de ausencia temporal ¿Qué hora era? ¿Cuánto rato llevaba ya allí? Sólo me
faltaba un capuccino y perfecto… En una de las guías, por azar abierta, me
encontré con una fotografía. Una playa aún salvaje, llena de cantos redondos y
pulidos, enmarcada por dos bellos, enormes, pero frágiles, arcos de tierra y
piedra, de formas abombadas. En el pié de la fotografía indicaba Playa de
Legzira. Me quedé embobado, intentando asimilar esa belleza natural… Intentando
hacerme con las proporciones, con el cromatismo terroso, con la magia que
desprendía el lugar. Una vez que superé el estado de impresión, busqué en el
glosario dónde se encontraba la playa… Pero no aparecía, no la encontré ¿Cómo
podía ser? Inicié un trabajo de investigación con todos los libros que había
cargado. Al fin descubrí que la Playa de Legzira se encontraba cerca de Sidi Ifni.
Salí de la librería sabiendo que teníamos que llegar a Sidi Ifni. Ya sólo
quedaba explicarle todo a Cris y entre los dos intentar encajar un viaje por
carretera en autobús desde Merzouga, cruzando el Atlas hasta la Costa
Atlántica… No iba a ser fácil trazar tal camino en un mapa de Marruecos; pero había que intentarlo.
El resultado es que lo logramos, nos costó muchas horas seguidas de
autobús,
sin dormir más que frente al correr continuo de la carretera, con escalas
previas en Marrakech, Agadir y finalmente en Tiznit, donde nos vimos obligados a
alquilar un coche, porque el transporte público hasta Sidi Ifni era algo
incierto. Esta es la forma de viajar a Marruecos barato. Pero llegamos, por fin, a una de las zonas de
Marruecos con encanto, nos alojamos en
el
Hotel Suerte Loca. Un antiguo hotel con tiempos pasados mejores,
pero con el encanto vivo aún de aquellos. Todo perfecto. Suerte del coche
alquilado porque la conexión en transporte público con la playa era muy
irregular, ni siquiera los del lugar sabían cuando salía, porque a veces,
sencillamente, el autobús no hacía la ruta y, entonces, les tocaba hacer
autostop. Mi impaciencia era tal que resultaba incompatible con la espera de
que algún conductor nos parara y nos acercara al lugar. Así que sacrificamos
nuestro presupuesto por la rapidez.

Finalmente llegamos a playa de Legzira. Y Aunque la primera impresión no fue muy
favorable (a pie de arena hay unas edificaciones de dos hoteles y de restaurantes)
finalmente, la visión del Atlántico, los tres arcos que recordaba de la
fotografía vista en la guía de viajes, las gotas de mar flotando en el
ambiente, el misticismo del lugar, la playa nos atrapó. Nada extraño por otra
parte pues allí se puede conocer gente que ha decidido acampar o vivir una
temporada haciendo surf en alguna cabaña improvisada. Paseamos por su arena
hacia los arcos naturales, con el rumor de las olas y las gaviotas como compañía.
Y dejamos pasar el tiempo en pura contemplación, en la más desenfadada emoción,
anulando el paso del tiempo, olvidando rutinas de nuestra casa. Contagiados de
naturaleza verdadera.


La aventura no había acabado aún. Al salir con el coche alquilado, un
chico nos paró para preguntarnos si íbamos hacia Sidi Ifni. A lo que le
respondimos afirmativamente, nos pidió si nos importaba acercarle (el autobús
no ha pasado todavía, dijo) y claro,
¿Cómo nos iba a importar? Se subió y enfilamos la salida de la playa,
donde nos esperaban los encargados de cobrar por “cuidar” de los coches; pero
claro, no nos cobraron, porque eran amigos de nuestro nuevo compañero de ruta.
Así que nos vimos recompensados por una buena acción. Por el camino nos encontramos a dos chicos del lugar y una
francesa que lo había dejado todo por amor y vivía allí desde hacía cinco años,
misterios de viajeros. Y también les recogimos, al final, la visión de seis
personas en un humilde utilitario era un poco de sonrisa cómica. De sonrisa
cómica, pero también de sospecha para el control de policía marroquí que había
en la entrada del pueblo. En previsión paramos el coche, y uno de los polizones
pasó al maletero, no era cuestión de llamar la atención. Y así fue como
volvimos de la Playa de Legzira con una persona en el maletero y unos
compañeros viajeros con los que conocimos mucho mejor qué sucedía habitualmente en allí.
Por la noche en La Suerte Loca no podíamos quitarnos la sonrisa de
satisfacción de la cara, porque, ya sabéis, hay lugares que te atrapan, que te
atraen, que te enredan, y, entonces, cuando consigues llegar allí, la felicidad
es plena.