Visitar el Teatro-Museo de Salvador Dalí
Pocos museos me despiertan tanta fascinación como el
Teatro-Museo de Dalí, en Figueres.
Quizás porque no es ni un teatro ni un museo… Es sólo el mayor objeto artístico
del Mundo creado por un hombre. Es el puro espectáculo, es la confrontación con
la lógica, con el razonamiento occidental del orden y la comunicación. Todo un
desafío, todo un juego, en definitiva.
Por eso cada vez que paso por taquilla al entrar (en este
museo nunca mejor empleada la imagen) siento un pinchazo cervical y me crece
una especie de bigote que me cosquillea como un miembro amputado, como si, en
definitiva, una hilera de hormigas negras anduviera por encima de mi labio
superior. Y así durante toda la visita me tiro de un extremo de un bigote
postizo e imaginario y juego con él y le doy forma, lo rizo por las puntas y lo
luzco con pose forzada y creativa.
No me he vuelto loco, sólo que este post es uno de esos en
los que rindo pleitesía a un maestro, a un icono de los que me acompañan; es
sólo que soy surreal en estos momentos, es sólo que no se puede describir la
experiencia sin tirar algo de la escritura automática de los surrealistas.
El teatro-Museo de
Dalí es la obra de uno de esos “catalanes universales” (dicho esto sin
ánimo de revancha nacionalista) que rompen fronteras desde la peculiaridad de
una cultura y una geografía, que consigue beber de las fuentes del arte, que se
mezcla y confunde, que se pierde y encuentra al fin en un sentido y una
personalidad. Dalí se sintió genio desde bien joven y fue tras ello, afrontando
la máxima responsabilidad que ello suponía. Mutó durante gran parte de su vida,
se supo oscuro y especial, y por ello siempre intentó explicarse, de echo, nos
legó diarios y la fascinante “Vida secreta de Salvador Dalí”. Y en esa
intención de explicarse nos brindó su Teatro-Museo.
Alguien que llegase a Figueres y sin saber nada de Salvador
Dalí viera la panadería granate que es la fachada, y viera esos huevos estandarte
coronando la cornisa superior, y si, además, se fijara en los maniquís dorados,
podría volver a casa sin entrar en el Teatro-Museo contando que una vez existió
un hombre onírico que hablaba un propio código que significaba mucho más que
cualquier palabra.
Pero si cometiera el error de no entrar, no podría explicar, al llegar a casa, que ese hombre descansa enterrado dentro de su propio legado. Y es más, que ese hombre enterrado en su propia obra, invita a que otros entren en él sin reverencia previa.
| Maniquí en el horizonte |
| Y huevos |
Entrar en el Teatro-Museo es actuar y participar con un mundo
personal que acabó siendo universal, es jugar en cada rincón con la obra de
Dalí, desde diferentes perspectivas y encuadres, diferentes luces y grupos que
andan hechizados en el desafío del genio y que se asombran y fotografían
delante de sus creaciones. Pocos museos tan lúdicos, tan traicioneros como
éste. Aquí no se viene a contemplar únicamente, se viene a experimentar.
| Poses |
| Encuadres |
| Experimentación |
En cierto sentido es inútil guiar una visita; la propia
distribución del Teatro-Museo es la negación del orden. Todo él gira alrededor
del patio central y de la famosa sala de la cúpula, altar a la imagen de Dalí y
a su mundo; de hecho, su tumba está orientada en la proyección perpendicular al
gran mural… como queriendo dar a entender el camino al más allá.
| Dalí da la bienvenida |
Como Alícia en el País de las maravillas, detrás del conejo
blanco, intentando comprender lo que vemos, lo que sentimos, iremos
contemplando cada una de las obras que encontramos en el camino, y en éste, a
diferencia del de Alícia, no hay baldosas doradas que marquen la dirección, hay
múltiples, como múltiples lecturas filtradas por los surrealistas, por las
vanguardias, por el psicoanálisis freudiano.
| Destello surreal |
| Buscando significado |
| Arte y tatuajes |
| Una imagen |
Es salir del teatro-Museo y gritar a los cuatro vientos:
¡Esssssscarrxofeeesssssssssssss teeendres i maques.Adeu.Adios!
¡Esssssscarrxofeeesssssssssssss teeendres i maques.Adeu.Adios!
Si te gustó la entrada ¿Nos ayudas con el reto? PREMIOS BITÁCORAS 2012






Muy buen post, cada vez me gusta mas el subrealismo de este gran artista, será la edad que me hace comprender que la vida es mas amplia de lo que pensamos en la juventud, y que es mas divertida verla de una forma diferente, o la que a ven diferente son los otros! ;-)
ResponderEliminarUn saludo!
Que buenos recuerdos me traen este post. Me gusta mucho Dalí, su obra, su casa, Figueres, ...
ResponderEliminarSaludos,
Trini.
¡Preciosa entrada! Tengo unas ganas de ese museo... Y de Figueres también... ¡Un beso!
ResponderEliminarGracias por los comentarios! :-) Figueres es especial, Cadaqués y Port lligat... Fueron lugares donde el genio paseó. Dalí estaba enamorado de esos paisajes moldeados por la tramontana... Y no vamos ahora a dudar del buen ojo estético de él ¿No?
ResponderEliminarMe ha encantado este post! Adoro a Dali, y no sé ni la de veces que he estado en el museo de Figueres. Siempre lo he disfrutado como si fuera la primera vez que iba. Es fantástico dejarse perder por sus delirios oníricos... Lo que me recuerda que llevo mucho tiempo sin perderme por Cadaqués o Cap de Creus y sin hacer una visitilla al museo.
ResponderEliminarUn abrazo
Ayyy! Hace años me quedé en la puerta del museo sin poder entrar por la enorme cola que había... (y porque fue una parada de camino a Barcelona a coger un avión y lo perdía...!!).
ResponderEliminarMe ha encantado. Estoy deseando volver y verlo de una vez! :)
Muy buen post. Nunca he sido muy fan de Dalí, visité este museo hace años, cuando aun viajaba con mis padres, y me metí en la cabeza que todo era horrible y sólo quería salir de allí... chiquilladas. Sin embargo lo mismo me pasaba cuando iba a una exposición de arte moderno y ahora me encanta. Tengo claro que debería volver a Figueres y visitarlo de nuevo para cambiar mi recuerdo de este sitio, y espero no tardar mucho en hacerlo :)
ResponderEliminar