Niagara
“En los mismos ríos entramos y no entramos pues somos y no
somos”. Heráclito
Tras la ventanilla, desde Washington
fluía el otoño americano en todas sus estampas y en todos sus colores amarillo, granate y
marrón. Habíamos dormido poco, la noche en la ciudad cuando se juntan más de
dos dedos de vodka es lo que tiene, se acaba tarde. Pero sólo nos interesaba
una cosa: exprimir al máximo el viaje. Visitar las cataratas del Niagara era un
objetivo irrenunciable. En aquel coche, entre bostezos sólo había una formidable pretensión de Carpe Diem, de
aprovechar el momento, de impedir que el tiempo escapara sin más. Por eso no
importaba las pocas horas de sueño si el destino era la frontera con Canadá y
ver desde el lado más fotogénico la catarata más famosa de la historia del
cine.
Tras algo más de ocho horas de viaje, llegamos de noche a
Niagara falls, en el lado oeste del río, fuera de temporada, la ciudad se
presentó casi desierta, totalmente fronteriza. Lo agradecimos. Avanzamos por
Victoria Center, en el distrito Clifton Hill, como por un pequeño Las Vegas,
acompañados por centenares de luces y carteles luminosos, desamparados, en esa
época y esas horas, de la compañía de visitantes.
Pero no habíamos venido a eso. No sólo a eso. Las cataratas
eran, en ese momento, el único icono que nos interesaba. Así que dimos la
espalda a Skylon Tower con su mirador pinchado en la punta a modo de nave
espacial y todo su historial de famosos inquilinos, para acercarnos a la ribera
y, por fin, ver las cataratas ¡Iluminadas!
Allí estaba el sol, anaranjado, saliendo, flotando, tras la
columna de espuma de agua que brota de la caída y del estruendo de los 52 metros de vacío por los que se
precipita el río ¿Cómo fluye tanta agua para, a pesar de todo, permanecer
igual? ¿Transcurre también el tiempo en nosotros para, al fin, permanecer
iguales? Por suerte siempre tendremos el consuelo de Heráclito, aquel señor de
la Antigua Grecia, conocido como el ‘oscuro’, por su afición a explicar la
realidad mediante acertijos lingüísticos: “En los mismos ríos entramos y no
entramos pues somos y no somos”. Somos y no somos; pero en aquel momento,
éramos nosotros viendo las Cataratas del Niágara, que sí, que como dice la
gente, y aquí damos fe a lo escuchado ya que no hemos podido ir aún, quizás las
de Iguazú son mucho más espectaculares; pero las del Niágara estarán siempre
asociadas a la bella frágil más famosa de la Historia, Marilyn.
Niagara huele a clásico y a pasión.
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Una narración muy bonita y unas cataratas singulares! Claro que siempre merece la pena quitarse las legañas con aguas como ésas! Aunque se lleven el rímel de Marylin! :-)
ResponderEliminarUno de mis grandes sueños viajeros,aunque nunca había pensado en verlas iluminadas. Me ha gustado mucho también como lo habéis contado.
ResponderEliminarSaludos
Una historia muy chula! A mi me gustaron muchísimo las cataratas... aunque el pueblo de Niagara me decepcionó bastante... Eso sí, hay que ir, aunque sólo sea para ver esa maravilla de la naturaleza. Por cierto, os contaron que la erosión del río es tal que cada vez las cataratas retroceden más? Alucinante!
ResponderEliminarQue buen relato de una experiencia que esperamos nos llegue pronto... en unos días :))
ResponderEliminarMe llama lo del amanecer, aunque no se yo si llegaremos, jejeje. Fotos chulas!