Cardona o porqué los Reyes Magos existen (I)

Desde aquella ruta por el Camino de Santiago en la que pudimos disfrutar de la comodidad de los Paradores Nacionales, que sentimos cierta debilidad por estos cuidados establecimientos. Debilidad que sonroja y avergüenza a nuestras mochilas. Pero el caso es que, en esta última ocasión, pisar la recepción de un Parador tenía igualmente justificación. Y no, esta vez no se trataba de otro regalo, no, tampoco somos tan afortunados, en esta ocasión, se trataba de una celebración. De una bonita celebración, de una celebración de pareja viajera. Así que con este argumento consolador de nuestra consciencia mochilera, esta vez las dejamos en la pequeña habitación, más larga que ancha, donde nacen todos nuestros sueños de mapamundi y nos dirigimos hacia Cardona dejando atrás las luces navideñas de Barcelona, a la búsqueda de la mágica sensación de una Noche de Reyes.

Conforme vas llegando a Cardona, la mirada se te queda fijada en el horizonte, con lo peligroso que eso resulta cuando uno va conduciendo; pero es que allí, a lo lejos, en la altura, dominando todo el valle, una mole cubista de ladrillo antiguo te da la bienvenida. Es el Castillo Románico que construyó el mítico Gufré el Pilós, allá por el año 886. Uno no puede dejar de pensar en la sensación que tendrían los enemigos al llegar a aquellas tierras, seguro que la iniciativa guerrera les debía quedar muy arrugada frente a esa fortaleza, que de hecho, tiene el mérito de ser aún hoy en día inexpugnable; es decir, que nunca fue franqueada por enemigo alguno, y ese es el mayor mérito de toda fortificación defensiva, al menos, por lo que se trata en ámbitos militares.

Y allí detrás de tantas historias y de muros tan violentados por la Historia íbamos a dormir. Parece mentira que una edificación que nunca se concibió para el acomodo de gente, haya acabado siendo un Parador Nacional. Y de hecho, tras sus muros se está muy cómodo. Tan cómodo que cuenta la leyenda, que en la habitación 712 hay un huésped que no se sabe desde cuando anda por allí y que, evidentemente, por carecer de dinero de curso legal no paga. Se trata del fantasma del Castillo, que dicen que se pasea por los pasillos vestido con unos leotardos y arrastra muebles por allí donde pasa. Y no debe ser leyenda falsa, pues los trabajadores del Parador van acompañados, de dos en dos, a la planta para realizar el servicio de habitación. Nosotros no lo encontramos, por suerte, porque estas cosas deben dar miedo. Y además, ya teníamos cita con otro encuentro sobrenatural más tarde, según el horario de la Cabalgata de los ReyesMagos, a eso de las 18 h.
Una vez que soltamos la maleta en la habitación nos fuimos directos a recorrer el conjunto monumental. Desde el Patio Ducal, donde se encuentra la recepción, se puede ir a la Colegiata de Sant Vicenç, que al igual que el Castillo data del románico primitivo catalán. Afuera se localiza la Torre de la Minyona, donde cuentan que fue encerrada la doncella Adelaida por enamorarse de quien no debía, la Capilla de San Ramón Nonato, posiblemente, y tal como indica su nombre, una de las primeras personas en nacer por cesárea allá por el 1204. Capilla a la que todos los días 31 de Agosto acuden las embarazadas para pedir un buen parto. Precisamente, detrás de esta Capilla se encuentra el inicio del Camino cubierto. Tomamos éste, que se nombra cubierto, no porque esté techado, sino porque desde sus orígenes permitía descender hasta la villa de Cardona a resguardo de cualquier intención bélica. Y por el camino que fuimos, buscando la seguridad antigua de las murallas y los bastiones curtidos en tantos enfrentamientos, contemplando las  vistas de Cardona y de sus antiguas minas de sal, cuya explotación viene desde los romanos, que consideraban toda la zona como una gran montaña de sal pura, como un salero sin fin.  Pudimos sentir el riguroso frío gélido de enero del Bages, comarca central de Barcelona, durante el descenso. Pero llegamos al centro histórico de la villa, antigua capital de comarca.

El centro de Cardona es de aquellos de agradable pasear, de calles estrechas medievales, ancianas aceras, casas milenarias de poca altura, con locales en sus bajos regentados por comercios locales, y soportales donde guarecerse del frío. Estuvimos deambulando un rato; pero al ser víspera de festivo encontramos poco movimiento y tiendas cerradas. Así que después de pasear el frío un rato más, tomamos la decisión de calentar el estómago. Descubrimos un local pequeño, pero muy acogedor, decorado con mucho gusto, con azulejos originales y madera decapada en azul pastel, Cal Borrasca. Un menú sencillo de mercado, pura cocina catalana sin pretensiones snobs. Todo un acierto para el gusto y el bolsillo.

Así que ya comidos, nos dirigimos de nuevo al Parador a refugiarnos, dormir una buena siesta y prepararnos para el encuentro con sus Majestades los Reyes Magos de Oriente y el brindis de la cena-aniversario que nos esperaba en el comedor del Parador.

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3 COMENTARIOS

  1. Felicidades!!! Un post interesante y con gran sentido del humor! nos hemos divertido mucho leyéndolo! Menos mal que al fortaleza de Cardona no arruga las ganas de los viajeros actuales! Y no os sintáis culpables por abandonar la mochila por un Parador de vez en cuando. También hay que conocer otros aspectos del viaje, reconocer la belleza y la comodidad y apreciar el patrimonio que tenemos:Paradores es una de las mejores opciones para eso.Hicisteis bien en dejar la mina de sal para otra visita,¡buena excusa para volver!

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