Fue
Ian Fleming quien
contactó conmigo; tenía una propuesta que hacerme dijo, necesitaba un espía.
Por entonces yo era un joven algo conflictivo y siempre expectante a todo
aquello que la vida tenía que ofrecerme, así que acepté sin considerarlo demasiado.
Espía internacional, agente al servicio de su majestad y con licencia para
matar, aunque debo decir que nunca ejecuté con gusto ésta última actividad.
Sólo ahora, ya con más tiempo atrás, en la memoria melancólica, que enfrente,
puedo valorar todos esos años de
aventuras y viajes, de peligros y secretos, de
amigos perdidos y enemigos encontrados. Sólo, desde la introspección de un
anciano soy capaz de juzgar mi vida, mucho mejor que mi querido Ian Fleming,
que al fin, me perdió entre tantos avatares que sufrí.
A pesar de que he
visitado casi todos los
países del mundo y que he volado a tantas ciudades,
nunca he dejado de amar Londres, y no, no es porque ahí esté el Cuartel General
del MI6, no, todo lo contrario, nunca me gustó la inseguridad que sentía al acudir a las reuniones con M, que, aunque al final me tuvo en
aprecio, sufrí al principio su frialdad y su mirada inquisidora. Amo Londres,
porque ha sido la única ciudad donde realmente he sido yo mismo, nunca pude andar
franco y sin caretas en Rusia, ni Turquía, ni en Italia, ni siquiera, en
aquella ocasión que viajé a EEUU a desactivar un peligro nuclear, porque, en
definitiva, siempre fueron viajes de “negocio” y no por afición. Sólo en mi
amado Londres, durmiendo en mi pequeño apartamento de soltero, que nada tenía
que ver con la sofisticación de los hoteles donde solía hospedarme, ni con el
lujo que encontraba en los casinos de medio mundo, sí, lo reconozco, aparte de
las mujeres, el juego fue la segunda de mis locuras de juventud, he sido feliz.
Tantas mujeres, debo confesar que algunas solo fueron un entretenimiento jovial
e inocente, pecado de ego juvenil; pero a alguna, Sylvia, la amé con fuerza, a
alguna, la amé de verdad y solo ellas, Sylvia, hicieron de mí la víctima que
ninguno de mis enemigos consiguió. Ni el Doctor No, ni Mr Big., ni “Los tres
ratones ciegos”, sólo, ellas, las mujeres amadas, Sylvia, me hicieron débil y
me vencieron. Y de nada sirvió la velocidad de mi Aston Martín ni mis gadgets,
como el cohete volador, mi preferido, para alcanzarlas, al fin, fueron ellas,
cansadas de mis idas y venidas, de mis ausencias sin justificar, de mis viajes
sin maleta, las que me dejaron, la que me abandonó,
Sylvia.
Sí, es cierto, ha sido
una vida intensa, mucho más de la que ambicionaba cuando era un joven que por
casualidad se encontró con Ian Fleming, padrino y mentor, y, hay que decirlo,
descubridor del Martini agitado, no
revuelto. Cómo me divertía esta aclaración, los barman’s me miraban
estupefactos, y yo sonreía interiormente, destemplando los nervios de la misión
rutinaria. En definitiva, siempre podré decir que estoy satisfecho con la vida
que he llevado, porque, ya saben,
sólo se vive dos veces, y yo ya he vivido en
una, las dos.