Una visita al Centro Pompidou

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Hay lugares donde la belleza se puede encontrar en cualquier rincón, en cualquier calle, de sorpresa, sin previo  aviso. Lugares donde poder disfrutar, sentir, emocionarse por una panorámica, por una instantánea, por un momento único, irrepetible en su composición estética.





Aquella escapada  a París, en Diciembre, tenía aroma a café con leche, a croisante de mantequilla, a frío y a calor. Ese calor interior que da bienestar, que ofrece uno de esos extraños, por únicos, momentos de calma plena y felicidad. Sí, la felicidad huele a leche, a tazón caliente, a café, a crujiente capa de pastelería. París, en Diciembre, les olía a eso, a felicidad. Habían viajado desde Barcelona, buscando escapar un corto fin de semana  de la rutina cegadora, de esos días cotidianos que acaban devorando la vida. Y cada paso que daban olía a eso, a felicidad, y sonaba, también los pasos suenan a algo, aquellos pasos dados en París, en Diciembre, sonaban a  Ryuichi Sakamoto,  Merry Xmas Mr. Lawrence. La instantánea que se hace perpetua, de una caricia, de un abrazo, de una sonrisa, de un cogerse de la mano. Lo sublime que hay en todo segundo armónico.


Ya sabían de París. Que si la ciudad de la luz, del amor, la ciudad fotogénica por excelencia, que si París es tan especial, que si París, que si París es una ciudad romántica. Claro, París, la ciudad Europea más visitada, la ciudad literaria que acogió a tanto artista, a tanto loco por la vida. París. Pero ellos caminaban con humildad y frío. Una larga caminata desde el Barrio de Marais hasta el centro, ese centro parisino tan conocido, tan rodado, tan descrito en novelas y guías turísticas. Ellos no llevaban ninguna en el bolsillo. Se dejaron llevar, como en la mítica Rayuela, callejeando, sin orden ni concierto, libres en impulsos de orientación caprichosa. Y allí, monumental, recortado frente a buhardillas, el Centro Pompidou, ese extraño artefacto, de tubos, tuberías, líneas verticales y horizontales, amarillos, verdes, azules y rojos. La meca europea de diseño y arte moderno. No podían faltar, y se encaminaron con la voluntad de visitarlo. 

Con el ticket en la mano, entraron en esa oruga plastificada que sirve de escalera mecánica exterior. Sin saber que el asombro no vendría de las colecciones del museo, no, el asombro vendría de lo que a poco a poco  les iría deparando la ascensión mecánica, unas vistas parisinas vestidas de rojo atardecer, de nubes de tormenta desahogada, de luz crepuscular, hasta llegar al piso y pararse, emocionados como niños, frente a los ventanales, interrumpiendo el paso de los demás visitantes, petrificados, pegados  al vidrio que da a la terraza superior del Museo, cerrada en esas fechas, donde el agua caída hacía reflejar el cielo en un antojadizo truco de magia por el que el cielo dejaba de ser cielo, el cielo reflejado en el agua del pavimento era cielo y pavimento, suelo, todo cielo. Y entonces allí se encontraron dos figuras de bronce, esculturas antropomorfas, mirándoles, mirando hacia el interior, de espaldas a la panorámica que ellos podían disfrutar en ese momento. Comprendieron lo cercano del Mito de la caverna de Platón. La verdad, la belleza, se encontraba allí, a sus espaldas, sólo debían girarse, dejar de ver el reflejo entre gotas de las buhardillas crepusculares, para participar de la visión que ellos contemplaban en ese momento. Pero las estatuas no se giraron. Fue el único pliegue de tristeza que les atacó. Pero lo atajaron con una mirada mutua a los ojos  que lo expresó todo. Aquello era el descubrimiento de la belleza, de la felicidad, en París, en Diciembre.


Relatos de otros viajeros #postamigo
París, je t’aime – El Guisante Verde Project


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3 COMENTARIOS

  1. Hola. Os felicito por vuestro blog, que acabo de encontrar casualmente. ¿Sabíais que el arquitecto del Centro Pompidou es el mismo de la T-4 de Barajas?. Hoy precisamente he publicado en mi blog un reportaje sobre el Palacio de Justicia de Burdeos, también del mismo arquitecto. Un cordial y viajero saludo.

  2. Os felicito, habéis sido capaces de crear una atmósfera que me ha transportado a Paris….. emociones…

    La primera vez que hice de «flaneur» por sus calles era un adolescente solitario, estudiante de música lleno a partes iguales de ilusiones e interrogantes, y dispuesto a enamorarme de TODO.Y es curioso, pero al leer vuestras descripciones he sentido el olor a croisant i cafe de aquél noviembre de 1973 en un bar lleno de estudiantes próximo a la Sorbone……..

    Os felicito por la sensibilidad, emoción y belleza que sabéis plasmar y despertar.

    Xavier

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