Vilafranca, folclore popular

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Autor: David Monteagudo, autor de «Fin»

Vilafranca, en su Fiesta Mayor, es el centro de la ciudad ocupado por un hervidero de personas, día y noche, durante tres días seguidos; los bares que sacan la barra a la calle, en una actividad febril de suministrar cerveza y bocadillos a una clientela inquieta y semoviente; las terrazas atestadas a todas horas, los urinarios químicos que no dan a vasto, los vasos de plástico y el olor del cava derramado en un suelo a duras penas adecentado por las brigadas de limpieza. Pero la fiesta es también, y sobre todo, el folclore, un folclore variopinto, con su bestiario autóctono, y una infinidad de danzas y bailes tradicionales que se adueñan de la ciudad, en una sucesión de pasacalles y procesiones totalmente paganizadas, que empiezan a primera hora de la mañana y acaban a altas horas de la noche, acompañadas siempre por el sonido estridente y atávico de las gralles, o dulzainas, y por las explosiones de los cohetes, el humo y ese olor tan mediterráneo de la pólvora quemada, que es el olor de la fiesta. En Vilafranca el folclore es popular, no hay profesionalización, no solamente lo baila y lo construye el propio pueblo, sino que además, y como consecuencia de ello, se mezcla con la masa, se relaciona y se funde con el público en una promiscuidad ciertamente informal, autoreferencial, un tanto relajada. Pero todo ese folklore converge y alcanza su máxima expresión en los castells. Así como en los sanfermines el motor último de la fiesta, el tótem primigenio, es el toro, aquí en Vilafranca es la fiesta castellera, la pasión, el afán por elevar construcciones cada vez más altas, desde que empieza la fiesta con el primer pasacalle, hasta que se acaba tres días después. Torres, pilares, castells, elevados por las colles o agrupaciones locales, por las de otras ciudades que son invitadas a participar en la fiesta, y hasta por espontáneos que levantan en cualquier momento, en un abrir y cerrar de ojos, una pequeña pirámide, porque en Vilafranca todo el mundo hace o ha hecho alguna vez castells. La sensación es la de que se alzan torres humanas a todas horas, en cada esquina, con el menor pretexto, y además en un crescendo de osadía y de dificultad que culmina en la gran actuación castellera del día central de las fiestas, la diada de Sant Félix, de tradición centenaria, en la que las cuatro mejores agrupaciones de Catalunya pugnan por levantar castells prodigiosos, de nueve y hasta diez pisos. Una actividad, esta sí, rigurosamente calculada y ensayada durante todo el año, sabiamente dirigida, pero al mismo tiempo con un potentísimo componente de emoción, de pasión y y estéticamente impactantes que se pueden ver actualmente en el mundo.

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