UN CAMINO DE SANTIAGO CÓMODO: RUTA PARADORES III

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Le mira sorprendida y con ese gesto de diversión que pone cuando alguien suelta una gracia.

       – No es broma… Ummm… Un buen caldo o cualquier otro de los platos que hemos probado estos días.
           – Pues yo, vieira con cebolla, ajo y pimiento y sus dados de jamón.

Sonríen con el juego gastronómico que acaban de empezar para distraer la rutina del vuelo.

Lo cierto es que podrían redactar todo un Arte de Cocina, su propio tratado de gastronomía gallego, a modo de aquellos recetarios que se pusieron de moda ya en el siglo XVI. Sería un manual de cocina regional, influido por los edificios de los Paradores y su entorno, a base de productos locales y de temporada.

             – Un buen caldo gallego y de segundo… Una Brochetita de Lacón con Chorizo.

             – Jajajaja… Pues yo, de segundo un Ensartado de Ternera al Estilo de los Monjes, la del Parador de Monforte de Lemos.

             – Y regado con un buen Godello.

             – O… También podría ser ¡un Pulpo a Feira!

            – ¡No! ¡Unos percebes!

            – ¿Y de postre?

       – Jajaja… Ríe porque aún recuerda la cara de niño travieso y goloso que puso cuando le sirvieron, Los helados más divertidos del Parador.

               – Unos quesos, o un filloas de manzana…

              O… Un Bica emborrachada en licor de café.



Poco a poco, en el avión comienza a notarse una amalgama de sabores que recorre el pasillo en pequeñas volutas que se mueven haciendo equilibrios y malabares por entre todos los pasajeros. Espirales de sabor, aromas placenteros a tomillo a azafrán a picante a carne gustosa a sal del mar. Bucles arabescos de paladares tiernos, caldosos, cremosos de patatas cocidas gallegas. Se les hace la boca agua, o los sentidos agua, que es cuando las pupilas gustativas sienten un sabor pasado, un cosquilleo, como el de los amputados en la extremidad perdida. Y de resultas de ese cosquilleo, las pupilas se dilatan y uno, irremediablemente, segrega más saliva de la necesaria en el momento. 
Y como broma cruel del destino, en la apoteosis final de su personal menú degustación, como antojo divino castigador, la camarera les suelta del carro una galletita envuelta en papel de celofán. Nada que ver con el buen hacer de los camareros del Restaurante Dos Reis, en el Parador de Santiago. El panfleto informativo del Parador decía algo así como que el restaurante era el ambiente más distinguido de Santiago, pero las expectativas fueron ampliamente superadas cuando entraron en aquella histórica sala, un espacio que antaño fueron las caballerizas y la morgue del hospital, de una arquitectura plenamente medieval. Una nave central coronada por arcos de piedra y muros densos decorados por tapices de escudos nobiliarios, mobiliario regio de madera maciza y cubertería de plata. Un comedor, en definitiva, en el que disfrutaron de una agradable cena para dos, sintiéndose nobles medievales pero con las comodidades modernas, algo, por otra banda, deseable después de todo un día callejeando Santiago bajo una llovizna infinita, quitarse la humedad calentando el paladar y el estómago, los sentidos y el alma, que por algo se encontraban en el Hostal de Peregrinos.




(las fotografías en esta ocasión no son nuestras, por motivos obvios no acudimos al comedor con cámara)

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