UN CAMINO DE SANTIAGO CÓMODO: RUTA PARADORES II

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Las azafatas pasan con el carrito de las bebidas por el estrecho pasillo del avión. Medio adormecido por la esforzadaintrospección, tiene la sensación de pasear de nuevo por el interior del Parador de Santiago, nada que ver la emoción histórica y noble de aquella arquitectura del siglo XI con la dejadez rutinaria que manifesta la azafata en el desempeño de su oficio. En modo alguno hay comparación entre la realidad prosaica de un avión y el maravilloso y castizo espacio del Hospital de Peregrinos, que en su momento ordenaron construir los Reyes Católicos y que, en definitiva, se trata del hotel más antiguo del mundo. Nada tienen que ver; pero ya conocemos las extrañas sinestesias del sueño. 


Y así, en pleno vuelo dirección a Barcelona, siente muy vivo el paseo por aquellos claustros, el olor de aquellas maderas nobles y telas y cueros, la pesada presencia de cuadros y esculturas en los pasillos. Siente igualmente el aroma a tierra mojada en el Parque de la Alameda donde Valle-Inclán, con perfil de bronce lustroso, les dio un sincero y sólido abrazo, mientras la llovizna seguía mojando las calles de Santiago de Compostela, y observaron, desde el mirador del Paseo de la Herradura,  la ciudad con un cielo plomizo salpicado por algunos rayos fugaces de un sol anaranjado en pleno ocaso.

Extraño, que todo aquello, ahora envuelto en escay barato, le viniera a los sentidos. Un momento de vacilación, la cabeza en movimiento pendular, como el botafumeiro que habían visto dar la bienvenida a los peregrinos, y en el momento preciso, casi cuando deja abierta la boca para iniciar sus ronquidos, en el momento justo, un ligero codazo para despertarle.

Estabas a punto de roncar!

¿Sabes? Ahora me tomaría un buen caldo.

Es que tiene un despertar hambriento, y le vienen al paladar tantos y tantos sabores que habían tenido ocasión de saborear esos días.


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