CINQUE TERRE, DONDE HABITA EL ALMA DEL MEDITERRÁNEO II

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Autor: Laia Monteagudo, amante del teatro, dibujante, escritora, fotógrafa y caminante de la vida.


Llegaron a los Cinque Terre porque alguien se lo había recomendado. Las guías no dejaban lugar a dudas: bonito, pero caro. Por lo menos teniendo en cuenta su reducido presupuesto, 500 euros y un mes de carretera y manta por Italia. Borrachos de amor y de ganas de aventura, decidieron pararse un poco antes. Salieron de la vía rápida y serpentearon el límite del parque Natural. Y como si Tomatito, el AX rojo sin aire acondicionado y dirección desasistida supiera dónde llevarlos, aterrizaron a “lo de Rudy”. Era un pequeño camping, con unos 15 bungalows bricolados, con avancés más grandes que las rulotes,  terrenos delimitados con vallas caseras hechas con maderas viejas, adornados con algún gnomo de jardín. No había ninguna tienda, ni de campaña ni de comestibles, y la única lengua que se hablaba era el Italiano. Hasta que llegaron ellos, con una 2segundos y sus acentos Francés y Catalán. Precio de la noche 15 euros, “porqué sois vosotros”, les dijo Rudy, un italiano delgado, algo encorvado, vestido con shorts y chanclas. Le encantaba hablar, aunque eso no sea demasiado singular, siendo italiano. La verdad es que se enamoraron de él, ya fuera por su quehacer de antiguo canalla de pueblo, por la sonoridad de su nombre o  porqué estaban decididos a enamorarse de todo el mundo que conocieran, de cada piedra, de cada puesta de sol naranja y azul sobre las montañas de Portofino. Bracco Intereuropa era un espacio de veraneo para italianos. Familias humildes y ambiente tranquilo. En la cabañita del fondo, alguien se había fabricado un horno de leña para pizzas.

En el maletero una olla, una sartén y una mochila nevera, a la que bautizaron como frigisac. Ningún fogón, y aun menos bombona de gas.

Siguiendo la SP1, tal y cómo les había indicado Rudy, encontraron el Minimarket, Sali e Tabacchi, un pequeño colmado situado en los bajos de una casa. Compraron mozarella, albahaca y unos tomates. Tardaron una hora. El dueño los puso al corriente sobre la vicisitudes de la vida en Italia, bajándoles de la nube romana a la que estaban dispuestos a subirse, la misma que les fue a recoger un poco después, cuando las montañas se recortaban oscuras bajo ese cielo callado, después del incendio de la puesta de sol. 



 Primer capítulo

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